Fuego y Hielo

Capítulo 11: Parte 6

La primera cena

La pequeña pizzería del paseo marítimo estaba casi llena.

Desde la terraza llegaba el olor a masa recién horneada, tomate, albahaca y queso fundido. Varias familias ocupaban las mesas exteriores mientras el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el rumor constante del mar, que apenas se intuía al otro lado del puerto.

Connor fue el primero en entrar.

—¡Mesa para tres!... Bueno... y para Tobías no, porque no le dejan entrar.

El camarero sonrió al verlo tan convencido.

—La terraza es pet friendly.

Connor giró la cabeza hacia Alex con los ojos muy abiertos.

—¡Capitán! ¡Tobías también puede cenar con nosotros!

Alex fingió pensárselo unos segundos.

—Habrá que preguntarle si tiene reserva.

El pastor alemán respondió moviendo la cola con tanta energía que hizo reír a todos.

—Creo que eso significa que sí —dijo Hannah entre risas.

Se acomodaron en una mesa de la terraza. Connor insistió en sentarse entre los dos.

—Así puedo hablar con los dos a la vez.

Ninguno puso objeciones.

A Hannah le fastidió medio segundo. Porque quería tenerlo al lado. Para rozarlo. Para sentir su pierna contra la suya bajo la mesa. Pero entendió el gesto. Y a Alex le pasó lo mismo: si Connor se sentaba en medio, no podría tocarla. Y quizá era mejor. Porque con ese vestido, si la tocaba, no paraba.

A Hannah le sorprendió descubrir lo natural que resultaba aquella distribución.

No había sido una decisión meditada. Simplemente... había ocurrido.

Connor dejó una pequeña libreta sobre la mesa.

Alex arqueó una ceja.

—¿Qué llevas ahí, primer oficial?

El niño sonrió con orgullo.

—Las mejoras para la próxima misión.

Hannah soltó una risa.

—¿Ya tenemos otra misión?

—¡Claro!

Abrió la libreta con la solemnidad de quien va a presentar un plan estratégico.

En la primera página podía leerse, escrito con su letra todavía infantil:

Operación Capitán y Primer Oficial — Día 2

Alex tuvo que contener una sonrisa.

—Esto promete.

Connor comenzó a leer.

—Punto número uno: aprender a hacer otro nudo marinero.

—Aceptado —asintió Alex.

—Punto número dos: pescar un pez más grande que el de hoy.

—Eso dependerá del pez.

—No. Dependerá del capitán.

Alex levantó ambas manos.

—Veo que toda la responsabilidad recae sobre mí.

—Exacto.

Hannah observaba la escena sin intervenir. Se limitaba a escuchar.

Y a mirar a Alex por encima de la cabeza de Connor. Con el pelo revuelto por el mar, la camiseta todavía con sal, el antebrazo apoyado en la mesa. Se le marcaban las venas. Y ella recordó perfectamente cómo se sentían esas manos en su cintura. Se humedeció los labios sin querer. Él la pilló. Y sonrió. Lento. Como diciendo “te he pillado, Jones”.

A contemplar cómo Connor hablaba con Alex con la misma confianza con la que lo hacía con Dylan o Claire. Como si llevaran mucho más de un solo día compartiendo tiempo.

El niño pasó la página.

—Punto número tres —miró a Alex con expresión muy seria. —Traer bocadillos de jamón.

Alex frunció el ceño.

—¿Y eso por qué es una mejora?

Connor lo miró como si la respuesta fuera evidente.

—Porque los de tortilla ya nos los sabemos.

Los tres rompieron a reír.

El camarero apareció para tomar nota. Pidieron una pizza de cuatro quesos para Connor, una barbacoa para Alex y una vegetal para Hannah, además de una ración para compartir.

Mientras esperaban, Connor continuó relatando con entusiasmo toda la excursión, aunque tanto Alex como Hannah ya conocían la mayor parte de la historia.

—Y luego el capitán me dejó llevar el timón.

—Solo un rato —puntualizó Alex.

—Pero un rato importante. Después aprendí a distinguir las gaviotas de los cormoranes. Y vimos un banco enorme de peces. ¡Y Tobías casi se cae intentando perseguir uno!

—Eso no ocurrió exactamente así —rió Alex.

—Bueno... casi.

Hannah apoyó el codo sobre la mesa y los observó con una sonrisa que no conseguía borrar. Se inclinó hacia delante. El vestido verde se abrió un poco más por el pecho. No mucho. Lo justo para que Alex, sentado enfrente en diagonal, tuviera que hacer un esfuerzo consciente para mirar a Connor y no a ella. Ella lo notó. Y se inclinó un milímetro más. Jugando. Provocando. Viendo cuánto aguantaba antes de que él perdiera.

Había imaginado tantas veces cómo habría sido ver a Alex junto a Connor… Tantas.

Y, sin embargo, ninguna de aquellas imaginaciones se parecía a la realidad. Porque la realidad era mucho más sencilla y mucho más bonita. No había grandes revelaciones. Ni emociones desbordadas.

Solo un hombre escuchando con atención a un niño que necesitaba contarle el mejor día de su verano. Y un niño que buscaba continuamente la mirada de ese hombre para asegurarse de que seguía escuchándolo.

Y un hombre que cada vez que el niño bajaba la vista a la libreta, le lanzaba a ella una mirada rápida, oscura, que decía “me estás matando con ese vestido y lo sabes”. Y una mujer que se la devolvía con otra que decía “¿y qué vas a hacer al respecto, Mallory?”.

Aquello no parecía el comienzo de una relación. Parecía la continuación de una historia que, por algún motivo, siempre hubiera debido existir.

Connor volvió a abrir la libreta.

—Ah, casi se me olvida. Tengo otra lista.

Alex soltó una carcajada.

—¿Otra?

—Sí. La titulé… —esperó unos segundos para crear expectación. —"Cosas que quiero aprender del capitán".

Hannah no pudo evitar mirarlo. Alex permanecía completamente inmóvil. Durante unos segundos pareció incapaz de decir nada.

Hannah le vio tragar saliva. Tenía los ojos un poco brillantes. Y la mano apoyada en la mesa, tan cerca de la de Connor que casi tocaba la suya al otro lado. Hannah alargó la mano para coger el vaso de agua y, al hacerlo, le rozó los nudillos a Alex a propósito. Un roce mínimo. Él se estremeció. Literal. Y tuvo que cerrar la mano en un puño bajo la mesa.




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