La mañana después
El primer rayo de sol se deslizó por la escotilla del velero y dibujó una franja dorada sobre el techo de madera.
Alex abrió los ojos despacio.
Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, con una mano bajo la nuca y la otra descansando sobre el pecho, escuchando el suave vaivén del casco al compás del agua.
Con la piel todavía caliente. Con el cuerpo relajado de una forma que no sentía desde hacía años. Con el recuerdo del teléfono pegado a la oreja toda la noche.
El puerto de North Harbour todavía dormía.
Solo se oía el graznido lejano de alguna gaviota, el tintineo de los obenques golpeando los mástiles cercanos y el rumor constante del mar respirando contra los pantalanes.
Durante años había despertado con aquellos mismos sonidos. Pero aquella mañana eran diferentes. No porque el puerto hubiera cambiado. Había cambiado él.
Una sonrisa tranquila apareció en sus labios antes incluso de que terminara de desperezarse. Hacía muchísimo tiempo que no se despertaba sintiendo aquella paz. Y aquel hormigueo en el bajo vientre de haber estado excitado hasta quedarse dormido. No era la euforia de quien ha ganado una batalla. Era algo mucho más profundo. La certeza de que ya no estaba solo.
Giró ligeramente la cabeza hacia la pequeña ventana situada junto a la cama.
La luz del amanecer comenzaba a teñir el agua de tonos anaranjados.
Durante años, aquel velero había sido un refugio. El lugar donde esconderse cuando los recuerdos dolían demasiado. Donde podía fingir que el mundo terminaba en el horizonte.
Ahora seguía siendo su hogar. Pero ya no era un escondite. Era el lugar desde el que quería empezar a construir un futuro.
Soltó una pequeña risa para sí.
-Quién me ha visto... -murmuró. Con la voz ronca. Como la tenía a las dos de la mañana, cuando le susurraba a Hannah por teléfono.
Cerró los ojos apenas un instante.
Y, como si la memoria hubiera estado esperando aquel momento, regresó la conversación de la noche anterior.
Lo que empezó siendo una llamada para desearse buenas noches había terminado convirtiéndose en casi dos horas de conversación.
Ninguno de los dos parecía tener demasiadas ganas de colgar. Habían hablado de Connor, del paseo en velero, de la pizza, de la película, de la libreta del Primer Oficial...
Y, en algún momento, dejaron de hablar de cosas importantes para empezar a hablar simplemente... por hablar. Como antes. Como cuando eran adolescentes y podían pasarse una tarde entera sentados sobre el espigón saltando de un tema a otro sin preocuparse por el tiempo.
Recordó una parte de la conversación y volvió a sonreír.
-¿Sabes qué es lo peor? -había dicho Hannah entre risas.
-¿El qué?
-Que llevamos casi una hora hablando.
-¿Y?
-Que no recuerdo cómo empezó esta conversación.
Alex había soltado una carcajada.
-Creo que me llamaste para decirme buenas noches.
-Pues creo que se nos ha ido un poco de las manos.
-Solo un poco.
-¿Tienes sueño?
-No.
-Yo tampoco.
-Yo menos -había dicho ella, con esa voz bajita que se le pone cuando está nerviosa y excitada a la vez-. Todavía siento tu mano en el portal.
Después llegó uno de esos silencios que solo existen entre personas que se conocen de verdad. No era incómodo. Al contrario.
Era agradable. Como si ambos disfrutaran simplemente sabiendo que el otro seguía al otro lado del teléfono.
Un silencio cargado. Con respiraciones que se habían vuelto más pesadas. Con la tensión de toda la noche en la pizzería, del beso en el cuello, de la falda levantada, por fin saliendo por el teléfono.
-Hannah... -había susurrado él.
-Sí.
-Si sigues con esa voz no voy a poder colgar.
-No quiero que cuelgues.
Y ahí cambió todo. Se volvieron tontorrones. Muy tontorrones. Dos adultos enamorados diciéndose guarradas bajitas riéndose, con la voz entrecortada, provocándose, describiéndose lo que harían si estuvieran en el mismo sitio. Sin detalle explícito, pero con todo el deseo de nueve años contenido.
Habían terminado haciendo el amor por teléfono. Por primera vez. Con pudor al principio y luego sin ninguno. Con jadeos contenidos porque Connor dormía en la habitación de al lado. Con su nombre susurrado una y otra vez. Hasta llegar juntos al final, al mismo tiempo, agotados, riéndose y sin aliento, como dos adolescentes.
Al final, Hannah había suspirado. Todavía temblando un poco. Con la voz dulce y ronca a la vez.
-Será mejor que durmamos.
-Probablemente.
-¿Vienes mañana a recogernos?
-¿Lo dudas?
-No.
Había sonreído incluso sin verla.
-Entonces estaré allí.
-Bien... -otro silencio. -Buenas noches, Fire.
Alex había cerrado los ojos. Aquella palabra. Después de tantos años.
-Buenas noches, Ice.
-Buenas noches, capitán -había añadido ella, con una risa perezosa, satisfecha-. Gracias por... ya sabes.
-Gracias a ti, inspectora. Ha sido... -se había reído, feliz, aliviado-. Joder, ha sido increíble.
Ninguno quiso ser el primero en colgar.
Alex salió descalzo al pequeño salón del velero. Abrió una de las ventanas. El aire fresco del mar inundó inmediatamente el interior. Respiró hondo. Olía a sal, a madera y a verano.
Y, por primera vez desde que Hannah se marchó nueve años atrás, ese olor no le recordó una ausencia. Le habló de todo lo que estaba empezando de nuevo.
Silbó distraídamente una melodía. No tardó en reconocerla. Era una canción nueva. No tenía letra todavía. Solo una sucesión de acordes que habían aparecido sin pedir permiso.
Cogió una taza. Después otra. Abrió la nevera.
Y, sin darse cuenta, comenzó a cantar por lo bajo.
Su voz llenó el pequeño velero con una naturalidad que hacía años no sentía. No cantaba para olvidar. No cantaba para esconder el dolor. Cantaba porque era feliz. Porque la música volvía a salir sola. Como cuando tenía trece años y pasaba tardes enteras escribiendo sin preguntarse qué haría algún día con aquellas canciones.