Fuego y Hielo

Capítulo 12: Parte 2

Sueños que vuelven

La camioneta roja cruzó el puente que conducía a la comisaría mientras el sol terminaba de elevarse sobre North Harbour.

Durante buena parte del trayecto habían permanecido en silencio. No era un silencio incómodo. Era de esos silencios densos, cargados, de los que pesan porque hay demasiado que no se está diciendo. Después de tantos años aprendiendo a esconder palabras, ambos habían recuperado el privilegio de no necesitarlas siempre. Pero ahora les faltaba aprender a esconder todo lo demás.

Alex aparcó en su plaza habitual. Apagó el motor. Durante unos segundos ninguno hizo ademán de bajar. La mano de Hannah seguía entrelazada con la suya sobre la consola central. Ninguno de los dos la había soltado al aparcar.

Tobías, tumbado en el asiento trasero, levantó la cabeza al notar que el vehículo se había detenido. Bostezó con solemnidad, como si aquella también hubiera sido una mañana agotadora para él. Hannah sonrió, pero no se movió.

— Creo que alguien ha trabajado demasiado — dijo, con la voz un poco más baja de lo normal.

Alex no la miró. Estaba ññ sus manos. Su pulgar rozando distraído, lento, el interior de su muñeca.

— No seas injusta — murmuró —. Vigilar que no nos quedemos dormidos también es una responsabilidad.

Tobías respondió moviendo lentamente la cola.

— ¿Ves? Hasta él está de acuerdo conmigo.

— Qué casualidad... siempre te da la razón — dijo Hannah, por fin girándose hacia él.

Estaban demasiado cerca. El habitáculo de la camioneta de repente era muy pequeño. Podía oler su colonia, mezclada con café, podía ver el cansancio aún en sus ojos y esa nueva luz que no estaba hace un mes.

— Es un perro muy inteligente — contestó Alex. Su voz sonó más ronca.

Hannah bajó la mirada a su boca, solo un segundo. Un error.

— O muy interesado — susurró, y apartó la mano. No porque quisiera, sino porque si no lo hacía, no iba a bajar nunca.

El aire de la mañana olía a café recién hecho cuando bajaron. Demasiado frío después del calor de la cabina.

Desde la cafetería de la esquina llegaba el sonido de una máquina de espresso y las conversaciones de varios agentes que aprovechaban los últimos minutos antes de comenzar la jornada.

Era una mañana cualquiera. Y, sin embargo, para ellos no lo era.

Caminaron juntos hacia la entrada del edificio. Sin rozarse. Al menos, intentando no rozarse. Pero acompasando el paso de una manera tan natural que cualquiera habría pensado que llevaban años entrando así cada mañana. Tan cerca que el brazo de él rozaba su hombro cada dos pasos. Tan lejos que dolía.

Antes de cruzar la puerta principal, Hannah bajó discretamente la vista. Las manos de ambos se balanceaban apenas a unos centímetros de distancia. Los dedos de él se tensaron, como conteniéndose. Ella sonrió para sí, con el corazón golpeándole contra las costillas.

Un rato antes, durante el trayecto desde el aula matinal, aquellas mismas manos habían permanecido entrelazadas durante varios minutos. Ahora volvían a guardar las formas. No porque sintieran vergüenza. Simplemente porque si se tocaban aquí, delante de todos, no sabrían parar.

Alex se adelantó medio paso y le abrió la puerta. Su cuerpo bloqueando casi por completo el paso. Tuvo que pasar rozándole el pecho.

— Después de usted, inspectora.

El aliento de él le rozó la sien.

— Gracias, subinspector — contestó ella, sin mirarlo. Si lo miraba, le delatarían sus ojos.

— Algún día conseguiré que me llames Alex en horario laboral.

Hannah se detuvo justo después de cruzar el umbral y lo miró de reojo, por encima del hombro.

— Sigue soñando, Mallory.

Él se inclinó apenas, lo justo para que solo ella lo oyera por encima del bullicio de la entrada.

— Eso hago últimamente.

Ella sintió un vuelco lento y caliente en el estómago. No era una frase cualquiera. Era una confesión.

Alex volvía a permitirse soñar. Con ella. Y eso, por pequeño que pareciera, era uno de los mayores cambios que había visto en él desde que regresó a North Harbour. Y también el más peligroso.

Nada más entrar en la comisaría, el ambiente habitual los envolvió. Teléfonos sonando, teclados, agentes cruzando los pasillos con carpetas bajo el brazo, el olor a papel, café y tinta.

Aquello siempre había sido un lugar de trabajo. Pero ahora cada cruce de miradas era un riesgo.

— ¡Buenos días, inspectora! — saludó una agente desde recepción.

— Buenos días, Laura.

— Subinspector.

— Buenos días.

Mientras atravesaban el vestíbulo, Alex caminaba con las manos en los bolsillos. Hannah supo por qué. Era su forma de no tocarla.

Joe Brown levantó la cabeza desde su mesa al verlos entrar. Frunció ligeramente el ceño. No tardó en detectar algo distinto. No era un detalle concreto. Era el conjunto. La forma en que ella se mordía el labio cuando él hablaba. La forma en que él la seguía con la mirada medio segundo más de lo necesario cuando creía que nadie lo veía. Esa tensión baja, eléctrica, que vibraba entre ellos aunque mantuvieran un metro de distancia.

Joe llevaba apenas unas semanas trabajando con ellos. Pero era observador. Mucho más de lo que la mayoría imaginaba. Esperó a que se acercaran.

— Buenos días.

— Buenos días, Joe — respondió Hannah, demasiado rápido.

— ¿Qué tal va todo?

— Tranquilo... de momento — dijo Alex, sin dejar de mirarla de reojo.

Alex dejó una carpeta sobre la mesa de Joe. Al hacerlo, su antebrazo rozó sin querer el de Hannah. Fue un roce mínimo. Ambos se tensaron como si hubiera sido una descarga.

— ¿Alguna novedad del análisis financiero del casino?

Joe negó con la cabeza.

— Todavía estoy cruzando movimientos bancarios. Hay varias transferencias que no encajan, pero necesito más tiempo.

Alex asintió.

— Avísanos en cuanto encuentres algo sólido.

— Lo haré.

Joe los observó unos segundos más. Los dos parecían... más ligeros. Y a la vez, a punto de romperse.




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