El Equipo Bradford
El motor de la camioneta rompía el silencio con un ronroneo constante mientras abandonaban el acantilado.
La carretera serpenteaba junto al mar, todavía iluminada por la tenue luz de la tarde. A la derecha, las olas golpeaban con suavidad las rocas; a la izquierda, los pinos se mecían empujados por la brisa salada que llegaba desde la costa.
Ninguno de los dos hablaba. No porque quedara nada por decir. Simplemente porque habían aprendido, por fin, a compartir el silencio.
Hannah apoyó el codo en la ventanilla y dejó que el paisaje desfilara ante sus ojos. Había momentos en los que el mar aparecía completamente abierto y otros en los que desaparecía tras la vegetación. Sentía el cansancio del día acumulado sobre los hombros.
La conversación con Ian seguía resonando en su cabeza.
"Sé que Connor es hijo de Alex."
Se le repetía en bucle con la voz de Ian. Con su sonrisa torcida. Con la amenaza disfrazada de consejo.
Apretó ligeramente la mandíbula. Había conseguido mantener la compostura delante de él.
Después, en el mirador, Alex había conseguido que el miedo dejara de paralizarla. No había desaparecido. Sabía que tardaría mucho tiempo en hacerlo. Pero ya no lo llevaba sola. Porque él la había abrazado sin preguntar. Porque le había puesto la mano en la nuca y le había dicho "respira conmigo, Jones". Y ella respiró.
Desvió discretamente la mirada hacia el asiento del conductor. Alex mantenía ambas manos sobre el volante, atento a la carretera. Su expresión era tranquila y concentrada. Con esa mandíbula marcada que se le tensa cuando piensa. Con las venas de las manos marcadas por el volante. Con el olor a sal y a café que a Hannah se le metía por debajo de la piel y la ponía nerviosa durante toda su vida.
No había vuelto a preguntarle qué había ocurrido dentro de la habitación del hospital. Ni una sola vez. Había comprendido que, si ella todavía no estaba preparada para hablar, insistir solo serviría para hacerle más daño. Aquella confianza silenciosa valía más que cualquier pregunta.
Como si hubiera sentido su mirada, Alex giró apenas la cabeza. Sus ojos verdes se encontraron con los de Hannah durante un instante. No sonrió. Ella tampoco. Pero ambos entendieron exactamente lo mismo. Estoy aquí. Y también "te deseo". Y también "cuando estés lista te voy a besar hasta que se te olviden todos los problemas". Se lo dijeron todo sin abrir la boca. Con esa mirada que ya no pueden disimular.
Hannah respiró hondo y volvió a mirar hacia delante.
Las primeras casas de North Harbour comenzaron a aparecer a ambos lados de la carretera. El tráfico aumentó ligeramente. Una pareja cruzó la calle empujando un carrito de bebé. Un grupo de adolescentes salía riendo de una cafetería. La vida seguía su curso ajena a todo lo que ellos acababan de vivir.
Alex redujo la velocidad al llegar al centro.
—¿Estás preparada? —preguntó con voz tranquila, sin apartar la vista de la calzada.
Hannah tardó unos segundos en responder. No porque dudara. Sino porque comprendía perfectamente el sentido de aquella pregunta. No se refería al hospital, ni a Ian, ni siquiera al miedo. Se refería a lo que venía ahora.
Volver a entrar en la comisaría. Volver a pensar como inspectores. Dejar las emociones a un lado durante unas horas.
Giró ligeramente el cuerpo hacia él.
—Sí —con la voz un poco más ronca. Con ganas de tocarlo. Con la mano en su propio muslo, como esta mañana, conteniendo las ganas de ponerla sobre la de él en la palanca de cambios.
Solo una palabra. Pero Alex supo que era sincera. Asintió despacio.
—Entonces volvamos al trabajo.
No añadieron nada más.
La camioneta giró la última esquina y se detuvo frente a la comisaría. Durante unos segundos permanecieron sentados sin moverse.
Alex apagó el motor. El silencio regresó. Hannah soltó el cinturón de seguridad. Antes de abrir la puerta, volvió a mirarlo. Él ya la estaba mirando. No hacía falta ningún discurso. No necesitaban prometerse nada. Los dos sabían que, una vez cruzaran aquella puerta, dejarían aparcadas todas las conversaciones pendientes. No porque fueran menos importantes. Sino porque había una investigación que dependía de ellos.
Y porque si seguían mirándose así en la camioneta, con la amenaza de Ian todavía en el cuerpo y el deseo también, iban a acabar besándose en el parking de la comisaría delante de todos.
Alex inclinó apenas la cabeza hacia la entrada del edificio.
—¿Lista, inspectora?
La comisura de los labios de Hannah se curvó apenas unos milímetros.
—Siempre —con esa sonrisa suya de desafío. La que le pone cuando va a entrar a interrogar. La que a Alex siempre le ha puesto cachondo y le ha dado seguridad a la vez, porque sabe que cuando Hannah sonríe así, va a ganar.
Salieron del vehículo casi al mismo tiempo. Las puertas se cerraron con un golpe seco. Cruzaron el aparcamiento caminando uno junto al otro, manteniendo una distancia profesional que cualquiera habría considerado completamente normal.
Sin embargo, quien los observara con atención habría descubierto una sincronía imposible de fingir. Ninguno aceleraba el paso. Ninguno obligaba al otro a adaptarse. Simplemente caminaban al mismo ritmo. Como si llevaran haciéndolo toda la vida. Como si fueran un equipo. Como si cada uno supiera dónde va a poner el pie el otro. Como en los interrogatorios. Como en la cama. Bueno, eso todavía no, pero el ritmo ya lo tienen.
Al atravesar la puerta principal de la comisaría, el bullicio habitual los recibió de inmediato. El sonido de teléfonos, teclados, conversaciones entre agentes, el ir y venir de policías uniformados. Una detenida era conducida hacia los calabozos mientras dos agentes discutían sobre un informe.
Todo seguía exactamente igual que unas horas antes. Y, al mismo tiempo, para ellos había cambiado por completo. Porque entraron juntos. Y todo el mundo lo notó. Porque cuando Bradford y Jones entran juntos, el aire cambia. Porque son explosivos.