El reloj de la sala de investigación acababa de marcar las siete y media de la tarde.
Las últimas dos horas habían pasado entre documentos, fotografías, mapas y esquemas que ya ocupaban casi por completo el gran tablero del Equipo Bradford.
Por primera vez desde el inicio del caso, las piezas comenzaban a encajar. No todas. Todavía quedaban demasiados huecos. Pero ahora sabían qué estaban buscando. Y eso cambiaba por completo la investigación.
Joe cerró el portátil con un suspiro y estiró los brazos por encima de la cabeza hasta que varias vértebras protestaron con un sonoro chasquido.
—Creo que mi espalda acaba de presentar la dimisión.
Hannah levantó la vista del informe que estaba revisando.
—La aceptaremos cuando termines de analizar las cuentas de Harbour Trading Group.
Joe hizo una mueca exagerada.
—Qué poca humanidad.
Alex soltó una risa mientras dejaba un rotulador sobre la mesa.
—Te está tratando con mucho cariño. Si fuera Bradford, ya te habría mandado a por café hace una hora.
Joe fingió ofenderse.
—Eso es porque Bradford sabía valorar el talento.
—No —respondió Hannah sin levantar la vista. —Bradford sabía que tú nunca acertabas con el café.
Las carcajadas llenaron la sala. Joe negó con la cabeza.
—Algún día os voy a dejar sin informes financieros.
—Y nosotros sin café —contestó Alex.
—Salimos ganando.
Joe le lanzó un bolígrafo que Alex atrapó al vuelo sin apenas mirar.
—Presumido.
—Coordinado —corrigió él con una sonrisa.
El ambiente era completamente distinto al de aquella mañana.
Las conclusiones alcanzadas durante la reunión habían supuesto un enorme avance, pero también un desgaste considerable.
Necesitaban despejar la cabeza. Joe volvió a estirarse.
—Necesitamos un descanso.
Ninguno discutió la propuesta.
Hannah cerró finalmente la carpeta que tenía entre las manos.
—Cinco minutos.
Alex miró el reloj.
—Como te conozco, esos cinco minutos acabarán siendo una hora revisando otro documento.
Ella sonrió.
—Podría ser.
Antes de que la conversación continuara, la puerta de la sala se abrió.
El agente Monty asomó la cabeza.
—¿Seguís vivos?
—Por ahora —respondió Joe.
Monty observó el tablero cubierto de fotografías y silbó.
—Da miedo entrar aquí.
Alex apoyó un hombro en la mesa.
—Eso significa que estamos trabajando.
—O que necesitáis salir un rato.
Varios agentes pasaban por el pasillo con bolsas deportivas colgadas al hombro. Uno de ellos levantó una botella de agua.
—Nos vamos al gimnasio. ¿Alguien viene?
Joe negó inmediatamente.
—Yo paso. Hoy ya he hecho suficiente ejercicio con el ratón.
Las risas volvieron a escucharse. Alex miró instintivamente hacia la puerta. Después a Hannah. Ella ya lo estaba mirando. Fue un gesto casi imperceptible. Pero ambos pensaron exactamente lo mismo. Entrenar.
Habían pasado demasiadas horas sentados. Necesitaban mover el cuerpo. Despejar la mente.
Alex dio un pequeño golpecito sobre la mesa.
—Yo voy.
Hannah cerró definitivamente el cuaderno.
—Yo también.
Monty sonrió de inmediato.
—Esto se pone interesante.
Otro de los agentes, que ya se alejaba por el pasillo, se volvió al escucharlo.
—¿Qué pasa?
Monty señaló con el pulgar a Alex y Hannah.
—Que los dos vienen al gimnasio.
En cuestión de segundos aparecieron varias cabezas por la puerta. Como si alguien hubiera dado una alarma silenciosa.
—¿Los dos?
—¿En serio?
—Hace siglos que no coincidís entrenando.
Joe empezó a reír antes incluso de entender qué estaba ocurriendo. Alex frunció el ceño con gesto divertido.
—¿Qué os pasa?
El sargento Dawson cruzó los brazos.
—Nos pasa que todavía seguimos hablando del duelo del principio del verano.
Otro agente asintió.
—Todavía hay gente convencida de que Hannah hizo trampas.
Ella levantó una ceja.
—¿Perdón?
—Yo nunca dije eso —se apresuró a corregir el agente mientras todos estallaban en carcajadas.
Alex aprovechó la confusión.
—Pues yo sí.
Hannah giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Ah, sí?
—Claro. Ganaste porque me distrajiste.
Ella cruzó los brazos.
—Mallory... llevas buscando excusas desde que tenías quince años.
—Y tú llevas evitando reconocer una derrota exactamente el mismo tiempo.
Las sonrisas comenzaron a multiplicarse por toda la sala. Joe observaba la escena con auténtica fascinación. Aquello no se parecía en nada a las discusiones tensas de los primeros días.
Era otra cosa. Había ironía, provocación y, sobre todo, una confianza absoluta.
Monty dio una palmada.
—Pues ya está. Revancha.
Varios agentes comenzaron a asentir con entusiasmo.
—¡Revancha!
—¡Que haya revancha!
—¡Esta vez sí queremos un ganador!
Alex volvió la vista hacia Hannah. Sus ojos verdes brillaban con esa chispa traviesa que ella conocía demasiado bien. La misma que siempre aparecía unos segundos antes de que la retara.
—¿Qué dices, inspectora?
Ella sostuvo su mirada. Sintió esa mezcla de diversión y adrenalina que solo Alex era capaz de despertar.
Durante años aquella sensación había ido acompañada de orgullo. Ahora solo le provocaba ganas de sonreír.
Levantó despacio una ceja.
—¿Te atreves otra vez?
Alex dejó escapar una risa baja.
—Pensaba que aún estabas recuperándote de la última.
Hannah dio un paso hacia él. Lo suficiente para reducir apenas la distancia entre ambos.
—No te preocupes. Intentaré no dejarte demasiada ventaja.
—Qué considerada.
—Siempre pienso en los más desfavorecidos.
Las carcajadas resonaron por todo el pasillo. Joe negó con la cabeza mientras cogía su botella de agua.
—No sé quién de los dos es peor.