Fuego y Hielo

Capítulo 12: Parte 4.2

Las risas apenas se habían apagado cuando Monty consultó teatralmente su libreta.

—Bien... el marcador sigue exactamente igual —miró a los dos y suspiró con exageración.

—Empiezo a pensar que lo hacéis aposta.

—¿Empatar? —preguntó Alex mientras se secaba el sudor de la frente con una toalla.

—No tenemos tanta coordinación.

Hannah soltó una risa: —Habla por ti.

—¿Lo ves? Ya está provocando otra vez.

—No necesito esforzarme demasiado contigo.

Los agentes volvieron a reír.

El entrenamiento empezaba a pasar factura. Ambos respiraban con más intensidad y el sudor les empapaba la camiseta. Alex pasó la toalla por la nuca y miró un instante hacia la zona de pesas.

—Necesito quitarme esto —sin darle mayor importancia, agarró el borde de la camiseta deportiva y se la quitó de un tirón.

El gimnasio quedó en un silencio tan repentino que incluso él levantó la vista, extrañado.

Se le marcó todo. El pecho, los abdominales, los hombros anchos todavía brillando de sudor. La cicatriz de la espalda, el tatuaje del pecho. Hannah se quedó mirándolo sin poder evitarlo, con la boca entreabierta medio segundo.

—¿Qué? —Monty carraspeó.

—Nada… —Dawson negó despacio con la cabeza.

—Absolutamente nada.

Alex miró a un lado y a otro.

—¿Se puede saber qué os pasa?

Nadie respondió. Todos estaban mirando exactamente a la misma persona. Hannah. Ella permanecía inmóvil con los brazos cruzados, observándolo. No era la primera vez que veía a Alex sin camiseta. Conocía cada cicatriz de su espalda. Cada músculo de unos hombros que tantos años atrás habían sido su refugio. Y, precisamente por eso, tardó un segundo más de lo normal en reaccionar.

Precisamente por eso, porque lo conocía de memoria y ahora lo veía de hombre, sudado, a medio metro, mirándola solo a ella, y se le puso la piel de gallina.

Alex siguió su mirada y una sonrisa lenta apareció en sus labios. La había pillado. Hannah parpadeó, carraspeó con disimulo y negó con la cabeza.

—Eso es juego sucio, Mallory.

Él abrió mucho los ojos con una expresión inocente.

—¿Yo?

—Sabes perfectamente lo que acabas de hacer.

—¿Quitarme una camiseta empapada?

—Exactamente.

Alex extendió los brazos: —¿Y cuál es el problema? —Y al hacerlo se le tensó todo el torso. A propósito. Sabiendo perfectamente dónde miraba Hannah. Con esa sonrisa suya de chulo que a ella siempre le ha puesto furiosa y cachonda a partes iguales.

—Que intentas desconcentrarme.

Él se llevó una mano al pecho, fingiendo sentirse ofendido: —Jamás haría algo así.

—Claro. Y yo nunca gano.

—Eso tampoco.

Las carcajadas resonaron con fuerza por todo el gimnasio.

Joe escondió una sonrisa detrás de la botella de agua.

—No puedo creer que esta conversación esté ocurriendo de verdad.

Monty levantó una mano: —Protesto oficialmente —Todos lo miraron. —Eso es dopaje.

Dawson asintió muy serio.

—Dopaje visual.

—Estoy completamente de acuerdo.

Alex soltó una carcajada: —Sois todos unos exagerados.

Hannah lo señaló con un dedo: —No les hagas caso. Sabes perfectamente que tienen razón.

Él inclinó ligeramente la cabeza. Acercándose un paso más. Tan cerca que Hannah pudo ver la gota de sudor bajándole por el pecho. Y tuvo que apretar los dedos contra sus propios brazos para no secársela.

—¿Entonces admites que funciona?

Ella tardó apenas un segundo en responder.

—Admito que eres un tramposo.

—Eso no responde a mi pregunta.

Hannah sonrió de lado con las mejillas rojas, con el top pegado y con la respiración todavía agitada que le marcaba el pecho y que Alex miraba sin disimular ya.

—Y tampoco pienso responderla.

Los dos sostuvieron la mirada unos segundos. No había nadie más, ni compañeros, ni gimnasio, ni competición. Solo ellos. Solo ellos, sudados, a medio metro, con ganas de tocarse. Con la tensión sexual tan alta que el resto del gimnasio se dio cuenta antes que ellos.

Joe fue el primero en romper el momento.

—Vale… Ahora entiendo por qué nadie apuesta dinero cuando competís.

Todos giraron la cabeza hacia él.

—¿Por? —preguntó Hannah.

Joe señaló alternativamente a ambos.

—Porque ninguno juega limpio.

Alex frunció el ceño.

—Yo no he hecho nada.

Monty soltó una carcajada.

—Mallory… Llevas diez minutos intentando desconcentrarla hablando. Ahora te quitas la camiseta. ¿Y todavía preguntas?

—Entrenar sin camiseta es perfectamente normal.

—Sí —respondió Dawson.

—Pero tú acabas de descubrir el arma definitiva.

Alex miró otra vez a Hannah. Ella seguía sonriendo divertida. Con las mejillas ligeramente sonrojadas. No intentaba ocultarlo. Y aquello le gustó mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Se acercó despacio hasta quedar frente a ella. Lo suficiente para que solo ella pudiera escucharlo.

Lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo. Para que tuviera que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Para que su perfume se mezclara con el sudor de él.

—Pensaba que eras más difícil de distraer.

Hannah alzó la barbilla sin retroceder, aunque le temblaban un poco las piernas. Aunque tenía el top empapado y sabía que él la estaba mirando entera.

—Lo soy.

—Entonces… ¿Por qué has dejado de contar las repeticiones?

Ella abrió mucho los ojos. Había acertado. Durante unos segundos se quedó sin respuesta. Después sonrió con resignación.

—Eres insoportable.

Alex respondió con una media sonrisa satisfecha, con esa media sonrisa de ganador que a ella le dan ganas de besarle hasta callarlo.

—Pero tenía razón.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No te acostumbres. La próxima vez no caeré.

—¿Prometido?

—Prometido.

—Entonces tendré que buscar otro método.

Las palabras salieron de su boca con absoluta naturalidad. Solo cuando terminó de decirlas se dio cuenta del doble sentido. Un doble sentido que a los dos les encendió la cara. Porque los dos pensaron en el mismo método. En uno que no se hace en un gimnasio lleno de gente.




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