La puerta de la sala de investigación se cerró tras ellos con un leve chasquido.
Por primera vez desde que habían abandonado el North Star, Alex sintió que podía respirar sin mirar constantemente por encima del hombro.
Joe ya estaba sentado frente a tres monitores, completamente absorto en la copia del sistema informático del carguero. Los discos duros externos zumbaban mientras cientos de archivos iban apareciendo en la pantalla a una velocidad vertiginosa.
—La copia está íntegra —murmuró sin apartar la vista del ordenador.
Hannah dejó con cuidado sobre la mesa la bolsa estanca donde habían guardado toda la documentación recuperada.
—También hemos traído esto.
Joe abrió el cuaderno negro. Sus ojos fueron recorriendo las primeras páginas. Frunció el ceño. Después abrió el sobre con el membrete de Harbour Trading Group. Su expresión cambió por completo.
—Madre mía...
Alex se apoyó sobre el borde de la mesa, todavía notando el costado resentido por los golpes recibidos durante la huida.
—¿Tan malo es?
Joe levantó lentamente la mirada.
—Mucho mejor de lo que esperaba —cogió varias hojas y comenzó a extenderlas sobre la mesa. —Empresas pantalla, transferencias cruzadas, cambios de titularidad… Todo documentado.
Hannah observó los papeles en silencio. Cada nuevo documento reforzaba la misma idea. Bradford no perseguía delincuentes aislados. Había estado siguiendo el funcionamiento completo de una organización.
Joe introdujo la memoria externa en otro ordenador. Mientras el sistema comenzaba a cargar los archivos, negó despacio con la cabeza.
—Si esto es auténtico...
—Lo es —lo interrumpió Alex. —Nos han perseguido medio barco para evitar que saliéramos con ello.
Joe soltó una risa incrédula.
—Empiezo a pensar que tenéis un concepto muy peculiar de una noche tranquila.
Hannah cruzó los brazos.
—Créeme. Nosotros también.
Los tres compartieron una breve sonrisa. Duró apenas unos segundos. Después Joe volvió a ponerse serio.
—Escuchadme.
Alex y Hannah levantaron la vista.
—Lo que habéis encontrado puede cambiar toda la investigación. Pero necesito tiempo, mucho tiempo —miró de nuevo las pantallas. —Quiero cruzar todos estos datos con los archivos de Bradford, con las cuentas bancarias, con las rutas del puerto… —respiró hondo. —No os prometo dormir esta noche.
Alex sonrió.
—Tampoco te lo íbamos a permitir.
Joe levantó un dedo señalándolos.
—Y vosotros… Nada de volver a hacer ninguna locura.
Los dos guardaron un sospechoso silencio. Joe los miró alternativamente. Después resopló.
—Esa cara significa que volveréis a hacer alguna locura.
Alex puso gesto inocente.
—¿Nosotros?
—Sí. Vosotros.
Hannah intentó contener la sonrisa.
—Solo si es estrictamente necesario.
—Eso me preocupa todavía más.
Los tres rieron. Aquella risa era breve, cansada pero sincera. Después de horas de tensión, persecuciones y adrenalina, necesitaban recordar durante un instante que seguían siendo personas normales.
Joe cerró finalmente el cuaderno negro.
—Marchaos.
Alex arqueó una ceja.
—¿Nos estás echando?
—Sí. Porque lleváis demasiadas horas despiertos. Porque yo voy a pasar aquí toda la noche. Y porque necesito pensar sin escuchar vuestras discusiones sobre quién tuvo la culpa de que casi os descubrieran.
Alex giró la cabeza hacia Hannah.
—Fue ella.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Perdón?
—Te paraste tres segundos delante del mapa.
—Porque encontré una prueba decisiva.
—Pero te paraste.
—Y tú conectaste un ordenador entero.
—Porque Joe me lo pidió.
Joe levantó las dos manos.
—No pienso entrar en esto.
Hannah señaló a Alex.
—Además, fuiste tú quien dijo que aquella persecución había sido una cita.
Alex sonrió sin el menor arrepentimiento.
—Lo sigo manteniendo.
Joe los observó con expresión divertida. Cada vez le costaba más imaginar a uno sin el otro. Discutían. Se pinchaban. Se interrumpían constantemente. Pero, de alguna manera, siempre terminaban completando las frases del otro. Negó con la cabeza.
—En serio. Fuera de mi despacho. Necesito salvar esta investigación antes de que vosotros acabéis con mi paciencia.
Alex levantó ambas manos en señal de rendición.
—Sí, señor.
—No me llames señor.
—Como ordene... señor.
Joe cogió una carpeta y amagó con lanzársela. Alex salió riendo de la sala mientras Hannah se despedía con una sonrisa.
—No trabajes toda la noche. Ashley nos matará.
Joe volvió a concentrarse en la pantalla.
—No prometo nada.
—Lo imaginaba.
Hannah apagó la luz del despacho al salir.
El edificio de la comisaría estaba prácticamente vacío. Solo quedaban algunos agentes del turno de noche y el zumbido lejano de las máquinas de café.
Alex caminaba despacio junto a Hannah por el pasillo principal. Los dos acusaban el cansancio. Las horas sin descanso comenzaban a pasar factura.
—¿Cómo estás? —preguntó ella al observar de reojo la forma en que él movía el hombro.
Alex hizo una ligera mueca.
—He descubierto músculos cuya existencia desconocía.
Ella soltó una risa.
—Eso significa que sí te duele.
—Solo un poco.
Hannah no pareció convencida.
—Alex...
Él la miró.
—Estoy bien. De verdad.
Ella sostuvo su mirada unos segundos. Conocía perfectamente aquella expresión. Era la misma que él utilizaba siempre que intentaba quitar importancia a cualquier golpe.
—Eres un desastre.
Él sonrió.
—Pero sigo siendo un desastre muy guapo.
Hannah rodó los ojos.
—La conmoción te está afectando.
—No me he dado ningún golpe en la cabeza.
—Todavía.
Alex fingió escandalizarse.
—Qué poca fe tienes en mí.