El sonido lejano de una sirena comenzó a abrirse paso entre el silencio. Alguien en la comisaría había visto el atropello. Las luces azules empezaban a reflejarse intermitentemente sobre los coches del aparcamiento.
Pero Hannah apenas las percibía. Seguía arrodillada junto a Alex, sin apartar una mano de su hombro y la otra apoyada con delicadeza sobre su pecho, como si necesitara sentir constantemente que seguía respirando.
Él respiró hondo y soltó el aire con una mueca.
—Creo que... definitivamente... esta cita no merece cinco estrellas.
Hannah soltó una pequeña risa empañada por las lágrimas.
—¿De verdad estás haciendo bromas ahora?
—Es mi forma de comprobar... que sigo vivo.
—Pues busca otra.
Alex sonrió apenas un instante.
—Lo intentaré.
Ella negó con la cabeza. Todavía tenía el corazón desbocado. Cada vez que miraba la sangre que descendía por la frente de Alex revivía el momento en que el coche lo había golpeado. Volvía a escuchar el impacto. Volvía a verlo salir despedido.
Apretó los labios con fuerza. No. No podía permitirse quedarse atrapada en ese miedo. Era inspectora. Y Alex seguía necesitando que lo fuera.
Tomó aire lentamente. Lo primero era comprobar su estado.
—No te muevas. Voy a revisarte.
Él levantó una ceja.
—¿Eso ha sonado a inspectora... o a médico?
—Ha sonado a alguien que está a punto de esposarte a una camilla si no colaboras.
—Ah. Entonces colaboraré.
Con infinita delicadeza, Hannah palpó primero el cuello y después los hombros. Alex hizo una ligera mueca cuando sus dedos llegaron al costado derecho.
—Ahí duele.
—Ya me he dado cuenta —continuó descendiendo con cuidado.
No detectó ninguna deformidad evidente. Las costillas parecían íntegras, aunque seguramente tendría una fuerte contusión. Las muñecas respondían. Las piernas también. Respiraba con normalidad, aunque cada inspiración profunda le arrancaba un gesto de dolor. La sangre del corte de la frente ya empezaba a disminuir. No parecía una herida grave.
Hannah soltó el aire muy despacio.
—Creo que has tenido muchísima suerte.
Alex sonrió de lado.
—No. He tenido buenos reflejos.
Ella lo miró fijamente.
—Y aun así podrían haberte matado.
Él sostuvo su mirada.
—Lo sé —no añadió nada más. Porque no había nada más que explicar.
Los dos sabían que, si el tiempo volviera unos segundos atrás, él haría exactamente lo mismo.
Las primeras patrullas entraron derrapando en el aparcamiento.
Dos agentes descendieron del vehículo prácticamente al mismo tiempo.
—¡Inspectora!
—¡Llamad a una ambulancia! —ordenó Hannah sin apartar la vista de Alex.
Uno de los policías asintió y echó a correr. Otro comenzó a acordonar la zona.
Mientras tanto, Hannah se puso lentamente de pie. La mujer asustada seguía dentro de ella. Pero la inspectora acababa de recuperar el control.
Observó el lugar donde Alex había sido golpeado. Después dirigió la mirada hacia la salida del aparcamiento. Su respiración volvió a estabilizarse. Su mente empezó a ordenar los hechos. Paso a paso.
Sin darse cuenta, Alex estaba haciendo exactamente lo mismo desde el suelo.
—Hannah...
Ella volvió la cabeza.
—¿Qué?
Él señaló con un ligero movimiento de la mano el asfalto.
—Las marcas.
Ella siguió la dirección de su dedo. Había dos líneas negras perfectamente visibles. Las ruedas habían dejado una breve huella al entrar en el aparcamiento.
Hannah se acercó unos pasos. Se agachó. Pasó la yema de los dedos sobre el caucho impregnado en el suelo. Frunció el ceño.
—Son demasiado cortas… —murmuró.
Alex terminó la frase desde donde estaba.
—Porque nunca intentó frenar.
Ella levantó lentamente la vista. Los dos pensaban exactamente lo mismo. Retrocedió unos metros. Reconstruyó mentalmente la trayectoria.
El vehículo había abandonado deliberadamente la carretera. Había cruzado toda la entrada de la comisaría. Había corregido la dirección justo antes del impacto. Y había vuelto a acelerar inmediatamente después. No había zigzagueado. No había perdido el control. No había ninguna maniobra desesperada para evitar atropellarlos. Solo una línea recta. Precisa y calculada.
Alex apoyó los antebrazos sobre el suelo para incorporarse un poco. El dolor le arrancó una mueca. Aun así, no apartó la vista del recorrido.
—No buscaba escapar… —dijo entre dientes. —Buscaba acertar.
Hannah terminó de encajar la última pieza. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Sí. Era un ataque. No un accidente.
Un agente se acercó.
—Inspectora, ¿quiere que revisemos las cámaras de la entrada?
Ella asintió inmediatamente.
—Todas. Las de la comisaría, las del cruce, las de los comercios cercanos. No dejéis sin revisar ni un solo metro del recorrido.
—Sí, inspectora.
El policía salió corriendo. Alex volvió a hablar.
—No servirá de mucho.
Ella lo miró.
—¿Por qué lo dices?
—Porque quien ha organizado esto… —respiró hondo antes de continuar. —...sabía perfectamente dónde estábamos. Sabía cuándo saldríamos. Y probablemente también sabía cómo evitar que pudiéramos identificar el vehículo.
Hannah guardó silencio. Era exactamente la conclusión a la que acababa de llegar.
Aquello no había sido un arrebato. No era la reacción impulsiva de alguien que los había visto por casualidad. Era una operación preparada, planificada. Habían esperado el momento exacto en que estuvieran solos. Cuando la adrenalina de la infiltración hubiera desaparecido. Cuando bajaran la guardia.
La organización había respondido con una rapidez escalofriante. No sabían quién había dado la orden. Ni quién conducía aquel todoterreno. Ni siquiera podían asegurar si el objetivo era Alex, Hannah... o los dos. Pero una cosa estaba clara. Alguien, dentro de aquella inmensa estructura criminal, había tomado la decisión de eliminarlos. Y eso cambiaba por completo las reglas del juego.