El silencio volvió a instalarse en el baño. No era el mismo de unos minutos antes. Había cambiado. Se había vuelto más denso, más cálido y más consciente.
Hannah terminó de extender la crema sobre el último hematoma del costado de Alex. Después dejó el tubo sobre la encimera y retrocedió apenas medio paso para contemplar el resultado.
—Ya está —su voz apenas fue un susurro.
—Misión cumplida.
Alex bajó la vista hacia las manchas violáceas que recorrían su piel.
—Tengo peor aspecto del que imaginaba.
—Porque eres muy cabezota.
Ella sonrió con dulzura.
—Si hubieras hecho caso al médico y te hubieras quedado quieto, ahora mismo no estarías de pie.
—¿Y perderme a mi enfermera favorita?
Hannah negó con una risa baja.
—No tienes remedio.
—Nunca lo he tenido.
Sus miradas volvieron a encontrarse. La sonrisa permanecía en los labios de ambos, pero poco a poco fue apagándose. No porque desapareciera la felicidad. Sino porque empezaba a dejar paso a algo mucho más profundo.
Alex la observó durante unos segundos con calma. Como si quisiera grabar cada detalle de aquel instante. El pijama gris, el pelo recogido de cualquier manera, la pequeña arruga de concentración que aún permanecía entre sus cejas, la tranquilidad que irradiaba después de un día que había estado a punto de destrozarlos.
Pensó que jamás la había sentido tan cerca. No físicamente. Eso había ocurrido muchas veces. Era otra clase de cercanía. La de alguien que ya no levantaba barreras. La de alguien que había decidido quedarse.
Hannah también lo estaba mirando. Descubrió que ya no veía al subinspector impulsivo que había convertido su infancia en una competición constante. Ni siquiera veía al hombre que había esperado nueve años. Veía a la persona con la que quería despertar muchas mañanas. La persona que, unas horas antes, había puesto su propio cuerpo entre ella y la muerte sin dudarlo un solo instante. Y, aun así, seguía sonriendo para que ella no sufriera. El corazón le dio un vuelco.
Alex rompió el silencio.
—¿Puedo hacer una cosa?
Ella arqueó ligeramente una ceja.
—Depende.
—No duele.
—Eso también lo dijiste antes del combate de judo cuando teníamos diez años.
Él soltó una carcajada.
—Y sigo pensando que exageraste.
—Estuve una semana con un moratón en el brazo.
—Pero gané yo.
—Porque hiciste trampas.
—Nunca pudiste demostrarlo.
La risa compartida alivió durante unos segundos la tensión. Solo durante unos segundos. Después volvió a desaparecer.
Alex dio un paso hacia ella muy despacio. Esperó.
Hannah no retrocedió. Al contrario. Permaneció exactamente donde estaba. Esperándolo.
Él dio otro paso. Ahora apenas unos centímetros separaban sus cuerpos. Podía sentir el calor que desprendía ella. El suave perfume de jabón recién puesto. La respiración tranquila que poco a poco comenzaba a acelerarse al mismo ritmo que la suya. Levantó despacio una mano. No buscó su rostro. Ni su cintura. Simplemente deslizó con infinita delicadeza algunos mechones rebeldes que habían escapado de la coleta detrás de su oreja. Las yemas de sus dedos rozaron apenas su piel.
Hannah cerró los ojos durante un instante. Aquel gesto era tan conocido… Durante años había soñado con volver a sentirlo. Cuando volvió a abrirlos, Alex seguía allí. Sin prisas, sin exigir nada. Solo mirándola.
—Eres preciosa —lo dijo con una naturalidad absoluta. Como si simplemente estuviera describiendo un hecho.
Hannah sintió cómo el calor le subía hasta las mejillas.
—No empieces...
—¿Por qué?
—Porque vas a conseguir que me ponga nerviosa.
Él sonrió.
—Pensaba que eras tú la valiente de los dos.
—Lo soy.
—Entonces… ¿Por qué tiembla un poco tu mano?
Ella bajó la vista. Era cierto. Los dedos aún sostenían una gasa que temblaba ligeramente. Se echó a reír.
—Porque eres un desastre.
—No creo que esa sea la respuesta correcta.
—Es la única que vas a conseguir.
Alex negó divertido. Después levantó lentamente la mano hasta acariciar con el pulgar el lateral de su cuello. La piel de Hannah reaccionó inmediatamente con un leve escalofrío. Él lo notó. Sonrió apenas. Y, sin apartar la mirada de la suya, inclinó despacio la cabeza. Sus labios rozaron con infinita suavidad la base de su cuello. Un beso lento, casi una caricia. Tan delicado que parecía una pregunta. Un beso que le hizo arquear un poco el cuello sin querer, ofreciéndoselo.
Hannah dejó escapar el aire muy despacio. Los ojos volvieron a cerrarse por sí solos. Podía sentir el latido acelerado de su propio corazón.
Alex permaneció unos segundos allí. Después ascendió apenas unos centímetros. Depositó un segundo beso. Todavía más lento. Todavía más íntimo.
Las manos de Hannah buscaron instintivamente su cintura. No para detenerlo. Sino para acercarlo un poco más. Para colarse acariciarle la espalda caliente con las uñas muy suaves, arañando apenas.
Él levantó apenas la cabeza. La observó unos segundos. En sus ojos no había miedo. Sonrió con una ternura infinita.
—Llevaba mucho tiempo queriendo hacer eso.
Hannah abrió los ojos despacio.
—Lo sé.
—¿Cómo?
Ella soltó una pequeña risa.
—Porque yo también llevaba mucho tiempo queriendo que lo hicieras.
Aquella confesión arrancó de Alex una sonrisa imposible de ocultar. Su mano ascendió lentamente hasta acariciar su mejilla. Con el dorso de los dedos. Como si temiera romper aquel instante. Después volvió a inclinarse. Esta vez los besos recorrieron lentamente la línea de su cuello hasta rozar la mandíbula. Uno, después otro y un tercero. Cada uno más lento que el anterior.
Y Hannah, sin poder evitarlo más, le devolvió el gesto. Le besó el hombro. Un beso húmedo, lento, con los labios entreabiertos. Alex se estremeció entero.
Hannah apoyó la frente contra su hombro durante un instante. Respiró hondo. Podía escuchar perfectamente los latidos de Alex rápidos y tan desordenados como los suyos.