Fuego y Hielo

Capítulo 12: Parte 8.1

Un hogar al que volver

El apartamento recuperó poco a poco su ritmo habitual.

El reloj de la cocina marcaba casi las diez de la noche.

Desde la ventana del salón se veían las luces del puerto reflejadas sobre el agua tranquila, como si la ciudad hubiera decidido regalarles unas horas de calma después del peor día que habían vivido desde que comenzó el Caso Bradford.

Connor salió de su habitación con el pijama puesto y el pelo todavía húmedo tras ducharse. En cuanto vio a Alex sentado en el sofá, con una bolsa de hielo apoyada sobre el costado izquierdo, caminó directamente hacia él. No dijo nada al principio. Se quedó delante observándolo con una seriedad impropia de un niño de ocho años. Sus ojos se detuvieron en el pequeño apósito de la frente. Después bajaron hasta el enorme hematoma que asomaba por encima del pantalón del pijama. Frunció ligeramente el ceño.

—¿Te duele mucho?

Alex levantó la vista del informe que tenía entre las manos. Sonrió inmediatamente.

—Solo cuando respiro.

Connor abrió mucho los ojos.

—¿En serio?

Alex mantuvo la expresión solemne durante dos segundos. Después terminó riéndose.

—No, Primer Oficial. Era una broma.

Connor resopló con alivio.

—No me gustan esas bromas.

—Lo sé. Perdón —le revolvió suavemente el pelo. —Me duele un poco. Pero dentro de unos días solo quedarán unos moratones muy feos.

Connor siguió mirándolo unos segundos. Como si estuviera intentando descubrir si decía toda la verdad. Finalmente asintió.

—Vale. Pero no hagas esfuerzos.

Alex arqueó una ceja.

—¿Ahora tú también eres médico?

—No. Pero mamá dice que los pacientes pesados son los peores.

Hannah, que estaba sirviendo tres vasos de agua en la cocina, soltó una carcajada.

—No recuerdo haberlo dicho exactamente así.

Connor sonrió.

—Bueno… Más o menos.

Alex levantó una mano.

—Empiezo a sentir que aquí todos conspiráis contra mí.

—No conspiramos —respondió Hannah acercándose al salón. —Simplemente queremos que descanses.

Le entregó un vaso de agua y las pastillas que el médico había recetado.

Alex las miró con resignación.

—Otra vez.

—Sí. Otra vez.

—Estoy perfectamente.

Ella cruzó los brazos.

—Alex...

Él levantó la vista. Conocía aquella mirada. Era exactamente la misma que utilizaba en una escena del crimen cuando alguien intentaba discutir una orden. Suspiró teatralmente.

—Vale —las tomó de un trago.

Connor sonrió satisfecho.

—Así mejor.

Alex lo señaló con un dedo.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde —respondió el niño con total naturalidad.

Hannah observó la escena mientras escondía una sonrisa. No había nada forzado. Connor hablaba con Alex igual que hablaría con alguien que llevaba formando parte de su vida desde siempre. Y Alex respondía exactamente igual. Sin intentar impresionar. Sin buscar un lugar. Simplemente dejándose llevar por el cariño que sentía por aquel niño. Era una naturalidad que emocionaba.

Un rato después, mientras Connor recogía los vasos para llevarlos a la cocina, Alex comenzó a incorporarse despacio del sofá. El costado protestó inmediatamente. Hizo una pequeña mueca. Pensó que nadie la había visto. Se equivocaba.

—¿Dónde vas? —preguntó Hannah.

—Al barco.

Ella tardó exactamente un segundo en responder.

—No.

Alex parpadeó.

—¿No?

—No.

—Pero...

—No.

Connor miró alternativamente a uno y a otro. Como si estuviera viendo un partido de tenis.

Alex sonrió con paciencia.

—Hannah, de verdad. Estoy bien. Solo necesito dormir unas horas.

Ella negó despacio.

—Precisamente. Necesitas dormir. Y subir al velero con esas costillas no entra en mi definición de descanso.

—No pasa nada. Lo hago todos los días.

—Hoy no.

Alex apoyó una mano en el respaldo del sofá.

—No quiero molestar.

Hannah soltó una pequeña risa incrédula.

—¿Molestar?

—Claro. Esta es vuestra casa.

Connor intervino inmediatamente.

—También puedes dormir aquí.

Los dos adultos lo miraron. El niño se encogió de hombros con absoluta naturalidad.

—Hay sitio.

Alex sintió un calor inesperado en el pecho.

—Gracias, Primer Oficial. Pero...

Hannah volvió a cortar la frase antes de que pudiera terminarla.

—Esta noche duermes aquí.

Su tono no admitía discusión. Alex suspiró.

—El apartamento tiene dos habitaciones.

—Lo sé.

—Entonces...

Ella respondió como si fuera la solución más evidente del mundo.

—Tú dormirás en mi cama. Yo dormiré en el sofá.

Alex abrió mucho los ojos.

—Ni hablar.

—No es negociable.

—Hannah...

—Alex.

Los dos se quedaron mirándose unos segundos. Connor volvió a intervenir.

—Podéis dormir los dos en la cama.

Los adultos giraron la cabeza hacia él al mismo tiempo. El niño frunció el ceño.

—Es una cama grande. ¿Por qué os complicáis tanto?

Durante unos segundos reinó un silencio absoluto. Después Hannah notó cómo el calor le subía a las mejillas. Alex carraspeó.

—Bueno… Eso...

Connor los observó completamente desconcertado.

—¿Qué?

Hannah terminó riéndose.

—Nada, cariño. No pasa nada.

Él seguía sin entender dónde estaba el problema.

—Pues entonces ya está.

Alex desvió la mirada hacia Hannah. Ella también lo estaba mirando. Había un brillo divertido en sus ojos. Y algo más. Una confianza que unas semanas antes habría sido impensable.

Finalmente fue ella quien rompió el silencio.

—Connor tiene razón.

Alex arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—La cama es suficientemente grande.

Él abrió la boca para protestar. No llegó a hacerlo. Porque Hannah añadió con absoluta serenidad:

—Lo importante ahora es que descanses. No pienso dejar que vuelvas al barco esta noche. Y tampoco pienso dejar que te pases la noche intentando encontrar una postura para dormir solo.




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