La conversación sobre el faro terminó perdiéndose entre nuevas risas. A los nueve años, las ideas cambiaban tan deprisa como las nubes sobre el puerto. Bastaba una pregunta para empezar una aventura completamente distinta.
Michael mordisqueaba una galleta mientras observaba el techo.
—¿Os imagináis cómo seremos cuando seamos mayores?
Garreth soltó un bufido.
—Seremos altísimos.
Alex miró de arriba abajo a Michael.
—Bueno... algunos más que otros.
Michael le lanzó una palomita.
—Pues tú tampoco eres un gigante.
Alex la atrapó al vuelo y se la comió.
—Pero todavía estoy creciendo.
—Eso dices todos los meses.
—Porque es verdad.
Hannah sonrió negando con la cabeza.
—Los dos vais a seguir siendo igual de pesados.
—¡Oye! —protestaron los dos al mismo tiempo.
Eleanor se echó a reír.
—Eso tampoco va a cambiar nunca.
Las carcajadas llenaron la habitación. Era una de esas conversaciones que solo podían tener unos niños. Sin prisas y sin miedo. Convencidos de que hacerse mayor era algo tan lejano que casi parecía un cuento.
Michael fue el primero en responder a su propia pregunta.
—Yo voy a ser policía.
Todos lo miraron.
—¿Tan seguro estás? —preguntó Hannah.
Él asintió con decisión.
—Claro. Quiero atrapar a los malos. Como en las películas.
Garreth levantó una mano.
—Pues yo seré mecánico.
Alex arqueó una ceja.
—¿De coches?
Garreth negó con energía.
—¡De barcos!
Los ojos de Alex brillaron inmediatamente.
—Eso está mucho mejor.
Garreth sonrió orgulloso.
—Así arreglaré el tuyo cuando lo rompas.
Alex fingió indignarse.
—Mi barco nunca se romperá.
—Todos los barcos se rompen alguna vez —respondió Garreth con absoluta convicción. —Pues entonces aprenderé a arreglarlo yo.
—No podrás.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
Hannah levantó una mano entre los dos.
—Empate.
Los dos niños la miraron. Después estallaron en una carcajada.
Eleanor suspiró.
—Menos mal que alguien pone orden.
Alex sonrió.
—Eso lo dices porque nunca compites conmigo.
—Porque sería agotador —respondió ella riéndose.
Hannah los observaba divertida. Siempre era igual. Alex convertía cualquier conversación en una competición. No para demostrar que era mejor. Sino porque parecía disfrutar viendo a los demás responderle. Era su manera de hacer participar a todo el mundo.
—¿Y tú? —preguntó Michael señalándolo. —¿Qué harás cuando seas mayor?
Alex apenas necesitó un segundo para contestar.
—Tendré un velero enorme.
Los demás sonrieron. Era exactamente la respuesta que esperaban.
—¿Solo eso? —preguntó Eleanor.
Alex negó con la cabeza.
—No. Daré la vuelta al mundo. Conoceré todos los mares. Dormiré en el barco. Veré ballenas y aprenderé a navegar con tormenta.
Garreth abrió mucho los ojos.
—¿No te dará miedo?
Alex miró por la ventana, donde a lo lejos todavía se distinguía el reflejo de la luna sobre el mar.
—No. Porque el mar da miedo solo si no lo entiendes.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Era una respuesta demasiado seria para un niño de nueve años.
Después Michael rompió el silencio.
—Pues yo me mareo solo de pensarlo.
Todos volvieron a reír. Hannah observó a Alex de reojo. No le sorprendía su respuesta. Desde que tenía memoria, él hablaba del mar como otros hablaban de un parque o de una bicicleta. Como si ya supiera que algún día acabaría formando parte de su vida.
Eleanor dio un pequeño aplauso.
—Ahora nos toca a nosotras —miró primero a Hannah.
—¿Qué harás tú cuando seas mayor?
Hannah se quedó pensativa. No parecía tener la respuesta preparada. Movía distraídamente un hilo del cojín entre los dedos.
—No lo sé...
—Algo tendrás pensado —insistió Eleanor.
La niña levantó lentamente la vista.
—Quiero un trabajo que sirva para ayudar a la gente.
Michael sonrió.
—Como los médicos.
Hannah negó.
—No exactamente.
Garreth propuso:
—¿Bombera?
Ella volvió a negar con una sonrisa.
—No lo sé todavía.,Solo quiero hacer algo útil.
Alex la observó con curiosidad.
—Eso te pega.
—¿El qué?
—Lo de ayudar. Siempre ayudas a todo el mundo.
Hannah se encogió de hombros.
—Porque me gusta.
Alex respondió con total naturalidad.
—Pues entonces seguro que lo haces muy bien.
Ella sintió un calor extraño en las mejillas. No era un cumplido extraordinario. Ni especialmente elaborado. Pero dicho por Alex sonaba completamente sincero. Y eso hacía que tuviera mucho más valor.
Michael volvió a intervenir.
—¿Y dónde viviréis?
Garreth respondió enseguida.
—Yo cerca del puerto.
Alex levantó un dedo.
—Yo también. Así podemos salir a navegar todos los días.
Michael hizo una mueca.
—Pues yo viviré donde haya una comisaría.
Eleanor sonrió soñadora.
—Yo quiero una casa con un jardín enorme y un columpio y muchas flores.
—¿Y tú, Hannah? —preguntó Alex.
Ella volvió a quedarse pensativa. Miró alrededor de la habitación. Su cama, los cojines, las mantas, a sus amigos sentados en el suelo, la casa llena de voces.
Después respondió muy despacio.
—No me importa mucho cómo sea la casa —los cuatro esperaron. —Solo quiero que siempre esté la gente a la que quiera dentro.
La frase quedó suspendida en el aire. Michael sonrió.
—Eso es fácil.
Garreth asintió.
—Sí. Solo hay que invitar a los amigos.
Eleanor añadió:
—Y tener un perro.
—¡Dos! —corrigió Michael.
Alex permanecía completamente callado. Volvía a mirarla de aquella forma tan particular. Como si intentara guardar cada una de sus palabras.
Hannah lo descubrió.
—¿Qué pasa ahora?