Fuego y Hielo

Capítulo 13: Parte 1

Un despertar diferente

La primera sensación que tuvo Alex al despertar no fue el dolor. Fue el calor. Un calor suave, tranquilo y familiar.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, con los ojos todavía cerrados, disfrutando de aquella agradable sensación sin intentar comprender de dónde procedía.

Hacía años que no despertaba así. Sin sobresaltos, sin la tensión acumulada en los hombros, sin incorporarse de golpe convencido de que había olvidado hacer algo. Solo respiraba. Lentamente con la calma de quien, por fin, se siente completamente a salvo.

Entonces percibió el aroma. El suave perfume de Hannah y una sonrisa apareció en sus labios antes incluso de abrir los ojos.

Cuando lo hizo, la luz de la mañana ya se filtraba tímidamente entre las cortinas del dormitorio. No era una luz intensa. Solo la suficiente para dibujar el contorno del rostro de Hannah, que seguía profundamente dormida, acurrucada contra él.

Tenía una mano apoyada sobre su pecho, justo por encima de la camiseta que se había puesto para dormir. La cabeza descansaba bajo su barbilla y respiraba con una serenidad que Alex no recordaba haber visto en ella desde hacía muchísimo tiempo.

Durante unos instantes no hizo absolutamente nada. Se limitó a contemplarla.

El corazón le latía despacio sin prisas. Como si el mundo entero hubiera decidido detenerse para regalarles aquel momento.

Era extraño. Después de nueve años imaginando cómo sería volver a despertar junto a ella, la realidad resultaba mucho más sencilla de lo que había fantaseado. No había lágrimas ni grandes declaraciones ni una emoción desbordada. Solo una paz inmensa. La misma paz que había sentido de adolescente cuando, después de pasar horas juntos, la acompañaba hasta la puerta de su casa y pensaba que el día había sido perfecto simplemente porque ella había estado allí.

Movió con cuidado la mano sana. La deslizó despacio hasta apartarle un mechón de pelo que descansaba sobre la mejilla. Lo hizo casi sin pensar. Con la misma naturalidad con la que había realizado aquel gesto cientos de veces antes de que la vida los separara.

Hannah sonrió dormida sin abrir los ojos, solo sonrió. Y se acercó un poco más a él.

Alex soltó una risa tan baja que apenas fue un suspiro.

—Sigues siendo igual de dormilona... —murmuró.

Como si hubiera escuchado aquellas palabras desde algún lugar entre el sueño y la vigilia, Hannah frunció ligeramente la nariz.

—Cinco minutos más...

Él no pudo evitar reír.

—Llevas diciendo eso desde el instituto.

Ella abrió un ojo lentamente. Solo uno. Lo suficiente para mirarlo con expresión adormilada.

—Porque siempre funciona.

—Conmigo no.

—Mentira —sonrió sin terminar de despertarse. —Siempre acabas esperando.

Alex inclinó apenas la cabeza.

—Supongo que sí.

Durante unos segundos volvieron a guardar silencio. No era necesario decir nada. Bastaba con estar allí, con sentir la respiración del otro, con escuchar el lejano murmullo del puerto que comenzaba a despertar.

El sonido de una gaviota llegó desde el exterior. Después el rumor amortiguado de un barco alejándose del muelle.

Alex cerró los ojos un instante. Aquellos sonidos habían formado parte de su vida desde niño. Pero aquella mañana sonaban distintos. Porque ya no los escuchaba solo.

Hannah terminó de abrir los ojos. Tardó unos segundos en situarse. Después recordó la noche anterior, el atentado, el hospital, Connor, la historia del marinero y el faro y dormirse abrazada a Alex. Y una sonrisa tranquila iluminó su rostro.

—Buenos días...

Alex respondió exactamente con la misma expresión.

—Buenos días.

Ella lo observó unos segundos. Como si quisiera asegurarse de que seguía allí. Como si todavía existiera una pequeña parte de ella incapaz de creer que aquello era real.

Alargó despacio la mano hasta acariciarle la barba de tres días.

—¿Has dormido bien?

Él asintió.

—Creo que es la primera vez en mucho tiempo.

—Yo también.

Hannah dejó escapar el aire lentamente.

—Ni una pesadilla.

Alex sintió un nudo en el pecho. Porque sabía perfectamente lo que aquello significaba. Durante años, las noches habían sido un refugio demasiado pequeño para los dos. Ella había aprendido a dormir con la ausencia. Él, con la culpa. Y, sin embargo, bastó compartir una cama para que ambos descansaran como hacía muchísimo que no conseguían hacerlo.

—Me gusta esta versión de las mañanas —dijo Alex en voz baja.

Hannah sonrió.

—A mí también.

Ninguno parecía tener prisa por levantarse.

El reloj de la mesilla marcaba las ocho y cuarto. La comisaría podía esperar unos minutos más.

Sin darse cuenta, Hannah volvió a esconder la cara contra el pecho de Alex. Él la rodeó con el brazo sano. Como si aquel abrazo hubiera estado esperándolos nueve años. Sus piernas se rozaban bajo las sábanas. Las manos comenzaron a buscarse casi sin pensar. Los dedos se entrelazaron. Ninguno fue consciente de quién había iniciado el gesto. Simplemente ocurrió.

Alex apoyó suavemente la frente contra la de ella.

—¿Sabes qué es lo raro?

Hannah negó despacio.

—¿Qué?

—Que no se siente raro.

Ella sonrió. Porque llevaba varios minutos pensando exactamente lo mismo.

—Es verdad. No parece que hayan pasado nueve años.

Alex acarició distraídamente el dorso de su mano.

—Parece que simplemente… —se quedó buscando la palabra adecuada. —...nos hubiéramos quedado dormidos muy tarde.

Hannah soltó una pequeña risa.

—Y nos hubiéramos despertado al día siguiente.

—Exacto.

La naturalidad con la que estaban compartiendo aquel momento los sorprendía incluso a ellos.

No había incomodidad. No había dudas sobre hasta dónde acercarse. Ni miedo a invadir el espacio del otro.

Sus cuerpos parecían recordar perfectamente una cercanía que sus mentes creían olvidada. Era como reencontrar una canción aprendida en la infancia. No hacía falta pensarla. Solo dejar que apareciera.




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