La cocina había recuperado la calma. El desayuno había terminado hacía apenas unos minutos y el apartamento volvía a llenarse de esos pequeños sonidos que solo existen cuando una casa está habitada: el agua corriendo en el fregadero, los platos chocando suavemente entre sí, el rumor lejano de las gaviotas entrando por la ventana entreabierta y, de fondo, Connor tarareando una melodía mientras recorría el pasillo en busca de su mochila.
Hannah terminaba de secar un vaso cuando sintió unos brazos rodeándole la cintura por detrás. Sonrió antes incluso de girarse.
—¿Qué haces? —preguntó sin dejar de mirar el fregadero.
Alex apoyó la barbilla sobre su hombro.
—Estorbar.
Ella soltó una risa.
—Eso se te da bastante bien.
—Soy un profesional.
—No lo dudo.
Durante unos segundos permanecieron así, simplemente disfrutando de aquella cercanía.
Alex respiró despacio. Seguía sorprendiéndole lo fácil que resultaba todo. Hacía apenas unos días habría pensado demasiado antes de acercarse a ella de aquella manera. Ahora no.
Su cuerpo parecía recordar perfectamente cuál era su sitio y Hannah tampoco se apartó. Al contrario. Apoyó ligeramente la espalda contra su pecho mientras seguía secando el vaso. Como si llevaran años compartiendo aquella rutina.
—¿Sabes? —murmuró Alex.
—Creo que voy a acostumbrarme peligrosamente a esto.
—¿A qué exactamente?
—A abrazarte mientras haces cosas.
Ella dejó el vaso sobre la encimera.
—Pues tendrás que pedir turno.
Él arqueó una ceja.
—¿Hay mucha competencia?
—Connor.
Alex soltó una carcajada.
—Contra él no pienso competir.
—Haces bien. Porque perderías.
Él negó divertido.
—Eso ha dolido.
—La verdad a veces duele.
Alex escondió una sonrisa junto a su cuello.
—Qué cruel eres.
—Muchísimo —respondió Hannah con una satisfacción fingida.
Los dos volvieron a reír.
—¡Mamá! —la voz de Connor llegó desde el pasillo. —¿Has visto mi gorra azul?
Hannah levantó un poco la voz.
—¡En el perchero de la entrada!
—¡No está!
Alex cerró los ojos un instante.
—Cinco dólares a que está exactamente donde le has dicho.
Hannah sonrió.
—Acepto la apuesta.
Apenas unos segundos después volvió a escucharse la voz del niño.
—¡Ya la tengo!
Alex levantó una mano.
—No vale. Ha cambiado las normas.
Hannah rompió a reír.
—No. Simplemente es un niño.
—Eso explica muchas cosas.
Connor apareció en la cocina con la gorra en la mano y una expresión inocente.
—Estaba detrás de la chaqueta.
Alex lo miró.
—¿Y detrás de la chaqueta dónde estaba?
Connor se quedó pensativo. Después sonrió.
—En el perchero.
—Exacto.
El niño soltó una risita.
—Bueno… Un poco escondida.
Alex le revolvió el pelo al pasar junto a él.
—Menos mal que la hemos encontrado.
Connor se colocó la gorra del revés.
—¿Queda mucho para irnos?
Hannah consultó el reloj de pared.
—Todavía tenemos unos minutos.
—Vale. Voy preparando la mochila —desapareció de nuevo por el pasillo.
Alex lo siguió con la mirada hasta que dejó de verlo.
—Cada día habla más —comentó con una sonrisa.
—Se siente tranquilo —respondió Hannah. —Cuando está preocupado habla mucho menos.
Alex asintió despacio. Aquello tenía sentido. Después volvió a rodearla por la cintura.
Ella fingió suspirar.
—Otra vez.
—He descubierto que esto me gusta.
—Lo estoy viendo.
—No pienso pedir perdón.
—Tampoco te lo he pedido.
Los dos sonrieron.
Fue entonces cuando el móvil de Hannah comenzó a vibrar sobre la encimera.
La pantalla se iluminó.
Ian.
La sonrisa de Hannah se apagó apenas un instante. No por miedo, solo por sorpresa. Hacía varios días que no hablaban.
Alex vio el nombre reflejado en la pantalla. No hizo ningún comentario. Simplemente aflojó el abrazo para darle espacio.
Ella levantó el teléfono. Lo observó durante un segundo. Después respondió.
—Hola, Ian, buenos días!
Al otro lado se escuchó una voz tranquila.
—Buenos días, Hannah. ¿Cómo estás?
Ella apoyó una cadera en la encimera.
—Mejor. Gracias.
—Me alegro mucho. He estado preocupado desde que me enteré de lo del atentado —hubo un pequeño silencio. Ian continuó. —¿Y Connor? ¿Está bien?
Hannah miró instintivamente hacia el pasillo. El niño seguía hablando solo mientras organizaba la mochila. Sonrió con ternura.
—Sí. Está perfectamente. Ayer estaba muy asustado, pero ya vuelve a ser él.
—Me alegro muchísimo. De verdad.
Aquellas palabras sonaron sinceras y naturales. No había nada extraño en ellas.
Alex permanecía a pocos pasos, sin prestar atención de forma evidente. Abrió uno de los armarios buscando unas tazas que realmente ya no necesitaban. Les daba intimidad. Pero, al mismo tiempo, no podía evitar escuchar parte de la conversación.
—¿Y tú? —preguntó Ian.
—¿Has podido descansar algo?
Hannah recordó la noche anterior. Dormir abrazada a Alex, despertar sin pesadillas, las risas en la cama, el desayuno… Por primera vez en muchísimo tiempo, responder "sí" no suponía fingir.
—Sí. La verdad es que bastante bien.
—Me alegro. Lo necesitabas.
Ella sonrió ligeramente.
—Supongo que sí.
Ian guardó silencio unos segundos.
—Imagino que estos días estarán siendo complicados.
—Un poco —reconoció Hannah. —Pero saldremos adelante.
—Siempre lo haces.
Aquella frase hizo que Hannah bajara la mirada un instante. Durante años habría encontrado cierto consuelo en escuchar algo así de Ian. Ahora, sin embargo, las palabras parecían llegarle desde muy lejos. Como si pertenecieran a otra vida. No sintió incomodidad. Tampoco nostalgia. Solo la certeza de que ya no ocupaba el lugar que había ocupado antes.