Fuego y Hielo

Capítulo 13: Parte 6.1

Nuestro secreto

La mañana había transcurrido entre mapas, informes financieros, fotografías y teorías que cada vez dibujaban con mayor claridad el verdadero rostro de la organización criminal.

Cuando el reloj marcó las dos de la tarde, Hannah cerró la carpeta que tenía delante y estiró ligeramente la espalda.

—Creo que nuestro cerebro necesita una tregua.

Alex levantó la vista del panel de investigación y sonrió.

—¿Eso es una orden de la inspectora jefe?

Ella arqueó una ceja con fingida seriedad.

—Es una recomendación médica.

—Ah, bueno... entonces no puedo negarme.

Joe soltó una pequeña carcajada desde el ordenador.

—Id tranquilos. Yo aprovecharé para terminar de revisar unos registros del Registro Mercantil. Si encuentro algo importante, os aviso.

Hannah asintió.

—No trabajes sin parar.

Joe hizo un gesto despreocupado con la mano.

—No prometo nada.

Alex le dio una palmada amistosa en el hombro al pasar junto a él.

—Intenta recordar que también existe la luz del sol.

—He oído rumores, sí.

Los tres sonrieron.

Aquel tipo de bromas se habían vuelto habituales desde que Joe había dejado de sentirse un colaborador externo para convertirse en una parte inseparable del Equipo Bradford.

Una hora más tarde, Alex y Hannah caminaban sin prisa por las calles de North Harbour.

Habían comido en una pequeña cafetería cerca del puerto, uno de esos lugares donde el camarero conocía a casi todos los clientes por su nombre y el olor a pan recién horneado se mezclaba con la brisa marina.

Por primera vez en toda la mañana, ninguno hablaba del Caso Bradford y ninguno parecía echarlo de menos.

La conversación surgía sola ligera y natural.

—Connor me ha dicho esta mañana que tiene preparada una sorpresa para cuando puedas volver a navegar —comentó Hannah mientras cruzaban la plaza principal.

Alex sonrió con curiosidad.

—¿Te ha dicho cuál?

Ella negó con la cabeza.

—Solo que necesita que el Capitán esté completamente recuperado.

Alex dejó escapar una risa suave.

—Me temo que el Primer Oficial empieza a dar demasiadas órdenes.

—Creo que ha aprendido del mejor.

—Eso no sé si es un cumplido.

—Depende de cómo lo mires.

Él la observó de reojo.

—¿Y tú cómo lo miras?

Hannah sonrió.

—Con mucho cariño.

Aquellas dos palabras bastaron para que Alex sintiera un agradable calor en el pecho. No era una gran declaración. Ni hacía falta. Los pequeños gestos se habían convertido en su manera de amarse.

Continuaron caminando hasta llegar al paseo marítimo. El mar estaba tranquilo. Algunas gaviotas planeaban sobre los barcos pesqueros mientras varias familias paseaban junto al muelle.

Alex se apoyó un instante sobre la barandilla de madera para contemplar el agua.

—Lo echaba de menos.

—¿El mar? —preguntó Hannah.

Él negó lentamente.

—Compartirlo.

Ella lo miró sin comprender. Alex sonrió.

—Durante años seguía viniendo aquí siempre que podía. Pero era distinto. El mar seguía siendo el mismo… Solo que faltaba alguien con quien mirarlo.

Hannah sintió un nudo en la garganta. Se acercó hasta apoyarse también sobre la barandilla. Sus hombros quedaron tan cerca que terminaron rozándose. Ninguno se apartó. Al contrario. Aquella cercanía empezaba a resultar tan natural como respirar.

—Yo también lo echaba de menos —confesó ella en voz baja.

Alex giró ligeramente la cabeza.

—¿El mar?

Ella sonrió con ternura.

—No. A ti.

El silencio que siguió no resultó incómodo.

Las olas golpeaban suavemente el muelle. A lo lejos sonó la sirena de un barco que abandonaba el puerto.

Alex observó el horizonte durante unos segundos antes de hablar.

—¿Sabes qué es lo curioso?

—¿Qué?

—Pasé mucho tiempo creyendo que la felicidad estaba al otro lado del océano —hizo una breve pausa. —Y resulta que llevaba esperándome aquí todo este tiempo.

Los ojos de Hannah se humedecieron ligeramente. No porque aquellas palabras fueran especialmente grandiosas. Sino porque sonaban completamente sinceras.

Sin darse cuenta, acercó un poco más la mano. Los nudillos de ambos se rozaron. Fue un contacto mínimo. Apenas un segundo. Pero suficiente para que los dos sonrieran al mismo tiempo. Ya no necesitaban buscar excusas para tocarse. El contacto físico había dejado de ser una duda para convertirse en su forma más espontánea de decirse que estaban allí.

Reanudaron el paseo. Hablaron de Tobías. De cómo Connor seguía convencido de que el pastor alemán entendía absolutamente todas las conversaciones.

—Ayer le explicó durante diez minutos cómo hacer un nudo marinero —comentó Hannah divertida.

Alex soltó una carcajada.

—¿Y Tobías aprendió?

—No. Pero Connor dice que necesita más práctica.

—Pobre perro.

—Pobres los dos.

Los dos volvieron a reír. Aquella risa compartida tenía algo profundamente reparador. Después de nueve años de distancia, de silencios y de heridas, descubrir que seguían disfrutando de las conversaciones más sencillas les hacía comprender que la convivencia que estaban empezando a construir no necesitaba ningún esfuerzo. Simplemente recuperaba algo que nunca había desaparecido del todo.

Mientras caminaban de regreso hacia la comisaría, el edificio apareció al final de la calle. Sin decir nada, ambos redujeron ligeramente el paso. Ninguno tenía prisa por volver al trabajo. Aquel breve paseo había sido mucho más que una pausa para comer. Había sido una pequeña ventana de normalidad. Un recordatorio de que, incluso en medio de una investigación cada vez más peligrosa, todavía podían permitirse ser simplemente Alex y Hannah.

Y, por primera vez desde que todo había comenzado, ambos comprendieron que la felicidad que llevaban tanto tiempo buscando no estaba reservada para un futuro lejano.




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