Fuego y Hielo

Capítulo 13: Parte 6.2

Durante unos segundos permanecieron inmóviles. Las manos seguían unidas. Las palabras ya habían terminado. Y, sin embargo, ambos tenían la sensación de que todavía quedaba algo importante por decir. Solo que no sabían cómo hacerlo. O quizá sí. Porque nunca habían necesitado demasiado las palabras. Desde niños, siempre habían encontrado otras formas de entenderse.

Alex dio un pequeño paso hacia Hannah. Ella no retrocedió. Al contrario. Acortó la escasa distancia que aún los separaba hasta quedar prácticamente pegada a él. Ninguno apartó la mirada. Los ojos verdes de Alex reflejaban una calma que Hannah no recordaba haber visto desde antes de que la vida los obligara a separarse.

Sin darse cuenta, levantó una mano y acarició con infinita delicadeza el pequeño apósito de su frente. Lo hizo casi con miedo. Como si todavía necesitara comprobar que realmente seguía allí.

Alex sonrió.

—¿Qué pasa?

Ella dejó escapar una leve sonrisa.

—Nada. Solo… Necesito verte bien.

Él apoyó su mano sobre la de ella.

—Estoy aquí.

La respuesta era sencilla. Pero significaba mucho más. Estoy vivo. Estoy contigo. No pienso volver a marcharme.

Hannah sintió que el corazón le latía con fuerza. Durante unos instantes volvió a aparecer ante sus ojos la imagen del coche avanzando hacia ellos. Notó cómo el pecho se le encogía.

Alex lo percibió enseguida.Conocía demasiado bien aquella expresión. Sin decir una sola palabra, abrió ligeramente los brazos. Ella no dudó ni un segundo. Se refugió contra su pecho con una naturalidad absoluta. Como si aquel lugar hubiera estado esperándola durante nueve años.

Alex la rodeó con ambos brazos despacio. Sin apretarla demasiado. Solo lo suficiente para transmitirle exactamente lo que necesitaba. Estoy aquí.

Hannah cerró los ojos. Escuchó los latidos de su corazón: fuertes, regulares y reales. Y, poco a poco, toda la tensión que había acumulado desde el atentado comenzó a desaparecer.

—Te eché muchísimo de menos estos años… —susurró casi sin voz.

Alex apoyó suavemente la mejilla sobre su pelo.

—Yo también, cielo. Muchísimo.

Permanecieron abrazados largo rato. No había prisa. El mundo podía esperar unos minutos más. Era un abrazo diferente a todos los anteriores. No buscaba consolar ni despedirse ni recuperar el tiempo perdido. Era un abrazo de pertenencia. El abrazo de dos personas que, por fin, habían vuelto a encontrarse en el lugar donde siempre habían sentido que estaban en casa.

Cuando Hannah levantó ligeramente la cabeza, sus rostros quedaron muy cerca. Demasiado cerca. Alex respiró despacio. Ella también. Las puntas de sus narices casi se rozaban. Él levantó una mano y apartó con infinita delicadeza un mechón de cabello que el viento había dejado sobre la mejilla de Hannah.

Ella sonrió, una sonrisa pequeña e íntima. De esas que solo existían para él. Ninguno hizo el menor intento consciente de acercarse. Simplemente ocurrió. Como había ocurrido tantas veces aquella mañana con los pequeños roces de manos o de hombros. Sus frentes volvieron a apoyarse. Después fue la mejilla. Y, cuando ambos giraron apenas unos milímetros la cabeza al mismo tiempo, sus labios llegaron a rozarse muy suavemente… Casi en la comisura. Fue apenas un instante. Un contacto tan leve que cualquiera habría dudado si realmente había sucedido.

Pero para ellos significó mucho más que un beso. Ninguno profundizó aquel roce. Ninguno dio el siguiente paso. No porque no quisiera. Todo lo contrario. Los dos permanecieron inmóviles, sonriendo con los ojos cerrados, disfrutando de aquella cercanía que hablaba por ellos.

El contacto físico se había convertido en su manera más sincera de decirse te amo. Sin necesidad de pronunciar aquellas palabras.

Alex dejó escapar una pequeña risa.

—Creo que cada vez nos cuesta más mantener las distancias.

Hannah abrió los ojos y lo miró divertida.

—¿Mantener cuáles?

Él sonrió.

—Exactamente.

Los dos rompieron a reír. Una risa baja y cómplice. De esas que nacen cuando dos personas saben perfectamente lo que la otra está pensando.

Pero ninguno hizo el menor intento de separarse. Al contrario. Volvieron a abrazarse casi de inmediato. Como si el cuerpo les pidiera permanecer allí unos segundos más.

Hannah apoyó una mano sobre la espalda de Alex. Él acariciaba lentamente la suya. Era increíble lo difícil que resultaba simplemente dar un paso atrás. No había ansiedad ni dependencia. Solo una necesidad inmensa de disfrutar de una cercanía que les había sido arrebatada durante demasiado tiempo.

Finalmente, Hannah suspiró con una sonrisa.

—Si seguimos así… Vamos a llegar tarde.

Alex hizo un gesto resignado.

—Creo que es la primera vez en mi vida que me cuesta tanto volver a trabajar.

Ella levantó una ceja.

—¿Solo la primera?

—Bueno… La segunda. La primera fue cuando tenía nueve años y tu madre nos obligó a terminar una fiesta de pijamas porque al día siguiente había colegio.

Hannah soltó una carcajada.

—Sigues siendo igual.

—Y tú sigues consiguiendo que quiera quedarme cinco minutos más.

Se miraron otra vez, con esa mezcla de ternura, humor y amor que ya empezaba a definir su nueva relación. No necesitaban un gran beso. Ni una promesa grandilocuente. Aquel abrazo. Aquel roce casi involuntario en la comisura de los labios. Y la dificultad compartida para separarse bastaban para expresar todo lo que ambos llevaban años sintiendo.

Porque, desde hacía mucho tiempo, su verdadero lenguaje nunca habían sido las palabras. Siempre habían sido las manos que se buscaban, las frentes apoyadas, los silencios compartidos y el inmenso alivio de descubrir que, después de nueve años, seguían encontrando el hogar exactamente en el mismo lugar: En los brazos del otro.

El sonido de una sirena a lo lejos terminó recordándoles que seguían a pocos metros de la comisaría.




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