La sala de investigación había recuperado un silencio distinto. Ya no era el silencio de la incertidumbre, sino el de quienes saben exactamente cuál será el siguiente movimiento.
El gran panel continuaba dominando la pared principal. Fotografías del Casino del Pueblo, mapas del complejo, nombres de empresas, rutas logísticas y anotaciones unidas por decenas de líneas de colores dibujaban un rompecabezas que empezaba, poco a poco, a revelar su verdadera forma.
Hannah permanecía de pie frente al tablero, repasando por última vez la planificación de la Operación Gala.
—Objetivos prioritarios —leyó en voz alta mientras sostenía un rotulador entre los dedos—. Observación. Identificación de reuniones privadas. Accesos restringidos. Intercambios de documentación o dinero. Nada de improvisaciones.
Alex, apoyado en el borde de la mesa con los brazos cruzados, asintió lentamente.
—Y si surge una oportunidad inesperada...
—La evaluamos entre los tres antes de actuar —terminó Hannah sin necesidad de mirarlo.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Alex.
—Sabía que ibas a decir eso.
Joe, sentado frente al ordenador, apartó la vista de la pantalla.
—Es porque lleváis media hora terminándoos las frases el uno al otro.
Alex y Hannah intercambiaron una mirada cargada de complicidad.
—¿Molesta? —preguntó Alex con fingida inocencia.
Joe soltó una risa.
—Al contrario. Me ahorra mucho trabajo.
Los tres sonrieron antes de volver a concentrarse.
Joe abrió una nueva carpeta en el ordenador y comenzó a revisar la lista de comprobaciones que habían preparado durante la mañana.
—Protocolos de comunicación, revisados.
—Auriculares de conducción ósea, comprobados —añadió Hannah.
—Palabras clave —continuó Alex—. "Postre", peligro inmediato. "Café", extracción inmediata.
Joe marcó otra casilla.
—Puntos de extracción.
—Alfa, jardín lateral del casino —respondió Hannah.
—Bravo, embarcadero detrás del hotel —completó Alex.
Todo estaba preparado. O casi.
Joe frunció el ceño al revisar el último apartado.
—Nos falta una cosa.
Alex levantó la vista.
—¿Qué hemos olvidado?
Joe giró la pantalla hacia ellos. En la última línea aparecía una única palabra.
Vestuario.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Después, Hannah dejó escapar una breve risa.
—Sería complicado infiltrarnos en una gala benéfica vestidos de policía.
—Habla por ti —respondió Alex con absoluta seriedad—. El uniforme me queda bastante bien.
—Sí —replicó Joe—. Pero sospecho que un esmoquin llamará menos la atención.
Alex hizo una mueca de resignación.
—Ya empezamos...
Joe cerró el portátil y se puso en pie.
—La Policía tiene un convenio con una boutique especializada en operaciones encubiertas.
Hannah arqueó una ceja.
—¿Una boutique?
—Una muy buena. Llevan años colaborando con distintas unidades. Cuando hay galas, recepciones diplomáticas o infiltraciones en eventos de alto nivel, es allí donde conseguimos el vestuario.
Alex lo miró con evidente desconfianza.
—¿Y pretendes meterme en una tienda llena de trajes?
—Exactamente.
—No veo por qué me odias tanto.
Joe soltó una carcajada.
—Porque es divertido.
Hannah negó con la cabeza mientras sonreía.
—No exageres, Alex.
Él la miró como si acabara de traicionarlo.
—¿Tú también?
—Solo será un rato.
—Eso mismo dicen siempre antes de entrar en una tienda.
Joe cogió las llaves del coche.
—Tranquilo. Prometo que sobrevivirás.
Alex suspiró teatralmente.
—No sé... nunca he confiado en los sitios donde las camisas cuestan más que mi velero.
—Tu velero tiene treinta años —se burló Joe.
—Precisamente. Tiene historia.
Las risas llenaron la sala, disipando durante unos instantes el peso de la investigación. Era un respiro breve, pero necesario.
Hannah observó a los dos hombres discutir con una sonrisa tranquila. Hacía apenas unos días todo parecía tambalearse tras el atentado. Ahora, sin embargo, el ambiente era completamente distinto.
Seguían enfrentándose a una organización capaz de matar para proteger sus secretos. Seguían preparándose para infiltrarse en el que probablemente era el principal nodo operativo visible de aquella red criminal. Pero también habían aprendido algo importante. El miedo no había conseguido romperlos. Los había unido.
—Vamos —dijo finalmente, cogiendo el bolso del respaldo de la silla—. Cuanto antes terminemos con esto, antes podremos volver a revisar el operativo.
Joe asintió.
—Aunque estemos eligiendo ropa, seguimos trabajando.
Alex sonrió.
—Eso me tranquiliza un poco.
Mientras abandonaban la sala de investigación, el gran panel quedó iluminado por la luz que entraba a través de las ventanas. En el centro, la fotografía del Casino del Pueblo parecía observarlos en silencio. La Operación Gala estaba prácticamente lista.Solo faltaba un detalle. La siguiente vez que se vistieran con aquella ropa ya no estarían ensayando. Estarían entrando, bajo una máscara, en el corazón de la organización criminal que había asesinado a Eliah Bradford.
La boutique ocupaba una esquina elegante del centro histórico de North Harbour, a escasas calles del puerto.
El escaparate, decorado con una sobriedad impecable, exhibía varios esmóquines perfectamente confeccionados junto a vestidos de gala cuyos tejidos parecían reflejar la luz de la tarde. Ningún cartel llamativo anunciaba ofertas ni promociones. Solo una pequeña placa de latón junto a la puerta rezaba:
Maison Beaumont — Alta Costura & Sastrería.
Alex levantó la vista hacia el letrero y suspiró con dramatismo.
—Todavía estamos a tiempo de fingir que el coche se ha averiado.
Joe aparcó y apagó el motor.
—Demasiado tarde.