Fuego y Hielo

Capítulo 13: Parte 8.2

Connor cerró la libreta del Primer Oficial durante unos segundos. No porque hubiera terminado. Sino porque quería comprobar una cosa.

Miró a Chloe, después a Dylan y finalmente a Claire. Una sonrisa satisfecha apareció en su rostro.

—Creo que ya tenemos casi todo.

Dylan levantó una mano.

—Falta una cosa.

Connor arqueó una ceja.

—¿Cuál?

—¿Qué hacemos si uno descubre algo importante?

El niño permaneció pensativo unos instantes. Después volvió a abrir la libreta. Escribió despacio una nueva regla. Compartir siempre la información. Los demás se inclinaron para leerla.

—Nadie se guarda nada —explicó Connor—. Aunque parezca una tontería.

Claire sonrió.

—¿Y si creemos que no sirve?

Connor negó con firmeza.

—Entonces lo apuntamos igual. A lo mejor para ti no significa nada… Pero para otro sí.

Aquella idea hizo que Chloe levantara un dedo.

—¡Como un puzzle!

Connor sonrió inmediatamente.

—¡Exacto! Cada uno puede encontrar una pieza distinta. Solo cuando las juntamos vemos el dibujo entero.

Dylan apoyó los brazos sobre la mesa.

—Entonces… Yo no tengo que resolver la misión yo solo.

Connor soltó una pequeña risa.

—Claro que no. Por eso somos un equipo.

Claire abrió su cuaderno de dibujo.

—Pues yo ya tengo una idea.

Sacó un lápiz y empezó a dibujar rápidamente. En pocos minutos apareció el contorno del puerto.

Connor observaba el dibujo con verdadera admiración.

—¡Qué rápido!

Claire se encogió de hombros.

—Llevo viniendo aquí desde pequeña. Me lo sé casi de memoria.

Connor señaló un banco.

—Pon también ese. Desde ahí se ve casi toda la calle.

Claire añadió el banco. Después dibujó dos farolas, una papelera y una pequeña flecha indicando el sentido por el que normalmente caminaba la gente.

Dylan la observó sorprendido.

—Nunca me había fijado en todo eso.

Claire sonrió.

—Porque normalmente vienes pensando en pescar.

Todos rieron.

Chloe abrió entonces una pequeña libreta que llevaba siempre en la mochila.

—Yo también voy a apuntar cosas.

Connor la miró con curiosidad.

—¿Desde cuándo tienes otra libreta?

Ella sonrió orgullosa.

—Desde que vi la tuya. No es tan bonita… Pero sirve igual.

Connor sintió una alegría difícil de explicar. No porque lo estuvieran copiando. Sino porque todos empezaban a aportar algo propio.

Dylan levantó la mano.

—Pues yo no tengo libreta.

Connor abrió inmediatamente la mochila. Sacó un pequeño cuaderno casi nuevo.

—Ahora sí. Se lo tendió.

Dylan abrió mucho los ojos.

—¿Es para mí?

Connor asintió.

—El Capitán dice que un buen navegante siempre lleva dónde apuntar las cosas importantes.

Dylan cogió el cuaderno con cuidado. Como si fuera un regalo muy valioso.

—Gracias. Lo cuidaré.

Connor sonrió.

—Ya lo sé.

Durante los siguientes minutos comenzaron a llenar la mesa de pequeños papeles. Claire dibujaba. Chloe escribía. Dylan anotaba horarios de algunos barcos que conocía.

Connor iba organizándolo todo. No imponía su criterio. Preguntaba continuamente.

—¿Qué os parece si hacemos esto? ¿Creéis que este sitio se ve mejor desde aquí? ¿Alguien tiene otra idea?

Cada propuesta era escuchada. Algunas cambiaban el plan inicial. Otras lo mejoraban. Ninguna era ignorada.

En un momento dado, Dylan señaló el mapa.

—Yo cambiaría este recorrido.

Connor no respondió enseguida. Observó el dibujo. Después miró el embarcadero. Finalmente sonrió.

—Tienes razón.,Así es más corto.

Cogió la goma de borrar. Eliminó la línea anterior. Y dibujó la nueva. Sin la menor molestia.

Claire lo observó divertida.

—No te importa cambiar de idea.

Connor levantó la vista.

—¿Por qué iba a importarme? Si encontramos una mejor… La usamos.

Chloe sonrió.

—Mi abuelo dice que solo los cabezotas creen que siempre tienen razón.

Connor soltó una carcajada.

—Pues entonces nosotros no vamos a ser cabezotas.

Cuando el sol empezó a bajar ligeramente sobre el puerto, la mesa parecía un auténtico centro de operaciones. Había mapas, pequeñas notas, horarios, dibujos, flechas, símbolos inventados. Y la libreta del Primer Oficial ocupando el centro de todo.

Connor la contempló con orgullo. No por el trabajo que había hecho él. Sino por todo lo que habían construido entre los cuatro.

—¿Sabéis una cosa? —preguntó. Los demás levantaron la vista. —Creo que esta misión ya no es mía. Es de todos.

Claire sonrió.

—Siempre lo ha sido.

Dylan levantó el pequeño cuaderno que Connor le había regalado.

—La tripulación al completo.

Chloe extendió la mano sobre la mesa.

—Entonces… ¿Lo hacemos oficial?

Connor entendió enseguida. Colocó su mano encima de la de Chloe. Después lo hicieron Dylan y Claire. Las cuatro manos quedaron unidas en el centro de la mesa.

—A la de tres —dijo Connor. —Una… Dos… Tres.

—¡Operación Espía!

Las voces resonaron por todo el embarcadero, mezclándose con el sonido de las olas y el vuelo de las gaviotas.

Ninguno de los cuatro podía imaginar que, a pocos kilómetros de allí, el Equipo Bradford preparaba otra operación siguiendo exactamente los mismos principios. Observar. Compartir la información. Escuchar todas las opiniones. Aceptar cambiar una hipótesis cuando aparecían nuevos datos. Y comprender que la mayor fortaleza de cualquier investigación no residía en una sola persona, sino en un equipo donde cada miembro aportaba una pieza distinta del mismo rompecabezas.

Sin saberlo, Connor no solo estaba construyendo su propia identidad. También estaba aprendiendo, a través del ejemplo de Hannah y de Alex, que las mejores respuestas casi nunca las encuentra una sola persona. Siempre nacen cuando varias miradas diferentes aprenden a observar juntas.




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