El resto del camino transcurrió entre conversaciones mucho más ligeras.
Connor volvió a hablar de la Operación Espía, de los nuevos mapas que Claire estaba dibujando y de la libreta del Primer Oficial, como si las preguntas de hacía unos minutos hubieran quedado atrás.
Pero para Alex y Hannah no había sido tan sencillo. Aquella conversación seguía resonando en silencio. No porque Connor hubiera sospechado la verdad. Sino porque ambos habían comprendido lo difícil que empezaba a resultar vivir tan cerca del niño ocultando una parte tan importante de sus vidas.
Hannah mantenía la vista fija en la carretera. Sin embargo, de vez en cuando sonreía al recordar la expresión de Alex cuando Connor le había preguntado directamente si alguna vez se habían besado. Había sido apenas un instante. Pero durante ese segundo los dos habían vuelto exactamente al mismo recuerdo, al mismo paseo al mismo beso. La misma sensación de haber encontrado, por fin, a la persona adecuada.
Alex, sentado a su lado, parecía igualmente distraído. Miraba por la ventanilla, aunque en realidad apenas prestaba atención al paisaje. Terminó soltando una pequeña risa.
Hannah arqueó una ceja.
—¿Qué?
Él negó despacio con la cabeza.
—He estado a punto de contestarle que sí.
Ella sonrió con ternura.
—Lo sé.
—Me ha costado muchísimo callarme.
—A mí también.
Durante unos segundos ninguno añadió nada. Aquella era precisamente la parte difícil del acuerdo que habían tomado. No ocultarse el uno al otro. Eso ya no ocurría. Lo complicado era ocultar al resto una felicidad que cada día resultaba más evidente. Connor seguía entretenido dibujando algo en una hoja en blanco.
Alex aprovechó aquel momento para apoyar discretamente la mano sobre la consola central. No buscó a Hannah.Simplemente la dejó descansar allí. Pero apenas unos segundos después sintió cómo los dedos de ella rozaban los suyos con una naturalidad absoluta. No hubo prisas. Ni grandes gestos. Solo un leve contacto. Como si ambos necesitaran recordarse que el otro seguía allí.
Hannah acarició apenas el lateral de su mano con el pulgar. Fue un gesto tan pequeño que cualquiera habría pensado que había sido casual. Para ellos significaba mucho más. Era una forma silenciosa de decir: "Estoy aquí."
Alex respondió del mismo modo. Entrelazó apenas dos dedos con los de ella durante un instante. Lo suficiente para transmitirle calma. Lo suficiente para sentir que, después de tantos años, ya no caminaban solos.
Entonces Connor levantó la cabeza.
—Mamá...
Los dos separaron las manos con absoluta naturalidad.
—¿Sí?
—¿Sabes dónde está la tienda de cómics?
Hannah señaló hacia delante.
—En la segunda planta del centro comercial. Junto a la librería.
—¡Genial! Quiero ver si tienen el siguiente tomo.
Alex sonrió.
—Eso sí que es una misión importante.
Connor asintió convencido.
—Muchísimo más importante que comprar ropa.
Los tres terminaron riéndose.
La conversación volvió a cambiar de rumbo. Hablaron del restaurante donde pensaban comer. De si después irían al cine o simplemente pasearían por el centro.
Connor proponía un plan distinto cada cinco minutos. Alex apoyaba todos. Hannah intentaba poner un poco de orden entre tanto entusiasmo.
Era una escena completamente cotidiana. Y precisamente por eso resultaba tan especial. Porque hacía apenas unas semanas algo así habría parecido imposible.
Ahora, en cambio, empezaba a convertirse en una costumbre. Una costumbre que los tres disfrutaban.
En un semáforo, Hannah detuvo el coche.
Alex giró ligeramente la cabeza para mirarla. Ella también lo hizo. Fue una mirada breve. Pero demasiado larga para dos personas que, oficialmente, solo eran compañeros de trabajo.
Él sonrió primero. Una sonrisa pequeña. Casi tímida. Ella respondió exactamente igual. Después ambos apartaron la vista al mismo tiempo, como si acabaran de recordar el acuerdo que habían hecho delante de la comisaría. Mantener las distancias. Al menos cuando hubiera alguien delante.
Alex dejó escapar un suspiro divertido.
—Cada día es más difícil —murmuró tan bajo que solo Hannah pudo oírlo.
Ella no respondió inmediatamente. Esperó a que el coche volviera a ponerse en marcha. Solo entonces habló.
—Porque ya no estamos fingiendo.
Alex volvió a mirarla. Ella continuó con la vista al frente.
—Antes teníamos que aprender a acercarnos otra vez. Ahora… Lo difícil es acordarnos de separarnos.
Él no pudo evitar sonreír. Aquellas palabras describían exactamente lo que sentía. Ya no buscaban el contacto. El contacto aparecía solo. Una mano que encontraba a la otra. Un hombro rozándose al caminar. Una mirada demasiado larga. Una sonrisa compartida. Un abrazo robado cuando nadie parecía mirar.
Todo surgía con una naturalidad que ninguno de los dos había previsto.
Connor levantó entonces la vista del cuaderno. Observó unos segundos a los dos adultos. Sonreían. No hablaban. Pero parecían entenderse perfectamente.
El niño apoyó otra vez la espalda contra el asiento. Sin darle mayor importancia. Para él siempre había sido así. Desde que el Capitán había vuelto a aparecer en sus vidas, su madre sonreía de aquella manera. Y Alex también.
Connor no sabía exactamente qué estaba cambiando entre ellos. Solo tenía una certeza. Cada vez que estaban juntos… Todo parecía encajar un poco mejor.
Y esa idea le hizo sonreír mientras cerraba la libreta del Primer Oficial.
Al fin y al cabo, la Operación Fuego y Hielo seguía avanzando. Solo que, últimamente, tenía la impresión de que los protagonistas ya no necesitaban tanta ayuda.
Quizá porque el mayor obstáculo ya no era reconocer lo que sentían. Sino aprender a esconderlo del resto del mundo hasta que llegara el momento adecuado para dejar de hacerlo.
La ciudad los recibió con el bullicio habitual de un sábado por la mañana.