Fuego y Hielo

Capítulo 13: Parte 10.1

Lo que siempre pudo ser

La sobremesa se prolongó más de lo previsto.

El restaurante, situado junto a una plaza peatonal llena de terrazas y jardines, rebosaba el bullicio propio de un sábado de verano. El sonido de las conversaciones, las risas de los niños y el tintinear de los cubiertos componían una banda sonora tranquila que, por unas horas, conseguía mantener al margen el peso del Caso Bradford.

Connor terminó el último trozo de su helado y dejó la cucharilla sobre el cuenco.

—¿Y ahora qué hacemos?

Eleanor sonrió mientras consultaba la hora en el móvil.

—Ahora me toca sufrir a mí.

Michael soltó una carcajada.

—Lo dice como si fuera a entrar en un quirófano.

—Después de probarme quince vestidos durante los últimos meses, te aseguro que casi lo es.

El grupo estalló en risas. Garreth negó con la cabeza.

—Nunca entenderé por qué hacen falta tantas pruebas para un vestido.

Elisabeth le dio un suave codazo.

—Porque queremos que ese día salga perfecto.

—Si Michael aparece con los zapatos del mismo color, ya será un éxito.

—¡Eh! —protestó el aludido llevándose una mano al pecho—. Una vez me equivoqué.

—Tres —corrigió Eleanor con una sonrisa divertida.

—Fueron... circunstancias excepcionales.

—Claro.

—Muy excepcionales.

Las carcajadas volvieron a propagarse alrededor de la mesa.

Alex observaba la escena apoyado en el respaldo de la silla, con una sonrisa relajada que hacía meses habría parecido imposible. Aquella era exactamente la clase de conversaciones absurdas que había echado de menos durante años. No hablaban de asesinatos, de pruebas ni de operaciones encubiertas. Solo eran amigos. Una familia elegida.

Y aquella normalidad le parecía el mayor de los lujos.

Al otro lado de la mesa, Hannah cruzó la mirada con él apenas un instante. No hizo falta decir nada. Los dos estaban pensando exactamente lo mismo.

Connor interrumpió el silencio con el entusiasmo propio de un niño de ocho años.

—¿En la tienda hay más vestidos enormes como los de las películas?

—Muchísimos —respondió Eleanor.

Los ojos del pequeño se iluminaron.

—¿Y tienen cola?

—Algunos sí.

—¿Y brillan?

—También.

Connor miró entonces a Brad y a Paige.

—Pues tenemos que ir.

Paige dio un pequeño salto sobre la silla.

—¡Sí! Quiero ver vestidos de princesa.

Michael levantó ambas manos en señal de derrota.

—Ya está. No tengo ninguna posibilidad. Tres contra uno.

Garreth soltó una carcajada.

—Bienvenido al club.

Alex sonrió.

—Creo que nosotros solo estamos invitados para cargar bolsas.

—Y para decir que todo queda precioso —añadió Elisabeth.

—Eso también.

Hannah negó divertida.

—No os quejéis tanto. Luego sois vosotros los que tardáis una eternidad en elegir una simple corbata.

Michael señaló inmediatamente a Alex.

—Eso díselo a él. Tardó cuarenta minutos en escoger una para la gala.

Alex arqueó una ceja.

—Era una decisión estratégica. Joe dijo que el color podía influir en la percepción que dieran los Blackwood.

—Ah, claro… —Garreth asintió exageradamente. —La seguridad nacional dependía de esa pajarita.

Hasta Hannah terminó riéndose. Alex fingió indignarse.

—Os reís ahora, pero cuando esa pajarita salve la operación vendré a recordaros esta conversación.

—Lo apuntaremos en el informe oficial —respondió Michael muy serio—. Operación Gala resuelta gracias a una pajarita negra.

Connor soltó tal carcajada que casi derramó el vaso de agua. Aquella risa consiguió que Hannah se quedara unos segundos contemplándolo. Después miró a Alex. Él estaba riendo exactamente igual. Por un instante los vio a los dos compartiendo el mismo gesto, la misma forma de sonreír, la misma luz en los ojos.

Sintió un nudo cálido en el pecho. Aquello… Aquello era lo que llevaba tanto tiempo deseando proteger. No grandes declaraciones. No momentos extraordinarios. Sino tardes como aquella. Comidas interminables, bromas absurdas, niños riendo alrededor de una mesa y la certeza de que las personas que más quería seguían allí.

Eleanor terminó de beber el último sorbo de café y se puso en pie.

—Bueno… Creo que ha llegado el momento —respiró hondo de forma exagerada. —Deseadme suerte.

Michael también se levantó.

—Si sobrevivo a otra prueba de vestidos, merezco una medalla.

—No exageres.

—Habla la mujer que lleva cinco meses entrando voluntariamente en boutiques.

Todos volvieron a reír mientras recogían las bolsas de las compras de la mañana.

Alex se acercó discretamente a Hannah para ayudarla con una de ellas. Sus manos se rozaron apenas un segundo al sujetar el asa. Fue un contacto mínimo. Tan breve que nadie pareció advertirlo. Pero ambos sonrieron con esa complicidad silenciosa que, desde hacía unos días, les resultaba imposible ocultar cuando creían que nadie los observaba. Después se separaron con absoluta naturalidad.

El grupo comenzó a caminar por la avenida en dirección a la boutique donde Eleanor tenía concertada la prueba definitiva de su vestido de novia.

El sol empezaba a descender lentamente sobre la ciudad. Las conversaciones seguían llenas de bromas. Connor caminaba unos metros por delante junto a Brad y Paige, imaginando castillos, princesas y capas interminables. Ninguno de los tres podía saber que, tras las puertas de aquella boutique, no solo Eleanor encontraría el vestido con el que soñaba.

También Hannah estaba a punto de recuperar algo que creía perdido para siempre. La capacidad de imaginar, sin miedo, el futuro.

La boutique ocupaba un antiguo edificio de piedra en una de las calles más elegantes de la ciudad.

Los grandes ventanales dejaban ver vestidos blancos cuidadosamente iluminados, maniquíes impecables y pequeños ramos de flores que decoraban el escaparate con un gusto exquisito.




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