La tarde empezaba a teñirse de tonos anaranjados cuando Alex detuvo la camioneta frente al viejo dojo de North Harbour. El edificio apenas había cambiado con el paso de los años. La misma fachada de ladrillo visto. El mismo cartel de madera desgastado por el salitre. Las mismas ventanas por las que tantas veces se había escapado el sonido seco de los cuerpos golpeando el tatami.
Alex apagó el motor y permaneció unos segundos sentado, observándolo en silencio. No era un edificio cualquiera. Era uno de esos lugares capaces de guardar recuerdos entre sus paredes.
Allí había aprendido a caer antes de aprender a levantarse. Allí había entrenado con Hannah cuando ambos apenas eran unos niños demasiado competitivos para admitir que se caían bien. Allí habían discutido cientos de veces. Reído otras tantas. Competido hasta quedarse sin fuerzas. Y, sin darse cuenta, habían empezado a enamorarse.
La puerta del copiloto se abrió. Hannah bajó con una pequeña bolsa deportiva al hombro y levantó la vista hacia el dojo. Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.
—Sigue oliendo igual.
Alex bajó también y respiró profundamente. El aire mezclaba madera antigua, césped recién cortado y la inconfundible brisa del puerto.
—Supongo que algunas cosas se niegan a cambiar.
Ella lo miró de reojo.
—Como tú.
Él fingió ofenderse.
—¿Eso era un cumplido o una crítica?
—Todavía estoy decidiéndolo.
Alex soltó una risa.
—Entonces procuraré portarme bien durante el entrenamiento.
—Eso sí sería una novedad.
Se echaron a reír al mismo tiempo. No era una risa estridente. Era esa complicidad que solo nace después de compartir una vida entera de recuerdos.
Entraron juntos en el edificio. El silencio del dojo resultaba casi solemne a aquella hora. Las clases infantiles ya habían terminado y la siguiente no empezaría hasta bastante más tarde. Durante un buen rato tendrían el tatami completamente para ellos.
El maestro los saludó desde la recepción.
—Vaya... cuánto tiempo sin veros entrenar juntos.
—Nos hacía falta volver —respondió Hannah con una sonrisa sincera.
El hombre asintió como si comprendiera mucho más de lo que decía.
—El tatami siempre espera a quien considera de la casa.
Aquellas palabras hicieron que ambos intercambiaran una breve mirada.
"De la casa."
Era curioso cómo esa expresión parecía perseguirlos últimamente. Dieron las gracias y caminaron hacia la sala principal.
Al deslizar la puerta corredera, el amplio espacio apareció ante ellos. Los tatamis verdes y rojos estaban impecablemente colocados. Las fotografías de antiguos campeonatos seguían ocupando las paredes. En una de ellas aparecían dos adolescentes con medallas al cuello.
Alex la señaló inmediatamente.
—Mira qué pinta tenía ese chico.
Hannah se acercó.
—Llevabas el pelo fatal.
—Era la moda.
—No. Era un crimen.
Alex se llevó una mano al pecho.
—Qué dura eres conmigo.
Ella sonrió divertida.
—Porque alguien tiene que mantenerte con los pies en el suelo.
—Para eso ya estás tú.
Durante un instante permanecieron observando aquella fotografía. Dos adolescentes incapaces de imaginar todo lo que les esperaba. Los sueños, la separación, Connor. el Caso Bradford y, finalmente… Aquel reencuentro.
Hannah dejó escapar un suspiro sereno.
—¿Sabes qué es lo mejor de volver aquí?
Alex giró la cabeza hacia ella.
—¿Qué?
Ella recorrió la sala con la mirada.
—Que todo sigue recordándome quiénes éramos antes de que la vida empezara a complicarse.
Él permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
—Y también me recuerda quiénes seguimos siendo.
Hannah sonrió despacio. Tenía razón. Habían cambiado muchísimo. Ya no eran aquellos jóvenes impulsivos que creían que el amor bastaba para resolver cualquier problema. La vida los había golpeado con fuerza. Los había separado durante nueve años. Les había obligado a sobrevivir. Pero, bajo todas aquellas cicatrices, seguían siendo ellos.
La inspectora meticulosa que analizaba cada detalle. El subinspector impulsivo que siempre encontraba una salida inesperada. Y dos personas que nunca habían dejado de buscarse.
Hannah dejó la bolsa en uno de los bancos de madera y comenzó a sacar la ropa deportiva. Llevaba unos leggings negros y un top deportivo de tirantes de color granate.
Alex apareció poco después con un pantalón deportivo oscuro y una camiseta gris ajustada que dejaba al descubierto los tatuajes que recorrían sus antebrazos.
Mientras se vendaban las manos por costumbre, Hannah lo observó de reojo.
—Hacía tiempo que no entrenábamos solos.
Alex terminó de ajustar la venda y levantó la vista.
—Demasiado.
Ella asintió.
—Entre la comisaría, Connor, las reuniones del equipo y todo lo del caso… Nunca encontrábamos un momento.
Él sonrió con calma.
—Pues tendremos que empezar a buscarlos. No solo cuando podamos. Sino porque los necesitamos.
Hannah sintió un agradable calor en el pecho. Aquella frase resumía perfectamente el momento que estaban viviendo. Ya no robaban instantes al destino. Los elegían. Porque habían comprendido que cuidar de su relación también formaba parte de cuidar de todo aquello por lo que estaban luchando.
Se acercó hasta él y, sin pensar demasiado, entrelazó suavemente sus dedos con los de Alex. Lo suficiente para sentir aquella paz que siempre encontraba en su contacto.
—Gracias por traerme aquí.
Alex acarició con el pulgar el dorso de su mano.
—No podía pensar en un sitio mejor.
Ella sonrió.
—Yo tampoco.
Soltaron sus manos justo cuando comenzaron a dirigirse hacia el centro del tatami.
Frente a ellos no había una investigación ni una organización criminal ni una infiltración que preparar. Solo dos personas que, después de perderse durante nueve años, habían encontrado por fin el camino de vuelta.