El silencio volvió a adueñarse del dojo. No era un silencio incómodo. Todo lo contrario. Era esa clase de calma que solo aparece cuando dos personas ya no necesitan llenar cada segundo con palabras.
Alex seguía frente a Hannah. Apenas medio paso los separaba. La mano con la que había apartado aquel mechón de cabello permanecía suspendida unos instantes más, como si tampoco quisiera romper el momento.
Hannah levantó despacio la vista. Sus ojos se encontraron otra vez. Había visto esa mirada cientos de veces. Cuando eran adolescentes, en el embarcadero. Y, desde que había regresado a North Harbour, cada vez con más frecuencia.
Ya no escondía inseguridad. Ni miedo. Solo una inmensa ternura. Y un amor que ninguno de los dos necesitaba explicar. Y deseo. Deseo puro, hambre de nueve años.
—¿Qué pasa? —preguntó ella en un susurro con voz jadeante.
Alex sonrió apenas.
—Nada. Solo estaba pensando…
—¿En qué?
Él dejó escapar una pequeña risa.
—En que cada día eres más guapa.
Hannah bajó la cabeza con una sonrisa tímida.
—Eso no cuenta.
—¿Por qué?
—Porque eres parcial.
Alex negó lentamente.
—No. Soy completamente objetivo. Objetivamente estás buenísima con esa ropa sudada y no puedo dejar de mirarte.
Ella levantó otra vez la mirada.
—Claro.
—Lo prometo.
Hannah soltó una carcajada. Pero ya con la respiración rota.
—Eres un desastre mintiendo.
—Precisamente porque no estoy mintiendo.
Aquellas palabras hicieron que el rubor volviera a colorear suavemente las mejillas de Hannah. Todavía le sorprendía que Alex fuera capaz de decirle aquellas cosas con tanta naturalidad. No porque antes no las sintiera. Sino porque durante demasiados años ninguno de los dos había podido expresarlas.
Ahora, en cambio, cada pequeño cumplido parecía recuperar todo el tiempo perdido.
Ella dio un paso hacia él. Muy despacio. Hasta pegarse.
—¿Sabes una cosa?
—¿Cuál?
—Tú tampoco ayudas mucho.
Alex arqueó una ceja con las manos ya en su cintura.
—¿Yo?
—Sí. Cada vez me resulta más difícil concentrarme cuando te tengo delante.
Él sonrió divertido.
—Vaya… Pensaba que era el único.
—Pues ya ves que no.
Sus voces apenas eran un murmullo. Como si elevar el tono pudiera romper algo extraordinariamente frágil.
Alex observó durante unos segundos el brillo cálido de los ojos de Hannah. Después bajó la vista, casi sin querer, hacia sus labios. Ella hizo exactamente lo mismo. Ninguno apartó la mirada. Los dos respiraron al mismo tiempo. Y el aire pareció hacerse más lento.
No había prisa. Solo la sensación de que aquel momento llevaba esperando nueve años.
Alex dio un último paso. Tan pequeño que apenas redujo la distancia entre ellos. Hannah permaneció inmóvil. No porque dudara. Sino porque quería que aquella decisión naciera de los dos.
Él levantó lentamente una mano. La apoyó con infinita delicadeza sobre su cintura. Ella respondió apoyando las dos manos sobre el pecho de Alex. Podía sentir el ritmo constante de su corazón bajo la camiseta deportiva. Él también notaba la respiración tranquila de Hannah. La distancia entre sus rostros era ya mínima. Unos pocos centímetros. Alex sonrió apenas.
—Creo que el universo empieza a ponérnoslo demasiado difícil.
Hannah dejó escapar una risa suave.
—O demasiado fácil.
Él negó despacio.
—No quiero estropear este momento.
—Yo tampoco.
Durante unos segundos ninguno habló. Simplemente permanecieron allí. Respirando el mismo aire con las frentes casi rozándose y los ojos abiertos. Mirándose como si quisieran memorizar hasta el último detalle del otro.
Alex apoyó finalmente su frente contra la de Hannah. Ella cerró los ojos al sentir aquel contacto. Era increíble cómo un gesto tan sencillo podía transmitir tanta paz. Alex también los cerró.
—¿Sabes qué me gusta de nosotros? —susurró.
Ella sonrió sin abrir los ojos.
—Dímelo.
—Que ya no tenemos que demostrar nada.
Hannah asintió muy despacio. Tenía razón. No necesitaban promesas. Ni declaraciones. Ni grandes gestos. Todo aquello ya estaba construido. Lo único que faltaba era seguir viviéndolo.
Ella deslizó una mano hasta la nuca de Alex. Sus dedos se perdieron entre su cabello. Con infinita suavidad. Como si aquel gesto hubiera formado parte de su rutina toda la vida.
Él inspiró profundamente. Aquella caricia bastó para que el corazón volviera a acelerarse. Abrió lentamente los ojos. Ella hizo lo mismo. Volvieron a encontrarse. Otra vez. Y ambos comprendieron exactamente lo que estaba a punto de ocurrir.
Los dos bajaron la vista hacia los labios del otro. Ninguno retrocedió. La distancia desaparecía milímetro a milímetro. Cinco centímetros. Cuatro. Tres.
Las respiraciones empezaban a mezclarse. Dos.
Alex sintió que Hannah sonreía apenas. Ella notó cómo él contenía el aire. Un centímetro. Solo uno.
Tan cerca que podían sentir el calor de los labios del otro. Tan cerca que un simple movimiento habría bastado para borrar definitivamente los nueve años de espera.
Y entonces pasó.
Hannah no aguantó más. Se lanzó. Se abalanzó sobre él y le rodeó el cuello con los dos brazos, agarrándose fuerte, pegando su pecho sudado contra el suyo. Y de un salto, le rodeó la cintura con las dos piernas, cruzándolas por detrás de su espalda, quedándose colgada de él, con todo su cuerpo enredado alrededor del de Alex.
Alex la agarró al vuelo por el trasero con las dos manos, con fuerza, para sostenerla, clavando los dedos en sus leggings, pegándola más contra él, sintiéndola entera a su alrededor.
—Hannah... —gimió él, con la boca a un milímetro de la suya, con la voz rota por la excitación, con ella con las piernas alrededor de su cintura y los brazos alrededor de su cuello, sin dejarlo escapar.
—Bésame —susurró ella, jadeante, con los labios rozando los suyos, con las piernas apretándolo—. Bésame ya y quítame la ropa. Aquí. Ahora. No aguanto más.