La lluvia había cesado durante la madrugada. Los primeros rayos de sol se colaban tímidamente por las cortinas del salón de los Mallory, dibujando franjas doradas sobre el suelo de madera.
El silencio era absoluto. Solo se escuchaba el suave tic-tac del viejo reloj de pared y el canto lejano de unas gaviotas que llegaba desde el puerto.
Alex abrió los ojos lentamente. Parpadeó un par de veces antes de enfocar el techo. La cabeza ya no le pesaba tanto. Respiraba con facilidad. El dolor de garganta casi había desaparecido.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, disfrutando de aquella agradable sensación de alivio. Después giró la cabeza. Y la vio.
Hannah seguía allí. Dormía profundamente sentada en el suelo, apoyada contra el sofá. La cabeza descansaba sobre uno de los cojines. Los brazos cruzados sobre sí misma. El cabello castaño oscuro le cubría parcialmente el rostro. La manta que había utilizado durante la noche se había deslizado hasta la cintura.
Alex frunció ligeramente el ceño.
—¿De verdad te has quedado aquí…? —la pregunta murió en un susurro.
No esperaba respuesta. Era evidente. Había permanecido junto a él toda la noche.
Una mezcla de ternura y culpa le apretó el pecho. Recordó vagamente algunos momentos de la madrugada. Una mano fresca sobre su frente. La voz de Hannah diciéndole que bebiera un poco más de agua. El sonido de unas páginas pasando mientras ella leía para mantenerse despierta. Y después… Nada.Se había quedado dormido una y otra vez.
Ella, en cambio, no se había marchado.
Alex no pudo evitar sonreír. Nunca había conocido a nadie así. Nadie que cuidara de otra persona con aquella entrega tan absoluta. Sin esperar nada a cambio. Sin hacer preguntas o buscar reconocimiento. Simplemente… Porque era Hannah.
La observó durante largos segundos. Pensó que dormida parecía mucho más tranquila. Desaparecía la expresión decidida que siempre llevaba durante el día. Ya no era la chica competitiva que discutía con él por cualquier tontería. Ni la judoca que intentaba derribarlo en cada entrenamiento. Solo era Hannah. La persona con la que más le gustaba estar. Y aquella idea hizo que el corazón le latiera un poco más deprisa.
No entendía muy bien por qué. Tenía catorce años. Nunca había pensado seriamente en el amor, en novias, en besos, bueno en eso sí… Pero había una certeza que empezaba a abrirse paso dentro de él. Una sensación cálida. Extrañamente familiar.Como si todo estuviera exactamente donde debía estar.
Mientras Hannah estuviera cerca… Todo parecía más sencillo, seguro y más parecido a casa.
Alex alargó despacio el brazo. Con muchísimo cuidado, tomó la manta que había caído al suelo y la colocó sobre los hombros de Hannah. Ella se movió ligeramente entre sueños. Frunció un instante la nariz. Después volvió a relajarse.
Alex soltó una risa muy suave.
—Siempre haces lo mismo… —,urmuró casi para sí. —Primero cuidas de todo el mundo. Y luego te olvidas de cuidarte tú.
En ese momento la puerta principal se abrió. Mary y John entraron cargados con varias bolsas del supermercado.
Nada más asomarse al salón, Mary comprendió la escena de un solo vistazo. Su hijo despierto. Hannah dormida junto al sofá. El cuenco de sopa vacío sobre la mesa. El paño doblado cuidadosamente dentro de un recipiente con agua.
Sonrió con una mezcla de emoción y ternura. John también observó la escena en silencio. Ninguno quiso hacer ruido. Mary dejó las bolsas sobre la encimera de la cocina y regresó al salón caminando de puntillas.
Se acercó primero a Alex. Apoyó suavemente una mano sobre su frente.
—Ya no tienes fiebre.
Alex sonrió.
—Estoy mucho mejor.
Mary respiró aliviada.
—Menos mal —después dirigió la mirada hacia Hannah. —¿Se ha quedado toda la noche?
Alex asintió.
—Intenté decirle que se fuera… Pero no me hizo ningún caso.
Mary soltó una pequeña risa.
—Eso también lo ha aprendido muy bien.
—¿El qué?
—Que cuando alguien a quien quiere está enfermo… No hay forma de convencerla.
Alex volvió a mirar a Hannah. Una nueva oleada de ternura le recorrió el pecho.
Mary siguió la dirección de su mirada. Después sonrió con ese cariño silencioso que solo tienen las madres cuando comprenden algo antes que sus hijos. No dijo nada. No hacía falta.
Simplemente tomó otra manta del respaldo de un sillón y cubrió también las piernas de Hannah.
—Déjala dormir un rato más. Se lo ha ganado.
Alex asintió.
—Sí.
John se acercó al sofá. Le revolvió cariñosamente el pelo a su hijo.
—Menudo fin de semana nos has dado.
Alex hizo una mueca.
—Lo siento, papá.
—Lo sé —John sonrió. —La próxima vez procura no perderte.
—Lo intentaré.
Mary negó divertida.
—Eso díselo también a Hannah cuando se despierte.
Los tres soltaron una risa contenida. El ruido terminó despertando a la muchacha. Abrió los ojos lentamente. Parpadeó desorientada. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
Al ver a Mary y John delante de ella, se incorporó de golpe.
—¡Perdón! No quería quedarme dormida...
Mary sonrió con infinita dulzura.
—Cariño… Lo último que tienes que hacer es disculparte.
Hannah bajó la mirada, un poco avergonzada.
—Solo quería asegurarme de que Alex estuviera bien.
Mary acarició con suavidad su mejilla.
—Y lo has hecho. Gracias.
Hannah sonrió tímidamente. Entonces levantó la vista hacia Alex.
—¿Cómo te encuentras?
Él respondió con una sonrisa que parecía iluminar todo el salón.
—Muchísimo mejor.
Ella suspiró aliviada. Solo entonces se permitió relajarse.
Alex la observó en silencio. Mientras ella comprobaba por última vez que ya no tenía fiebre, comprendió algo que todavía era incapaz de poner en palabras. Quizá aún no sabía qué nombre tenía aquel sentimiento. Pero sí conocía una verdad absoluta.