La reunión había terminado oficialmente. Los protocolos estaban claros. El plan había sido revisado. Y, aun así, ninguno de los tres parecía tener prisa por abandonar la sala. No era por indecisión. Era esa calma extraña que siempre precedía a una operación importante.
Joe comenzó a guardar las carpetas en una maleta rígida de transporte. Lo hacía con la precisión de quien había repetido aquel mismo gesto decenas de veces. Cada documento ocupaba un compartimento concreto. Cada dispositivo tenía su funda correspondiente.
Mientras tanto, Alex enrollaba con cuidado el plano principal del casino. Hannah revisaba por última vez la lista de invitados.
El silencio volvía a instalarse entre ellos. Un silencio cómodo y profesional, solo interrumpido por el roce del papel y el clic metálico de los cierres de la maleta.
—Las invitaciones están numeradas —comentó Hannah sin levantar la vista—. Si nos las piden en el acceso, comprobad que os devuelven exactamente la misma.
—Entendido —respondió Alex.
Joe añadió otro comentario mientras cerraba una cremallera.
—Y evitad enseñarlas más tiempo del necesario. Cuanto menos las manipulemos, mejor.
—De acuerdo.
Hannah cerró la carpeta y se acercó para entregársela a Alex. Él alargó la mano al mismo tiempo. Sus dedos se encontraron sobre el cartón azul. Fue un contacto mínimo, apenas un roce, lo suficiente para que ambos levantaran la vista al mismo tiempo.
Durante un instante el resto de la sala desapareció. Alex sonrió de esa manera que solo Hannah conocía. Ella respondió con otra sonrisa, casi imperceptible. No necesitaban hablar. Había demasiadas cosas que podían decirse únicamente con una mirada. "Ten cuidado." "Tú también." "Volveremos." “Te quiero”. Todo aquello pasó entre ellos en apenas un segundo.
Ninguno retiró la mano inmediatamente. Fue un gesto completamente involuntario y natural. Como si después de tantas semanas buscándose en silencio, aquel pequeño contacto hubiera dejado de depender de la voluntad. Hasta que una voz carraspeó exageradamente.
—Ejém...
Los dos reaccionaron al mismo tiempo. Alex soltó la carpeta. Hannah retiró la mano con absoluta naturalidad. Joe los observaba con los brazos cruzados y una expresión divertida que hacía un esfuerzo evidente por mantenerse seria.
—¿Interrumpo algo?
Alex arqueó una ceja con fingida inocencia.
—¿El reparto de documentación?
—Curiosamente, no era eso lo que estaba viendo.
Hannah intentó mantener la compostura.
—Joe...
—¿Sí, inspectora?
—No empieces.
Él levantó ambas manos en señal de rendición.
—No he dicho nada.
Alex soltó una risa.
—Pero lo has pensado.
—Y bastante fuerte.
Los tres rieron. La tensión volvió a relajarse durante unos segundos. Joe terminó de cerrar la maleta y negó con la cabeza.
—En serio… Necesitáis practicar un poco más.
Alex fingió ofenderse.
—¿Practicar qué?
—Disimular.
Hannah no pudo contener una sonrisa.
—¿Tan evidente es?
Joe los señaló alternativamente con un dedo.
—Cuando llegáis juntos a una habitación, sois dos policías. Cinco minutos después… Parece que estáis manteniendo una conversación entera sin abrir la boca y que os vais a comer la boca.
Alex apoyó una mano sobre el pecho.
—Eso se llama coordinación.
—Eso se llama mirarse demasiado.
Hannah bajó la vista unos segundos para ocultar la risa. Joe continuó guardando el material mientras hablaba con absoluta tranquilidad.
—No os preocupéis. Fuera de esta sala nadie os conoce tan bien como nosotros. Pero recordad una cosa —cerró la maleta con un chasquido seco. —Los Blackwood empiezan a existir en cuanto crucemos la puerta del casino. Hasta entonces sois Hannah y Alex. Después… Desaparecéis.
Los dos dejaron de sonreír. La profesionalidad regresó inmediatamente. Joe lo notó y asintió satisfecho. Aquella era precisamente una de las mayores fortalezas del equipo. Sabían separar cada faceta de sus vidas.
Alex miró el reloj.
—Una vez dentro… Nada de gestos innecesarios.
Hannah completó la idea.
—Si hay contacto físico… Será únicamente el que resulte natural entre un matrimonio.
Joe sonrió.
—Eso no creo que os suponga un gran esfuerzo.
Alex negó con una carcajada.
—¿Ves? Al final sí que has empezado.
—Me lo habéis dejado demasiado fácil.
Los tres volvieron a reír. Fue una risa breve, sincera. De esas que alivian la presión justo antes de un momento importante.
Cuando el silencio regresó, ya era distinto, más firme y más concentrado.
Alex recogió la carpeta azul. Hannah se colocó el bolso. Joe levantó la maleta del suelo. No quedaba nada más que preparar.
Dentro de unos minutos dejarían de ser tres compañeros reunidos en una sala de investigación. Se convertirían en tres piezas de una misma operación.
Y, aunque aquella noche Daniel y Victoria Blackwood tendrían que interpretar el papel de un matrimonio perfecto, los tres sabían que la mayor dificultad no sería fingir delante de los criminales. Sería recordar que, por mucho que el corazón les pidiera otra cosa, aquella noche lo primero seguía siendo la misión. Y regresar todos a casa.
Las bromas quedaron atrás con la misma naturalidad con la que habían aparecido. El ambiente volvió a transformarse. La complicidad seguía presente, pero ahora estaba envuelta por la concentración que exigía una operación como aquella.
Joe dejó la maleta sobre la mesa y la abrió una última vez.
—Equipamiento.
Alex y Hannah se situaron frente a él casi por reflejo. Habían repetido aquella rutina tantas veces durante los últimos días que los movimientos surgían de manera automática. Joe fue entregando el material uno por uno.
—Auriculares.
Los tres se colocaron los dispositivos de conducción ósea.
Joe comprobó desde la consola portátil que todos quedaban correctamente sincronizados.