La noche había caído por completo sobre North Harbour cuando el Casino del Pueblo encendió todas sus luces.
Desde la distancia, el edificio parecía casi irreal.
La fachada de piedra clara estaba bañada por una iluminación dorada que resaltaba las columnas y los grandes ventanales. Una hilera de focos marcaba el camino hasta la entrada principal, donde una alfombra roja cubría la escalinata y varios empleados recibían a los invitados con sonrisas impecables.
Los vehículos comenzaron a detenerse uno detrás de otro. Coches de alta gama, limusinas, vehículos con cristales tintados.
De ellos descendían hombres con esmoquin, mujeres con vestidos de gala y parejas protegidas tras elegantes antifaces.
La música llegaba desde el interior incluso antes de atravesar las puertas. Un cuarteto de cuerda tocaba cerca del vestíbulo mientras camareros vestidos de negro ofrecían copas de champán a los recién llegados.
Todo parecía perfecto. Demasiado perfecto.
A unos metros de allí, un vehículo oscuro permanecía detenido en una calle lateral. Dentro, Alex y Hannah observaban el espectáculo en silencio. Ninguno llevaba todavía el antifaz. Durante unos segundos contemplaron la entrada sin decir nada.
Alex apoyó una mano sobre el volante.
—Bonito sitio para una gala benéfica.
Hannah siguió observando la fachada.
—Bonito sitio para esconder muchas cosas.
Alex sonrió ligeramente. Aquella era precisamente la razón por la que estaban allí. No tenían pruebas de que el casino estuviera relacionado con la organización. Solo hipótesis. Y aquella noche no iban a convertir ninguna de ellas en una certeza antes de tiempo.
Hannah miró el reloj.
—Estamos a tiempo.
—Cinco minutos.
Ella asintió.
Habían elegido deliberadamente llegar después de que comenzara la recepción. No querían ser los primeros. Tampoco los últimos. Una pareja más entre decenas. Una presencia suficientemente discreta para no llamar la atención y suficientemente normal para no parecer fuera de lugar.
Alex apagó el motor. Durante un instante ninguno abrió la puerta. El silencio dentro del vehículo adquirió un significado diferente.
Hasta aquel momento habían sido Hannah Jones y Alex Mallory. Compañeros, policías, investigadores y recién estrenada pareja.
Ahora estaban a punto de cruzar una frontera invisible. Al otro lado de aquellas puertas serían Daniel y Victoria Blackwood.
Alex giró ligeramente la cabeza hacia ella.
—¿Estás lista, cielo?
Hannah lo miró. Había algo en sus ojos que mezclaba concentración y una emoción mucho más íntima.
—Siempre, mi vida.
La palabra quedó entre ellos. No necesitaban explicar qué significaba.
Alex asintió. Después salió del vehículo. Rodeó el coche con la tranquilidad de un hombre acostumbrado a abrirle la puerta a su esposa y, cuando Hannah descendió, le ofreció la mano.
Ella la aceptó. Sus dedos se entrelazaron. El gesto fue tan natural que durante un segundo ambos olvidaron que formaba parte de una identidad de cobertura. Aquello no era actuación. No del todo.
Alex la miró de reojo. Hannah sonrió.
—Recuerda quién eres.
Él levantó una ceja.
—Daniel Blackwood.
—Exacto.
—Empresario inmobiliario.
—Treinta y seis años.
—Residente en Boston.
Hannah terminó la frase.
—Y casado conmigo.
Alex sonrió.
—La parte más fácil y mejor de todo.
Ella tuvo que contener una risa.
—Concéntrate.
—Lo estoy haciendo, mi amor.
Se colocaron los antifaces. El cambio fue sutil. Pero importante. Ya no parecían dos policías preparándose para una infiltración.,Parecían exactamente lo que debían parecer: una pareja acomodada que había acudido a una noche exclusiva para relacionarse con posibles inversores.
Alex ofreció de nuevo su brazo. Hannah lo tomó. Comenzaron a caminar hacia la entrada.
A su alrededor, la gala seguía desarrollándose con una precisión casi coreografiada. Un camarero indicaba a los invitados dónde entregar sus abrigos. Dos vigilantes permanecían junto a la puerta principal. Otros dos controlaban discretamente la escalinata. Una mujer con vestido negro y auricular transparente hablaba en voz baja con otro empleado.
Alex no la miró directamente. Solo registró su posición. Hannah hizo lo mismo con los vigilantes. Uno de ellos llevaba una insignia diferente. No parecía pertenecer al equipo de seguridad visible. Ella lo guardó mentalmente. Nada más. Todavía no significaba nada.
Un coche se detuvo detrás de ellos. Alex se apartó ligeramente para dejar pasar a los invitados. Hannah aprovechó el movimiento para observar los ventanales laterales. Había cámaras. Más de las que cabría esperar en una gala de aquellas características. Una sobre la entrada, otra orientada hacia la escalinata, dos más cubriendo el vestíbulo.
No comentó nada. No hacía falta.
Alex había visto lo mismo. Sus dedos hicieron una pequeña presión sobre la mano de Hannah. Una señal. Lo he visto. Ella respondió con otra. Yo también. Continuaron avanzando.
La música aumentaba de volumen a medida que se acercaban.
En la entrada principal, una pareja esperaba mientras un empleado comprobaba sus invitaciones.
Hannah inclinó ligeramente la cabeza hacia Alex.
—Parece que tendremos que demostrar que somos aburridamente ricos.
Él sonrió.
—Eso se me da bastante bien.
—No cuando improvisas.
—Victoria, amor mío, estás destruyendo mi autoestima —la forma en que pronunció aquellas palabras hizo que Hannah tuviera que contener una sonrisa.
Desde fuera, parecían una pareja perfectamente compenetrada. Y eso era precisamente lo peligroso. Su complicidad era real. No necesitaban inventarla. Solo tenían que controlar cuánto dejaban ver.
Al llegar al primer escalón, Alex volvió a mirar brevemente hacia la fachada, las cámaras, los vigilantes, las puertas laterales, las personas que entraban y salían, el casino seguía mostrando únicamente su cara elegante. Pero detrás de aquella fachada había demasiados controles. Demasiadas puertas. Demasiadas personas pendientes de quién entraba. Y todavía no habían cruzado la entrada.