Fuego y Hielo

Capítulo 14: Parte 2.2

La música volvió a llenar el salón mientras Alex y Hannah se incorporaban a la pista. Habían dejado atrás la puerta restringida, pero ninguno de los dos había olvidado lo que acababan de ver. La tarjeta negra con la franja dorada, el lector electrónico, el hombre que había entrado sin que nadie le hiciera una sola pregunta. Demasiadas piezas para ignorarlas. Todavía insuficientes para construir una conclusión.

Así que bailaron. Como si no hubieran visto nada. Como si aquella noche fueran exactamente quienes aparentaban ser.

Alex colocó una mano en la cintura de Hannah y ella apoyó la suya sobre su hombro. Comenzaron a moverse despacio entre las demás parejas.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Hannah casi sin mover los labios.

—Unos cinco minutos antes de que vuelva a haber movimiento en esa zona —respondió Joe desde el auricular.

Alex hizo girar suavemente a Hannah.

—Entonces tenemos cinco minutos para parecer una pareja aburridamente enamorada.

Ella levantó una ceja.

—¿Aburridamente?

—Los Blackwood llevan años casados. No podemos parecer recién casados.

—¿Y cómo se supone que tiene que comportarse una pareja de años?

Alex sonrió.

—Así —apretó ligeramente la mano que descansaba sobre su cintura.

Hannah entendió inmediatamente. La cercanía era perfecta. No exagerada ni teatral. Simplemente natural. Como dos personas que llevaban tanto tiempo juntas que ya no necesitaban pensar dónde colocar las manos.

Y aquello era precisamente lo complicado. Porque no estaban fingiendo. Al menos no del todo.

Hannah levantó la mirada hacia él.

—Tenemos un problema.

—¿Cuál?

—Que somos demasiado buenos haciendo ésto.

Alex sonrió.

—¿Interpretando?

Ella negó ligeramente con la cabeza.

—Siendo nosotros.

La sonrisa de Alex se suavizó. Durante un instante, la investigación desapareció de sus pensamientos. Solo quedaron ellos. El recuerdo del dojo, la promesa de Siempre, la conversación del vestido, el beso que ambos deseaban. Y ahora aquel lugar.

Un casino lleno de desconocidos donde podían tocarse sin levantar sospechas porque, oficialmente, eran marido y mujer.

Alex bajó ligeramente la voz.

—No te acostumbres.

—¿A qué?

—A que pueda abrazarte delante de todo el mundo.

Hannah sonrió.

—No parece que te esté costando mucho.

—Precisamente por eso. Luego, será más difícil hacer ésto.

Ella dejó escapar una pequeña risa.

—Concéntrate, Blackwood.

—Lo intento, señora Blackwood.

La música cambió. Una pareja abandonó la pista y otra ocupó su lugar.

Alex y Hannah siguieron bailando. Desde fuera, su conversación parecía una sucesión de comentarios cariñosos. Pero entre ellos funcionaba otro lenguaje. Una presión de dedos, una mirada, un movimiento de cabeza, un pequeño cambio de dirección.

Habían aprendido a comunicarse así mucho antes de convertirse en investigadores. Ahora aquel lenguaje se había convertido en una herramienta operativa.

Hannah miró brevemente hacia el extremo del salón. Dos empleados acababan de aparecer. Uno llevaba una bandeja. El otro no.

Alex siguió su mirada.

—¿Has visto algo?

—El de la derecha.

—Lo veo.

El hombre se detuvo junto a una columna. Miró hacia la puerta restringida. Después hacia el salón. No hizo nada más.

Hannah volvió a mirar a Alex.

—Está comprobando el pasillo.

—O simplemente esperando a alguien.

—Exacto.

No era una conclusión. Solo una posibilidad.

Joe intervino.

—He captado una pequeña transmisión cerca del ala oeste.

Alex mantuvo el movimiento del baile.

—¿Qué tipo?

—Todavía no puedo identificarla —una pausa. —Pero procede de una frecuencia que no coincide con la red habitual del casino.

Hannah sintió que la atención se agudizaba.

—¿Puedes rastrearla?

—Estoy trabajando en ello.

Alex giró a Hannah. Durante el movimiento, ella quedó momentáneamente de espaldas a la zona que vigilaban. Él aprovechó para observarla directamente. Después volvió a colocarla frente a él.

—Joe, mantennos informados.

—Lo haré.

La música terminó. Los aplausos llenaron el salón. Alex y Hannah se apartaron de la pista. Un camarero pasó junto a ellos. Alex tomó dos copas. Le entregó una a Hannah. Ella la sostuvo sin beber.

—Necesitamos cambiar de posición —murmuró.

—¿Vamos a la terraza?

—Demasiado abierta.

—¿Galería superior?

Hannah negó.

—Demasiado cerca de las oficinas.

Alex pensó un instante.

—¿Salón de invitados,

Ella asintió. Era una zona suficientemente concurrida para no llamar la atención y, al mismo tiempo, les permitiría observar otra parte del casino.

Comenzaron a caminar. Alex mantuvo una mano en la espalda de Hannah mientras atravesaban el grupo de invitados. Una pareja más. Un matrimonio acomodado. Nada que observar. Nada que recordar. Nada que sospechar.

Al pasar junto a una mesa, una mujer los saludó.

—Señora Blackwood.

Hannah se detuvo. Sonrió.

—Buenas noches.

La mujer levantó su copa.

—Qué alegría volver a verla.

Hannah no conocía a aquella persona. Pero Victoria Blackwood sí debía conocerla. Era una de las situaciones que habían previsto.

—Igualmente —respondió con naturalidad.

Alex intervino sin perder la sonrisa.

—Espero que la velada esté siendo agradable.

La mujer asintió.

—Muchísimo —y siguió conversando con otra persona.

Cuando estuvieron suficientemente lejos, Hannah soltó el aire lentamente.

—Eso no estaba en el dossier.

—Lo sé.

—¿Quién era?

Alex fingió pensarlo.

—Una desconocida que acaba de convertirse en nuestra amiga de toda la vida.

Hannah tuvo que contener una carcajada.

—Perfecto.

Joe intervino.

—No os preocupéis. He registrado el nombre.




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