La señal había desaparecido.
Joe seguía observando el registro en su pantalla mientras Alex y Hannah permanecían en el salón principal, mezclados entre los invitados.
Durante unos segundos ninguno de los tres habló. No porque no hubiera nada que decir. Precisamente porque había demasiado. La señal desconocida podía ser cualquier cosa. La puerta del ala oeste podía conducir a una zona administrativa. La tarjeta negra podía pertenecer a un nivel de seguridad interno perfectamente legítimo. Y los hombres de negro podían ser simplemente personal de seguridad con funciones que todavía desconocían.
Nada encajaba lo suficiente como para convertir una sospecha en una certeza. Pero había algo que sí podían hacer. Observarlos.
—Los tengo otra vez —dijo Joe.
Alex levantó ligeramente la copa.
—¿A quiénes?
—A los hombres de negro.
Hannah miró hacia el otro extremo del salón. Dos figuras vestidas completamente de negro avanzaban entre los invitados. No llevaban antifaces. Tampoco identificaciones visibles. Uno caminaba ligeramente por delante del otro. No conversaban. No parecían necesitar hacerlo.
Alex los observó durante unos segundos.
—¿Son los mismos?
—Uno sí. El otro no estoy seguro.
Hannah entrecerró ligeramente los ojos.
—El de la izquierda es nuevo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Alex.
—El otro llevaba el reloj en la muñeca derecha.
Alex bajó la mirada hacia su propia copa para ocultar una sonrisa.
—Por supuesto que te has fijado.
—Es mi trabajo.
—Claro.
Hannah lo miró de reojo.
—Y tú te has fijado en que yo me he fijado.
—También es mi trabajo, mi amor.
Joe intervino:
—¿Podéis dejar de demostrar que sois incapaces de mantener una conversación normal?
—Estamos teniendo una conversación normal —respondió Alex.
—No para mí.
Hannah sonrió.
Los dos hombres continuaron caminando. Uno de ellos se detuvo junto a una mesa. El otro siguió adelante. No saludó a nadie. No recogió ninguna copa. No habló con ningún camarero. Simplemente atravesó el salón y desapareció por una puerta lateral.
Hannah lo siguió con la mirada.
—Ese no pertenece al personal visible.
—¿Por qué? —preguntó Joe.
—Porque nadie interactúa con él.
Alex añadió:
—Y porque todos los empleados de servicio llevan algún tipo de identificación.
Joe comenzó a registrar la observación.
—Entonces: hombre vestido de negro, sin identificación visible, acceso libre a diferentes zonas.
—Correcto —dijo Hannah.
—¿Función?
—Desconocida.
—¿Relación con la organización?
Alex respondió inmediatamente:
—Desconocida.
Joe sonrió.
—Bien.
Hannah miró a Alex.
—¿Qué?
—Nada.
—Te conozco.
—Solo estaba pensando que Joe estaría orgulloso.
—Lo está.
—Muchísimo —confirmó Joe.
El primer hombre reapareció. Esta vez llevaba algo en la mano. Una pequeña tarjeta negra con una franja dorada.
Hannah dejó de sonreír. Alex lo vio. No necesitó que ella dijera nada.
La tarjeta. El hombre pasó cerca de un grupo de invitados. Una mujer intentó detenerlo para preguntarle algo. Él negó con la cabeza y continuó. Llegó hasta una puerta situada en el extremo del salón. No era la del ala oeste. Al menos no directamente. Sacó la tarjeta, la acercó al lector, la luz cambió. Verde. La puerta se abrió. El hombre entró y volvió a cerrarse.
Alex permaneció inmóvil.
—Joe.
—Lo he visto.
—¿Puedes identificar la puerta?
—Sí.
—¿Y su función?
—No figura entre los accesos públicos.
Hannah intervino:
—¿Está conectada con el ala oeste?
Joe tardó unos segundos.
—No directamente.
Alex frunció el ceño.
—¿Pero?
—Pero aparece en el mismo nivel de acceso que la zona de servicio del ala oeste.
Hannah intercambió una mirada con Alex. No necesitaban sacar conclusiones. Era otro dato, otro punto en el mapa, otro elemento que todavía necesitaba explicación.
—¿Cuántos hombres de negro tenemos registrados? —preguntó Hannah.
—Cuatro.
Alex miró hacia el salón.
—¿Y cuántos has localizado simultáneamente?
—Dos.
—Entonces los otros dos están en otra zona.
—Probablemente.
Hannah sonrió.
—Joe.
—Sí.
—No has podido comprobarlo.
—No.
—Entonces no son "probablemente". Son dos hombres cuya ubicación desconocemos.
Joe se rio.
—Touché.
Alex la miró con una sonrisa.
—Nunca cambies.
La expresión de Hannah se suavizó.
—Nunca.
El comentario quedó suspendido entre ambos durante un instante. No había sido parte de la cobertura. O quizá sí. A esas alturas resultaba difícil distinguir dónde terminaba Daniel y dónde empezaba Alex.
Hannah volvió a concentrarse.
—Necesitamos saber qué nivel de acceso tienen.
—Eso es complicado —respondió Joe—. No tengo acceso al sistema interno del casino.
—No quiero que accedas.
Joe se quedó en silencio.
—¿No?
—No sin autorización.
—Correcto.
Alex asintió.
—Podemos observar qué puertas utilizan.
—Y quién reacciona cuando aparecen —añadió Hannah.
—Exacto.
El hombre de negro volvió a salir. Esta vez se detuvo junto a otro empleado. Intercambiaron unas palabras. El empleado señaló hacia la escalera. El hombre asintió y comenzó a caminar.
Hannah siguió el movimiento.
—Va hacia arriba.
Alex observó.
—Hay dos vigilantes.
—Y una cámara.
Joe confirmó:
—Tres cámaras.
Hannah respiró lentamente.
—Entonces no lo seguimos.
Alex la miró. Ella sostuvo su mirada. No había discusión. Habían visto suficiente. Si querían saber dónde iba aquel hombre, tendrían que hacerlo mediante observación indirecta. No siguiéndolo. No arriesgando la cobertura. No convirtiendo una operación de inteligencia en una persecución.