Los pasillos
La gala había alcanzado su punto de mayor actividad.
La música llenaba el gran salón mientras las conversaciones se mezclaban con el sonido de las copas y el movimiento constante de los invitados. Bajo las luces doradas, el Casino del Pueblo parecía exactamente lo que pretendía ser: un lugar de lujo, exclusivo y perfectamente organizado.
Pero Alex y Hannah ya habían aprendido que aquella perfección tenía demasiadas capas.
Desde el lugar donde estaban, podían observar el salón, parte de los accesos laterales y la escalera que conducía a los niveles superiores.
Hannah sostuvo la copa entre los dedos y fingió prestar atención a un empresario que hablaba sobre inversiones turísticas. Alex, a su lado, sonreía con la expresión educada de Daniel Blackwood. Ninguno estaba escuchando realmente aquella conversación.
Sus ojos trabajaban. Todo quedaba registrado.
—Joe —murmuró Hannah sin mover apenas los labios.
—Aquí.
—¿Qué tenemos?
La respuesta llegó después de unos segundos.
—Dos movimientos interesantes.
Alex levantó ligeramente una ceja.
—Te escuchamos.
—El acceso oeste sigue teniendo actividad. Y la puerta que vimos antes ha vuelto a utilizarse.
Hannah intercambió una mirada fugaz con Alex.
—¿Quién?
—No puedo identificarlo todavía.
—¿Cámaras?
—Tengo cobertura parcial.
Alex dejó escapar el aire lentamente.
—Entonces necesitamos dividirnos.
Hannah lo miró. No había miedo en sus ojos. Pero sí una pequeña resistencia. No quería que se separaran. No porque desconfiara de él. Precisamente por lo contrario. Porque después de tantos años separados, cada minuto juntos parecía demasiado valioso. Pero ambos sabían que aquella operación no podía girar alrededor de ellos.
Habían entrado allí como un equipo y un equipo necesitaba cubrir terreno.
Joe habló de nuevo.
—Tenemos dos objetivos diferentes.
Hannah bajó ligeramente la copa.
—¿Cuál es el tuyo?
—La zona oeste.
Alex respondió antes que Joe pudiera hacerlo.
—La cerradura que vimos antes.
Hannah entendió inmediatamente. La llave que había conseguido durante la primera exploración seguía oculta. No la había utilizado. Todavía.
—¿Y yo?
Joe respondió:
—Quiero que compruebes la conexión con el hotel y la información de Marconi. Hay una zona de recepción secundaria en el extremo norte.
Hannah asintió.
—Puedo llegar allí.
Alex la miró.
—Yo iré al oeste.
Sus ojos se encontraron. Durante un segundo desapareció el casino. No hubo invitados ni música mi cámaras. Solo ellos. Una conversación silenciosa que ninguno necesitaba pronunciar. Ten cuidado. Tú también. No te arriesgues. No lo haré.
Hannah fue la primera en romper el contacto visual.
—Nos vemos dentro de unos minutos.
Alex sonrió.
—Eso espero.
Ella arqueó una ceja.
—No empieces.
—¿Qué?
—Ese tono.
—¿Qué tono?
—El de "voy a hacer algo que probablemente te obligará a rescatarme".
Alex se llevó una mano al pecho con fingida indignación.
—Victoria, me ofendes.
Hannah contuvo una sonrisa.
—Daniel, te conozco.
Joe carraspeó por el auricular.
—Os recuerdo que tengo que coordinar una operación, no una terapia matrimonial.
Alex sonrió.
—¿Celos?
—Cansancio.
Hannah soltó una pequeña risa. Aquel instante de humor bastó para aliviar la tensión. Después ambos volvieron a concentrarse. Alex dejó su copa sobre una mesa auxiliar. Hannah hizo lo mismo.
—Canal principal activo —confirmó Joe.
—Recibido —respondió Alex.
—Canal secundario preparado.
—Esperemos no necesitarlo —dijo Hannah.
—Exactamente.
Joe hizo una pausa.
—Y recordad los límites.
Alex asintió.
—Observar.
Hannah continuó:
—Registrar.
Alex:
—Comunicar.
Joe terminó:
—Y retirarse si aparece un riesgo.
Los tres guardaron silencio. Aquello no era una frase de protocolo. Era la diferencia entre una operación controlada y una situación que podía terminar mal.
Hannah tomó suavemente el brazo de Alex. Desde fuera parecía un gesto afectuoso. Para ellos significaba algo más. Estoy aquí. Alex giró ligeramente la muñeca y rozó sus dedos con los de ella. Lo sé. Hannah sonrió. Después se separó.
Cada uno tomó una dirección diferente. Alex avanzó hacia la zona oeste mezclándose entre los invitados. Hannah hizo lo mismo hacia el extremo norte. Durante unos segundos ambos siguieron caminando sin mirar atrás.
Joe los observaba a través del sistema de seguimiento.
—Separación confirmada.
—Recibido —dijo Alex.
—Recibido —respondió Hannah.
El casino volvió a tragárselos entre sus luces y sus sombras.
Alex pasó junto a un grupo de empresarios y se detuvo unos segundos para escuchar una conversación sobre inversiones portuarias. Sonrió cuando uno de ellos hizo un comentario. Parecía completamente relajado. Pero sus ojos ya habían localizado la puerta. La misma, la del acceso restringido, la que podía abrir la llave que llevaba oculta.
A varios metros de distancia, Hannah atravesaba el salón principal. Una pareja pasó junto a ella, eespués un camarero, luego dos hombres de negro. Ella siguió caminando. No aceleró. No miró directamente hacia ellos. Pero registró su posición.
Joe habló.
—Hannah, tienes un hombre de negro a tu izquierda.
—Lo tengo.
—No parece seguirte.
—No he dicho que lo haga.
—Correcto.
Hannah sonrió ligeramente.
—Aprendes rápido.
—Trabajo con los mejores.
—Eso ha sonado peligrosamente parecido a un cumplido.
—No te acostumbres.
Mientras hablaban, Alex llegó al extremo del corredor. Se detuvo delante de una columna. Desde allí podía ver la puerta. Nadie cerca. El vigilante se había desplazado unos metros. Era el momento. Pero no se movió todavía. Esperó. Contó mentalmente. El vigilante siguió caminando. Alex observó el reflejo de la puerta en un espejo decorativo. Ningún movimiento.