La puerta del corredor quedó atrás.
Hannah no volvió la cabeza. Había aprendido que, dentro de una operación, mirar demasiado tiempo hacia aquello que acababan de abandonar podía ser tan revelador como detenerse frente a una puerta restringida. Así que siguió caminando.
A su lado, Alex avanzaba con la misma serenidad que había mostrado durante toda la noche. La americana del esmoquin permanecía perfectamente colocada sobre sus hombros, el antifaz ocultaba parte de sus facciones y, bajo aquella apariencia impecable, sus ojos verdes continuaban recorriendo el salón.
La gala seguía exactamente igual. Como si el Casino no escondiera corredores sin ventanas, puertas identificadas con letras y accesos que podían hacer desaparecer sus comunicaciones durante cuatro minutos y cuarenta y siete segundos.
—Es todo demasiado normal —murmuró Hannah.
—Es precisamente lo que quieren que parezca.
—No sabemos si quieren que parezca eso.
—Cierto.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Pero lo estabas pensando.
Era fácil olvidarlo. Allí dentro, rodeados de personas que no conocían sus verdaderas identidades, podían hablar como siempre, mirarse como siempre, permitirse pequeñas bromas. Pero seguían en medio de una operación.
—Joe, ¿me recibes?
Silencio. Alex la miró inmediatamente y ambos redujeron el paso.
—Todavía no. Ha pasado casi un minuto —dijo Hannah mirando el reloj.
—No vamos a buscarlo.
—No pensaba hacerlo.
—Te estás acostumbrando a desconfiar de mí.
—Me estoy acostumbrando a que pienses antes de hacer algo.
—Eso sí que es nuevo.
El auricular emitió un leve chasquido.
—...¿me recibís?
—Sí. Fuerte y claro.
—Perfecto. Estoy recuperando los registros de los últimos minutos.
—¿Has descubierto algo?
—Todavía no.
—Entonces estás haciendo exactamente lo que nos dijiste: no inventar respuestas.
—Empiezo a arrepentirme de haber convertido vuestra propia metodología en una norma. Era una forma de trabajar, de confiar y, aquella noche, también una manera de evitar que la adrenalina tomara decisiones por ellos.
—La orden sigue vigente: no volvéis al ala oeste. Aunque encontréis una puerta abierta.
—¿Me lo dices a mí?
—Especialmente a ti.
—Mi reputación me precede.
—Tu reputación intenta entrar por las puertas antes que tú.
—Por favor, intentad no demostrar quién tiene razón durante la operación.
—No prometo nada —murmuró Alex.
—Yo sí —dijo Hannah.
—Seguid en el salón. Recuperad la cobertura.
Hannah y Alex continuaron caminando. Entonces ella extendió la mano, sin hacerlo de forma consciente. Simplemente ocurrió. Alex la tomó. Sus dedos se entrelazaron.
La música cambió y varias parejas comenzaron a dirigirse hacia la pista de baile. Un camarero pasó con una bandeja. Ambos tomaron una copa.
—Creo que los Blackwood necesitan parecer un poco más relajados.
—¿Y qué propones?
—Sonreír.
—Estoy sonriendo.
—Eso no es una sonrisa. Parece que estás interrogando a la copa.
—¿Y tú qué haces?
—Interpretar a una mujer encantadora.
—Eso no tienes que interpretarlo.
Hannah bajó la mirada hacia su copa.
—Cuidado, Blackwood.
—¿Con qué?
—Con olvidar quién eres esta noche.
—Sé perfectamente quién soy, tu marido, Daniel Blackwood.
—Bien. Y yo soy, tu mujer, Victoria.
Pero ninguno necesitaba decir en voz alta quiénes eran debajo de aquella cobertura.
—Tenemos trabajo —dijo Alex.
Fue entonces cuando dos parejas que conversaban cerca comenzaron a acercarse hacia ellos. Hannah las vio. Alex también. Sus dedos seguían entrelazados. Ninguno los soltó.
Las dos parejas todavía no habían llegado cuando Hannah se acercó un poco más a Alex.
—El hombre de negro. Al otro lado de la pista.
—¿El mismo de antes?
—Creo que sí.
Alex observó el reflejo en uno de los paneles de cristal.
—Sí.
—¿Te está mirando?
—No puedo confirmarlo.
—Entonces no lo suponemos.
—Exacto.
—Tenemos compañía —murmuró Hannah cuando las parejas llegaron.
—Perdonad, ¿podemos unirnos?
—Por supuesto —sonrió Hannah.
Se presentaron. Nombres que ambos memorizaron automáticamente.
—La gala está siendo espectacular.
—Lo está.
—Aunque me sorprende la cantidad de seguridad. Para una gala benéfica, quizá demasiada.
—Supongo que el Casino protege mucho su reputación —intervino Hannah.
—¿Habéis venido por negocios?
—Estamos estudiando algunas oportunidades de inversión en la zona. Nos interesa especialmente la parte hotelera —dijo Alex.
—Entonces habéis elegido una buena noche.
Hannah miró discretamente hacia el extremo del salón. El hombre de negro seguía sin aparecer.
—¿Es vuestra primera vez en North Harbour?
—No, pero sí es la primera vez que venimos con intención de estudiar una inversión —dijo Alex.
—Prometedor —respondió Hannah mirando a Alex.
—Mucho —añadió él.
—Os complementáis muy bien.
—Llevamos tiempo practicando —dijo Hannah.
Mientras hablaban, Alex detectó que un camarero con bandeja vacía no se dirigía a cocina, sino a un corredor lateral. Lo siguió con la mirada un segundo. Hannah lo notó.
—¿Has visto algo?
—Un camarero. En el pasillo lateral.
—¿Parece importante?
—No lo sé.
—Entonces espera.
—Lo he oído —dijo Joe en el canal.
—¿Ves? Estoy aprendiendo.
—No te acostumbres a que te felicite.
Ninguno de los invitados parecía sospechar que aquella conversación tenía una segunda capa. Y eso era precisamente lo que hacía que la cobertura funcionara.
—Tengo una pregunta: ¿lleváis mucho tiempo juntos?
La conversación acababa de entrar en un terreno más personal. Ahora no dependería solo de lo preparado, sino de lo bien que se conocían.