Fuego y Hielo

Capítulo 14: Parte 8

La tormenta

La decisión de marcharse no había sido tomada por miedo. Había sido tomada porque, por primera vez desde que habían entrado en el Casino del Pueblo, el Equipo Bradford sabía reconocer cuándo tenía suficiente.

Joe había dado la orden unos minutos antes y Alex no había discutido.

Eso, por sí solo, decía mucho. Habían conseguido demasiado como para arriesgarlo todo por una pista más. Nada de aquello estaba completamente explicado. Pero tampoco necesitaban resolverlo aquella noche.

Alex y Hannah avanzaron entre los invitados con las manos entrelazadas, manteniendo la postura relajada de Daniel y Victoria Blackwood.

La música seguía sonando. Las conversaciones continuaban. Algunas parejas reían cerca de la barra mientras los camareros recogían las últimas copas. El casino parecía ajeno a la tensión que ellos habían vivido detrás de sus paredes.

Hannah miró de reojo a Alex.

—¿Seguimos siendo los Blackwood hasta la puerta?

Alex asintió.

—Hasta estar fuera del complejo.

—Bien.

Ella volvió a mirar hacia delante.

—Entonces sonríe.

Alex ladeó la cabeza.

—Estoy sonriendo.

—Eso no es una sonrisa.

—¿Qué es?

—Tu cara de policía intentando parecer un empresario.

Alex soltó una risa baja.

—¿Y cuál es mi cara de empresario?

Hannah lo miró de arriba abajo.

—Esa exactamente.

—Qué poco amable.

—Estoy intentando salvarte la cobertura.

Él sonrió de verdad.

—Entonces gracias, señora Blackwood.

Hannah tuvo que contener una sonrisa. El intercambio era ligero, casi doméstico. Pero ambos sabían que seguían trabajando.

Cuando pasaron junto a un grupo de invitados, Hannah acercó ligeramente su cuerpo al de Alex. Él apoyó una mano en su espalda. Una pareja les cedió el paso.

—Buenas noches —saludó Hannah.

—Buenas noches.

Continuaron hacia la salida. A pocos metros de las puertas principales, Alex volvió la mirada hacia el salón. No buscaba nada concreto. Solo quería memorizar el lugar una última vez. Todo quedaría registrado en su cabeza.

Hannah lo observó.

—¿Qué haces?

—Mirando.

—¿Buscando algo?

Alex negó.

—No —hizo una pausa—. Solo recordándolo.

Ella comprendió. Era una diferencia pequeña, pero importante. No estaba buscando otra oportunidad para investigar. Estaba cerrando la operación.

Hannah apretó ligeramente sus dedos. Alex respondió con la misma presión. Nos vamos juntos.

Al llegar a las puertas, Joe habló por el auricular.

—¿Me recibís?

Alex tocó discretamente el dispositivo.

—Te recibimos.

—Bien. La ruta de salida está despejada.

Hannah miró hacia las puertas de cristal.

—¿Y tú?

—Yo ya estoy fuera. Os veo mañana.

Alex asintió.

—Recibido.

Joe hizo una breve pausa.

—Y, Blackwood...

—¿Sí?

—Ni se te ocurra volver atrás.

Alex sonrió.

—No pensaba hacerlo.

—Solo quería escucharlo.

La comunicación se cortó. Hannah miró a Alex.

—Te conoce demasiado.

—Tú también.

—Eso es diferente.

—¿Por qué?

Ella sonrió.

—Porque yo sé cuándo vas a hacerlo antes de que tú mismo lo sepas.

Alex soltó una risa.

—Eso sí es preocupante.

Las puertas se abrieron y el aire frío de la noche les golpeó el rostro.

Durante un instante, ninguno avanzó. La lluvia había comenzado a caer. Primero unas gotas dispersas. Después, en cuestión de segundos, el cielo pareció romperse. Un trueno retumbó sobre North Harbour.

Los invitados que salían detrás de ellos se apresuraron hacia los vehículos, protegiéndose con bolsos, chaquetas o pequeños paraguas.

Alex miró al cielo.

—Eso no estaba en el pronóstico.

Hannah levantó una ceja.

—¿Desde cuándo consultas el pronóstico?

—Desde que tengo un barco.

—Ah —hizo una pausa—. Tiene sentido.

Otro relámpago iluminó durante un instante el aparcamiento. La lluvia empezó a caer con una fuerza brutal.

Hannah se recogió ligeramente el vestido para evitar pisarlo al bajar los escalones. Alex extendió inmediatamente una mano.

—Ven.

Ella la tomó. Bajaron juntos. El agua empezó a empaparles el cabello y la ropa en cuestión de segundos.

Los antifaces seguían en sus rostros. Daniel y Victoria Blackwood. Todavía. Pero la cobertura estaba a punto de desaparecer.

Alex señaló hacia el embarcadero cubierto.

—Vamos allí.

Hannah asintió. Corrieron. Alex sujetó con firmeza la mano de Hannah mientras atravesaban el aparcamiento. Ella se rio cuando una ráfaga de viento levantó parte de su vestido.

—¡Esto sí que no estaba preparado!

—Podemos ponerlo en el informe.

—¿Qué vas a escribir?

Alex la miró mientras corrían.

—«La operación se vio afectada por condiciones meteorológicas adversas».

Hannah soltó una carcajada.

—Muy profesional.

—Gracias.

—Era sarcasmo.

—Lo sé.

Llegaron al embarcadero cubierto.

Alex dejó que Hannah entrara primero. Ella cruzó el umbral. Él la siguió. El ruido de la lluvia quedó al otro lado.

Durante unos segundos solo se escuchó el agua golpeando el techo y el sonido lejano del mar.

Hannah respiraba deprisa. Alex también. Estaban empapados. El cabello de Hannah se había soltado parcialmente del recogido. Varias gotas resbalaban por su rostro.

Alex la miró. Ella levantó la cabeza. Y, por primera vez desde que habían salido del casino, ninguno de los dos tuvo que seguir interpretando a Daniel y Victoria. Hannah se quitó lentamente el antifaz. Alex hizo lo mismo. Los dejó sobre una pequeña mesa de madera.

Hannah respiró profundamente.

—Bueno...

Alex la miró.

—Bueno.

Ella dejó escapar una pequeña risa nerviosa.

—Creo que hemos terminado.

Alex asintió.

—Sí.

Pero ninguno se movió.

La lluvia continuaba cayendo con violencia al otro lado del refugio. El mar golpeaba los pilotes del embarcadero. Y, de repente, ambos supieron que aquella noche todavía no había terminado. Porque habían salido del Casino. Pero quedaba una conversación que llevaban nueve años esperando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.