Fuego y Hielo

Capítulo 14: Parte 9

«MI CHICA»Boston, año 2014 Alex y Hannah, 19 años

A las siete y cuarto de la mañana, Hannah Jones ya estaba corriendo. No porque tuviera prisa. Porque Alex la estaba esperando.

La ciudad apenas empezaba a despertar cuando ella salió de la residencia con el cabello recogido y una sudadera gris sobre la camiseta de entrenamiento. El aire de la mañana era frío y húmedo, y durante unos segundos pensó que quizá él se habría cansado de esperar.

Entonces lo vio. Alex estaba apoyado contra la barandilla de la entrada, con dos vasos de café en las manos.

—Llegas tarde.

Hannah miró su reloj.

—Son las siete y diecisiete.

—Exactamente.

—Dijiste a las siete y cuarto.

—Lo sé.

—Entonces he llegado dos minutos tarde.

Alex le tendió uno de los vasos.

—Tres.

Hannah lo aceptó.

—¿Tres?

—Te he visto bajar las escaleras. Has tardado treinta segundos en decidir si cogías la chaqueta.

Ella lo miró.

—¿Me estás vigilando?

—Te conozco.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que necesitas.

Hannah dio un sorbo al café. Perfecto. Como siempre. Lo miró de reojo.

—¿Con leche de soja?

—Y con canela y un toque de vainilla.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—No te lo he pedido.

—Nunca lo haces.

Alex empezó a caminar. Hannah lo siguió.

—Eso es porque ya sabes cómo lo tomo.

—Exactamente.

Aquello era lo normal. No tenían que preguntarse qué café quería el otro. Ni qué música poner durante una carrera. Ni dónde sentarse cuando estudiaban. Ni qué pedir cuando comían juntos. Simplemente lo sabían.

Llevaban años funcionando así y ninguno de los dos veía nada extraño en ello.

Boston se convirtió en el escenario de una etapa diferente de sus vidas.

A los diecinueve años, ambos habían empezado a construir caminos propios.

Hannah estudiaba Criminología en la universidad y tenía una rutina cada vez más exigente. Alex también tenía sus propios horarios, entrenamientos y planes. Estudiaba Ciencias del Deporte.

Vivían en residencias distintas. Tenían compañeros distintos. Conocían gente nueva. Salían con otras personas. Y, sin embargo, seguían encontrándose. Siempre.

A veces por decisión o por casualidad. Aunque, si alguien les preguntaba, casi siempre era casualidad.

—¿Qué haces aquí?

—Pasaba por aquí.

—Tu facultad está a veinte minutos.

—Me gusta caminar.

—¿Y por qué has traído dos cafés?

—Uno es mío.

—Los dos tienen mi nombre escrito.

—Eso es un detalle sin importancia.

Hannah solía poner los ojos en blanco. Alex siempre sonreía. Era así. Una rutina tan arraigada que ninguno recordaba exactamente cuándo había empezado.

Aquella tarde estaban sentados en una mesa de la biblioteca. Hannah tenía tres libros abiertos delante. Alex, uno. Aunque llevaba diez minutos sin leer una sola línea. Ella levantó la mirada.

—¿Vas a estudiar?

—Estoy estudiando.

—Llevas cinco minutos mirando la misma página.

—Es una página complicada.

—Es la introducción.

—Precisamente por eso.

Hannah negó con la cabeza y volvió a sus apuntes. Unos minutos después, Alex estiró una mano y le robó el bolígrafo. Ella ni siquiera levantó la vista.

—Devuélvemelo.

—No.

—Alex.

—¿Qué?

—Necesito ese bolígrafo.

—Pues ven a buscarlo.

Hannah cerró el libro.

—¿Tienes cinco años?

—Y tú sigues cayendo.

Ella se levantó para recuperarlo. Alex levantó la mano.

—Demasiado lenta.

—Dámelo.

—Pídelo bien.

—Dame el maldito bolígrafo.

Él se lo entregó.

—Así sí.

Hannah volvió a sentarse. Una estudiante de la mesa de al lado los observaba con una sonrisa. Finalmente habló.

—¿Sois novios?

Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—No —respondieron demasiado rápido.

La chica arqueó una ceja.

—Vale.

Hannah volvió a sus apuntes. Alex abrió su libro. Ninguno dijo nada.

La estudiante regresó a lo suyo.

Pasaron diez segundos. Alex miró a Hannah. Ella seguía leyendo.

—¿Qué? —preguntó sin levantar la vista.

—Nada.

—Pues deja de mirarme.

—No te estoy mirando.

—Sí lo haces.

—Estoy pensando.

—Piensa hacia otro lado.

Alex sonrió. Hannah intentó concentrarse. Pero el pequeño calor que había aparecido en sus mejillas tardó bastante más en desaparecer.

No era la primera vez que alguien se confundía. Tampoco sería la última. En la universidad habían empezado a aparecer bromas alrededor de ellos.

Si Alex llegaba solo a una fiesta:

—¿Y Hannah?

Si Hannah llegaba sin él:

—¿Dónde está Alex?

Si uno tenía una cita:

—¿Qué dirá el otro?

Aquello terminó provocando una costumbre.

Una noche, mientras varios compañeros estaban reunidos en una cafetería, uno de ellos señaló a Alex.

—Ahí viene el chico de Hannah.

Alex se detuvo.

—¿Perdona?

Las risas estallaron alrededor.

—Ya sabes.

—No lo sé.

—Tu papel en esta relación.

—¿Qué relación?

Todos miraron a Hannah. Ella estaba tomando café.

—No me metáis en esto.

—Es vuestra relación —dijo alguien.

—No tenemos una relación.

—Claro.

Alex dejó la chaqueta sobre una silla.

—Hannah y yo somos amigos.

—Mejores amigos —corrigió ella.

—Exacto.

—Desde niños.

—Exacto.

—Y rivales.

Alex la señaló.

—Eso es importante.

Hannah sonrió.

—Muchísimo.

El grupo volvió a reír. Uno de los chicos negó con la cabeza.

—Vosotros dos sois imposibles.

—Gracias —respondieron ambos al mismo tiempo.

Se miraron y terminaron riéndose también. No había nada extraño. No para ellos.

Más tarde, cuando salieron de la cafetería, caminaron juntos por la calle. Boston estaba iluminada por las luces de los escaparates. Hannah llevaba las manos dentro de los bolsillos de su abrigo. Alex caminaba a su lado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.