Fuego y Hielo

Capítulo 15: Parte 1

RECONSTRUYENDO EL PUZLE

El amanecer apenas empezaba a aclarar el horizonte cuando Alex llegó al punto de encuentro.

No había elegido un lugar especialmente llamativo. Una pequeña zona del paseo marítimo, lo bastante alejada del centro de North Harbour como para que nadie de la comisaría tuviera motivos para pasar por allí a esas horas. A un lado quedaba el sendero que bordeaba el puerto y, al otro, una hilera de árboles que ocultaba parcialmente la carretera.

Era perfecto. Y, desde hacía unos días, se había convertido en algo suyo.

Alex miró el reloj. Cinco minutos antes. Sonrió para sí. Hannah iba a decirle que había llegado demasiado pronto. No tuvo que esperar mucho.

La vio aparecer al final del sendero, con ropa deportiva oscura, el cabello recogido y los auriculares alrededor del cuello. Corría con ese ritmo constante que siempre había tenido, como si incluso para llegar puntual necesitara convertirlo todo en una pequeña competición.

Alex negó con la cabeza.

—Llegas tarde.

Hannah se detuvo frente a él y miró su reloj.

—Llego exactamente a la hora.

—Yo llevo cinco minutos esperando.

—Eso significa que tú llegas demasiado pronto.

—Eso significa que soy responsable.

—Eso significa que eres impaciente.

Alex sonrió.

—Buenos días a ti también.

Hannah intentó mantener una expresión seria, pero no lo consiguió. La sonrisa apareció antes de que pudiera impedirlo.

—Buenos días.

Durante un instante se quedaron simplemente mirándose. No había nadie alrededor. Solo ellos.

Hannah dio un paso hacia él. Alex abrió ligeramente los brazos. Ella se metió en ellos sin pensarlo. El abrazo fue sencillo, natural y sin dramatismo. Y precisamente por eso significó tanto.

Durante nueve años habían tenido que aprender a vivir sin aquel gesto. Ahora estaban descubriendo que podían recuperarlo sin necesidad de convertir cada momento en una celebración por todo lo perdido.

Alex apoyó la mejilla sobre el cabello de Hannah.

—Te he echado de menos, cielo.

Ella soltó una pequeña risa contra su pecho.

—Han pasado doce horas desde que nos vimos.

—Demasiadas horas.

—Eres imposible.

—Y tú has vuelto a quedar conmigo esta mañana.

Hannah levantó la cabeza.

—Porque me gusta correr.

—Claro.

—Me gusta el ejercicio.

—Por supuesto.

—Y necesito mantenerme en forma.

Alex arqueó una ceja.

—Por supuesto.

Ella lo miró durante un segundo.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No sé de qué hablas.

Hannah negó con la cabeza, divertida. Después se separó lo justo para darle un pequeño empujón en el pecho.

—Vamos.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más quieres?

Alex señaló sus labios. Hannah puso los ojos en blanco.

—Eres peor que cuando tenías diez años.

—Y tú sigues cayendo en mis trampas.

Ella se acercó y le dio un beso rápido. Un beso corto pero con ganas, de esos que empiezan suaves y terminan con un mordisquito. Le agarró la cara con una mano, le plantó los labios abiertos contra los suyos, le rozó la boca con la lengua un segundo y se separó con un chasquido. Alex sonrió.

—Ahora sí.

—Vamos antes de que te arrepientas.

—Eso nunca.

Empezaron a correr. Al principio mantuvieron un ritmo cómodo, avanzando por el paseo marítimo mientras el pueblo despertaba poco a poco.

El cielo tenía todavía ese tono gris azulado de las primeras horas de la mañana. Las luces de los barcos permanecían encendidas y el aire llevaba el olor salado del puerto.

Durante unos minutos no hablaron. No lo necesitaban. Hannah conocía el ritmo de Alex desde hacía tantos años que podía saber cuándo estaba acelerando antes incluso de que él lo hiciera. Alex sabía cuándo Hannah estaba cansada por la forma en que apoyaba el pie derecho.

Aquello no había cambiado. Tampoco había cambiado la necesidad de competir. Apenas llevaban diez minutos cuando Alex aumentó ligeramente el ritmo. Hannah lo detectó inmediatamente.

—Ni se te ocurra.

—¿El qué?

—Acelerar.

—No estoy acelerando.

—Claro que sí.

—Quizá tú estás bajando el ritmo.

Hannah soltó una carcajada.

—Eso ha sido muy malo.

—Pero ha funcionado.

Ella aceleró. Alex sonrió y la siguió.

Durante los siguientes metros volvieron a ser los dos adolescentes que competían por cualquier cosa. Era una costumbre tan antigua que ninguno de los dos necesitaba recordar de dónde venía.

Finalmente, Hannah se adelantó. Alex la dejó ganar durante unos segundos. Ella lo sabía.

—No me estás dejando ganar.

—Jamás haría algo así.

—Lo estás haciendo.

—Demuestra que puedes ganarme.

Hannah aumentó todavía más el ritmo. Alex soltó una carcajada y salió detrás de ella. Cuando llegaron al tramo más alejado del paseo, ambos redujeron la velocidad hasta detenerse. Hannah se inclinó ligeramente hacia delante, recuperando el aliento. Alex se apoyó las manos en las caderas.

—Has hecho trampa.

Ella levantó la cabeza.

—¿En qué?

—Has empezado antes.

—Eso es mentira.

—Tengo pruebas.

—¿Qué pruebas?

Alex señaló su pecho.

—Mi corazón.

Hannah soltó una carcajada.

—Eso ha sido horrible.

—Pero te has reído.

—Porque ha sido horrible.

Alex se acercó.

—Entonces ha funcionado.

Ella negó con la cabeza mientras intentaba recuperar la respiración y entonces lo miró.

La sonrisa de ambos fue desapareciendo poco a poco. No porque estuvieran tristes. Sino porque acababan de recordar algo que todavía resultaba extraño.

Aquello era real. Ya no estaban tanteando el terreno. No estaban intentando descubrir si podían volver a estar juntos. Estaban juntos. Después de nueve años y toda una vida soñándolo. Y ahora tenían que aprender algo completamente nuevo: estar juntos.




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