EL CHANTAJE
El mensaje había llegado poco después de las cinco.
Tenemos que hablar.
Nada más.
Hannah lo había leído dos veces antes de bloquear la pantalla del teléfono. No necesitaba preguntar quién lo había enviado.
Ian Sullivan.
Durante unos segundos permaneció sentada frente a su escritorio, con los documentos del caso abiertos delante de ella y la sensación incómoda de que aquellas cuatro palabras pesaban más que cualquiera de los informes que tenía sobre la mesa.
Mañana. A las nueve. Hotel del puerto.
Había aceptado. Pero había puesto una condición.
No delante de Connor.
Ian había respondido con un simple:
De acuerdo.
Aquella respuesta no la había tranquilizado. Todo lo contrario. Porque Ian nunca había sido alguien que aceptara una condición sin intentar utilizarla después en su beneficio.
Hannah guardó el teléfono. No podía permitir que aquello interfiriera con el trabajo. Y, sobre todo, no podía permitir que Alex lo notara.
Aquello último era cada vez más difícil.
Desde que estaban juntos, Alex parecía haber desarrollado una capacidad todavía más precisa para leerla. No necesitaba que ella hablara. A veces bastaba con una pausa demasiado larga, una mirada desviada o la forma en que dejaba el café sobre la mesa. Lo sabía.
Por eso, cuando terminó su jornada, esperó unos minutos antes de salir. No quería que pareciera que estaba huyendo. No estaba huyendo.
Iba a descubrir qué quería Ian. Y después volvería. A su vida, a Alex, a Connor y a su hogar.
El Hotel del Puerto estaba prácticamente vacío a aquella hora. La temporada todavía no había alcanzado su punto más fuerte y la lluvia de los últimos días había dejado el paseo marítimo casi desierto.
Hannah aparcó a una distancia prudente. Antes de bajar, permaneció unos segundos dentro del coche. Miró el edificio. Respiró profundamente. No tenía miedo de Ian. Eso se repitió. Lo que tenía era una sensación de alerta que no desaparecía. Era diferente.
Como policía, sabía reconocer cuándo una situación no encajaba. Y aquella cita no encajaba.
Cogió el teléfono. Por un instante pensó en escribirle a Alex.
Voy a hablar con Ian.
No. Además, había decidido acudir sola. No porque no confiara en Alex. Precisamente porque confiaba demasiado en él.
Sabía que si le contaba que Ian quería hablar con ella, Alex querría acompañarla.
Y también sabía que, esta vez, ella necesitaba escuchar primero. Necesitaba saber qué tenía Ian, qué sabía y qué pretendía.
Salió del coche.
Ian estaba sentado en una mesa situada al fondo del vestíbulo. No parecía estar esperando a alguien que pudiera representar una amenaza. Vestía de oscuro, tenía una taza delante y revisaba tranquilamente el teléfono.
Cuando Hannah entró, levantó la mirada. Durante un instante ninguno dijo nada. Ian guardó el teléfono.
-Gracias por venir.
Hannah se acercó sin sonreír.
-Dijiste que querías hablar.
-Sí.
-Pues habla.
Ian señaló la silla frente a él. Hannah no se sentó inmediatamente. Miró alrededor. El vestíbulo estaba prácticamente vacío. Finalmente tomó asiento. Dejó el bolso junto a su silla, pero mantuvo una mano cerca de él.
Ian la observó.
-Sigues desconfiando de mí.
-Después de todo lo ocurrido, sería extraño que no lo hiciera.
Él aceptó la respuesta con un pequeño movimiento de cabeza.
-Supongo que sí.
Hannah lo estudió. Había algo diferente en su comportamiento. No estaba nervioso ni enfadado. Ni siquiera parecía querer discutir. Eso la inquietó más.
-¿Por qué estás en North Harbour?
Ian sostuvo su mirada.
-Ya te lo he dicho.
-Quiero escucharlo otra vez.
-Tenía asuntos pendientes.
-¿Personales?
Una pausa.
-Algunos.
Hannah no apartó los ojos de él.
-¿Y los demás?
Ian esbozó una sonrisa apenas perceptible.
-Sigues haciendo preguntas como inspectora.
-Soy inspectora.
-Lo sé.
Hannah se inclinó ligeramente hacia delante.
-Y tú sigues evitando responder.
-Quizá porque algunas respuestas no te gustarían.
La frase quedó suspendida entre ambos. Hannah sintió que la tensión aumentaba.
-Entonces hemos terminado.
Se levantó. Ian no intentó detenerla. Simplemente dijo:
-Todavía no te he hablado de lo importante.
Hannah se quedó quieta. No volvió a sentarse.
-¿Qué es lo importante?
Ian miró la silla vacía frente a él.
-Siéntate.
Hannah dudó. Después volvió a ocupar su lugar.
-Cinco minutos.
-Será suficiente.
Ian tomó la taza y bebió un sorbo. Después la dejó sobre la mesa.
-He estado pensando mucho en todo lo que ha pasado.
Hannah permaneció en silencio.
-En nosotros.
Ella sintió un ligero rechazo.
-Eso ya no nos interesa.
-A mí tampoco.
La respuesta la sorprendió. Ian continuó:
-No he venido para intentar recuperarte.
Hannah lo observó con atención.
-Entonces, ¿para qué?
Ian apoyó los antebrazos sobre la mesa.
-Porque hay cosas que han cambiado.
-¿Qué cosas?
-Tú.
Hannah frunció el ceño.
-No me conoces.
-Quizá no -hizo una pausa-. Pero sé que algo ha cambiado.
Ella no respondió. Ian bajó la mirada hacia sus manos.
-Has vuelto a encontrar algo que creías perdido.
Hannah sintió un nudo en el estómago. No cambió de expresión.
-No sé de qué hablas.
Ian levantó los ojos.
-Sí lo sabes.
Por primera vez desde que había entrado, Hannah sintió una verdadera alarma. No por las palabras. Por la seguridad con la que las había pronunciado.
-No vuelvas a hablar de Alex.
Ian no respondió. Aquello fue peor. Porque confirmó que el nombre no había sido casual.
Hannah mantuvo la voz firme.
-Si has venido para provocarme, has perdido el tiempo.