Fuego y Hielo

Capítulo 15: Parte 5

EL MIRADOR

La jornada había terminado mucho después de lo previsto.

En la sala de investigación quedaban encendidas únicamente las luces sobre las mesas de trabajo. El resto de la comisaría empezaba a sumirse en ese silencio extraño que aparecía al final de cada turno: teléfonos que dejaban de sonar, puertas que se cerraban, pasos cada vez más aislados por los pasillos.

Sobre la mesa central seguían extendidos los documentos de la investigación.

Hannah permaneció unos segundos contemplándolo todo antes de cerrar la última carpeta.

—Por hoy es suficiente.

Joe, que todavía estaba revisando una pantalla desde el otro extremo de la sala, levantó la cabeza.

—¿Eso es una orden?

—Sí.

—Entonces me voy antes de que cambies de opinión.

Michael soltó una pequeña risa mientras recogía sus cosas.

—Yo llevo diez minutos esperando que alguien diga exactamente eso.

Hannah negó con la cabeza.

—Mañana continuamos.

—Mañana —repitió Joe.

Los dos salieron de la sala.

Hannah esperó hasta escuchar cómo se cerraba la puerta del pasillo. Solo entonces permitió que sus hombros se relajaran ligeramente.

Alex seguía frente al ordenador. No había dicho prácticamente nada durante los últimos minutos. Hannah lo observó.

—¿No lo has oído?

Él levantó la mirada.

—¿El qué?

—Que hemos terminado.

—Sí lo he oído.

—Entonces, ¿por qué sigues ahí?

Alex cerró lentamente el expediente que tenía delante.

—Estaba comprobando una cosa.

Hannah arqueó una ceja.

—¿Una cosa relacionada con el caso?

—No exactamente.

Ella lo miró con sospecha.

—Mallory...

Alex sonrió.

—Estaba intentando decidir cuánto tiempo tengo que esperar antes de poder hablarte sin que me llames subinspector.

Hannah tuvo que contener una sonrisa.

—En la comisaría, siempre soy la inspectora jefe.

—Lo sé.

Alex se levantó.

—Por eso voy a esperar a salir.

Hannah bajó la mirada para ocultar la sonrisa. Recogió sus últimos documentos y los guardó en el cajón.

—Nos vemos mañana, subinspector.

Alex se acercó a la puerta.

—Hasta mañana, inspectora jefe.

Sus miradas se encontraron. Solo durante un segundo. Lo suficiente. Después salieron por separado. Como siempre.

Hannah abandonó primero el edificio y caminó hacia su vehículo sin volver la cabeza. Alex esperó unos minutos antes de salir.

No necesitaban explicárselo a nadie. Ni siquiera a Joe o Michael. Era parte de la protección que habían decidido para su relación. No era por vergüenza ni por miedo a estar juntos. Precisamente porque estaban seguros de lo que querían.

La investigación continuaba abierta, Ian seguía siendo una amenaza, el caso Bradford podía llevarlos a lugares que todavía no podían imaginar y ellos necesitaban proteger todo lo que estaban construyendo.

Hannah llegó hasta su coche. Abrió la puerta. Antes de entrar, miró discretamente hacia la entrada de la comisaría. Alex acababa de salir. Sus ojos se encontraron a cierta distancia. Él hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza. Ella respondió de la misma manera. Nada más.

Después Hannah subió al coche. Minutos más tarde, la camioneta de Alex se detuvo junto a ella en una calle cercana. Hannah abrió la puerta del copiloto y subió.

En cuanto la puerta se cerró, el ambiente cambió. Alex la miró. Durante un instante ninguno dijo nada. Después él sonrió.

—Hola, cielo.

Hannah sintió que aquella palabra le aflojaba algo por dentro. Sonrió también.

—Hola, mi vida.

Alex puso el intermitente y arrancó.

—¿Estás cansada?

—Mucho.

—¿Quieres ir directamente a casa?

Hannah miró por la ventanilla.

—No.

Él volvió la cabeza ligeramente.

—¿No?

—No todavía. Quiero estar contigo un rato más.

Una sonrisa apareció en los labios de Alex.

—Bien.

—¿Por qué sonríes?

—Porque tengo un plan.

Hannah lo miró.

—Eso me preocupa.

—Debería.

—Alex...

Él soltó una risa.

—Relájate. No voy a meterte en ningún problema.

Hannah cruzó los brazos.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que está a punto de meterme en problemas.

—Confía en mí.

Ella lo observó durante unos segundos. Después sonrió.

—Eso estoy intentando hacer.

Alex extendió una mano sobre la consola central. Hannah entrelazó sus dedos con los de él.

Durante un rato hablaron del caso, de la operación de Nueva York, de la información que todavía necesitaban comprobar, de Michael y de cómo su incorporación estaba cambiando la dinámica del equipo.

Pero poco a poco la conversación se fue alejando de la investigación. Porque por primera vez en mucho tiempo no tenían que dedicar cada minuto que compartían a resolver algo. Podían simplemente estar juntos.

Hannah apoyó la cabeza contra el respaldo. Miró por la ventanilla. Las luces de North Harbour comenzaban a reflejarse sobre el cristal y una sensación extraña volvió a instalarse en su pecho. Era incredulidad, después de nueve años, de todo lo que habían perdido, de haber regresado al pueblo pensando que tendría que enfrentarse a él como si nada hubiera ocurrido… Ahora estaba sentada a su lado. Con sus dedos todavía entrelazados con los de él.

Y Alex estaba conduciendo como si aquello fuera lo más natural del mundo. Como si nunca hubieran dejado de hacerlo. Como si aquellos nueve años hubieran sido solamente una carretera demasiado larga que, finalmente, había terminado.

Alex la miró de reojo.

—¿Qué te pasa?

Hannah volvió la cabeza.

—Nada.

Él sonrió.

—Otra vez esa respuesta.

—¿Qué tiene?

—Que nunca significa nada.

Hannah soltó una pequeña risa.

—Te conozco demasiado bien.

—Eso mismo iba a decirte yo.

Porque quizá lo más extraño de todo no era que hubieran vuelto a encontrarse. Era que estar juntos empezaba a sentirse como volver a casa.




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