Fuego y Hielo

Capítulo 15: Parte 9

FLASHBACK: «ANTES DE SABERLO»

North Harbour, 2016

Alex y Hannah, 21 años

El sol apenas había terminado de asomarse sobre North Harbour cuando Hannah llegó al paseo marítimo.

Llevaba una mochila colgada de un hombro y el cabello recogido de cualquier manera, como si hubiera salido de casa con la única intención de no llegar tarde. A sus veintiún años todavía conservaba algo de aquella chica que, desde niña, aparecía corriendo cuando había quedado con Alex.

Solo que aquella mañana no estaba corriendo. Caminaba despacio.

Al final del muelle, apoyado contra la barandilla, Alex ya la estaba esperando.

Tenía una camisa blanca, unos vaqueros y las manos metidas en los bolsillos. El viento le movía ligeramente el cabello mientras contemplaba el agua.

Cuando escuchó sus pasos, giró la cabeza.

—Llegas tarde.

Hannah levantó una ceja.

—Llevo tres minutos de adelanto.

Alex miró su reloj de manera exageradamente seria.

—Mi reloj dice otra cosa.

—Tu reloj lleva adelantado cinco minutos desde que tenías doce años.

—Eso se llama puntualidad preventiva.

Hannah soltó una pequeña risa.

—Eso se llama hacer trampas.

Alex sonrió. Era una sonrisa conocida. La que había visto miles de veces desde que eran niños. Y seguía haciendo que se le acelerara el corazón.

Hannah dejó la mochila en el suelo.

—Buenos días.

—Buenos días.

Durante unos segundos ninguno dijo nada más.Y ahí estaba la diferencia. Normalmente habrían empezado a discutir por cualquier tontería. Por quién había llegado primero. Por quién había ganado la última carrera. Por quién había tenido razón el día anterior.

Pero aquella mañana ambos sabían lo que ninguno quería mencionar todavía.

Hannah se marcharía el mes siguiente a Nueva York. Su Máster en Psicología Criminal comenzaba en unos días y, por primera vez desde que tenían cinco años, iba a construir una parte de su vida lejos de North Harbour. Lejos de él.

Alex se apoyó de espaldas en la barandilla.

—¿Has terminado de hacer la maleta?

Hannah hizo una mueca.

—Casi.

—Eso significa que no.

—Eso significa que casi.

—¿Cuántas cosas llevas?

—Las necesarias.

—¿Cuántas maletas?

Hannah guardó silencio. Alex sonrió.

—Dos.

—Una grande y una pequeña.

—Dos.

—La pequeña cuenta como equipaje de mano.

—Siguen siendo dos.

—¿Y qué quieres que haga? Tengo que llevar apuntes, ropa, libros...

—Puedes comprar libros allí.

—No voy a comprar cosas que ya tengo.

—Claro. Porque llevar media biblioteca a Nueva York es mucho más lógico.

Hannah le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Cállate.

Alex se rió y ella también. Y durante unos segundos todo volvió a parecer normal.

Hasta que Hannah miró el horizonte. La sonrisa se le apagó ligeramente. Alex lo notó. Siempre lo hacía.

—¿Estás nerviosa?

Ella tardó un instante en responder.

—Un poco.

—¿Por el Máster?

—No.

Alex esperó. Hannah jugueteó con la correa de su mochila.

—Por todo lo demás.

Él entendió. No necesitó que lo explicara. Nueva York no era lo que le daba miedo. Lo que le daba miedo era imaginar un año entero sin aquella presencia constante que había acompañado cada etapa de su vida.

Alex bajó la mirada hacia el agua.

—Un año pasa rápido.

Hannah lo miró.

—¿Tú crees?

—Sí.

—¿Y si no lo hace?

Alex giró la cabeza hacia ella.

—Cuando vuelvas, estaremos preparando las pruebas de la Academia.

Hannah sonrió débilmente.

—Tú primero tendrás que decidir qué vas a hacer con tu año sabático.

—Ya lo sé.

—¿Sigues pensando en navegar?

Alex miró hacia los barcos amarrados en el puerto.

—Sí.

La respuesta salió demasiado rápida. Hannah asintió.

—Te pega.

—¿Eso es un cumplido?

—No te emociones.

Él sonrió.

—Un año navegando, sin horarios, sin profesores, sin nadie diciéndome qué hacer...

—Excepto tú mismo.

—Exacto.

Hannah volvió a mirar el mar.

—Suena bien.

Alex la observó de reojo.

—¿Pero?

Ella negó con la cabeza.

—No hay ningún pero.

Otra pausa. Esta vez fue Alex quien apartó la mirada. Porque sí había un pero. Desde hacía semanas había imaginado aquel año sabático como una aventura perfecta. El barco. El mar. Los puertos. La libertad.

Y, sin embargo, desde que Hannah había confirmado que se marchaba a Nueva York, la idea empezaba a sentirse distinta. Un año navegando significaba también un año sin ella. Y Alex sabía por qué aquello le molestaba tanto. No podía pedirle que se quedara. No quería hacerlo. Hannah tenía una oportunidad enorme delante de ella. Había trabajado durante años para conseguirla. Y él no quería convertirse en el motivo por el que ella renunciara. Así que había decidido no decir nada.

Hannah, sin saberlo, había tomado exactamente la misma decisión. No quería pedirle que cambiara sus planes. No quería descubrir que quizá él habría elegido quedarse por ella. Y, sobre todo, no quería hacer una pregunta cuya respuesta pudiera cambiarlo todo.

Alex se incorporó.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¿Seguimos siendo rivales desde Nueva York?

Hannah sonrió. Esta vez de verdad.

—Siempre.

—Bien.

—Aunque estés al otro lado del país.

—Eso no te salvará.

—Tampoco a ti.

Alex extendió la mano. Hannah la miró.

—¿Qué haces?

—Trato hecho.

Ella negó con la cabeza, divertida, y estrechó su mano.

—Trato hecho.

Pero ninguno soltó inmediatamente la mano del otro. Fue apenas un segundo.,Nada que cualquiera de ellos hubiera considerado extraño.

Porque llevaban toda la vida tocándose, empujándose, abrazándose, ayudándose. Solo que aquella mañana, por primera vez, ambos fueron conscientes de que quizá iban a echar de menos incluso aquello.




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