Fuego y Hielo

Capítulo 16: Parte 2

Cuando dejan de fingir

El ascensor descendía con suavidad por el interior del Hotel Casino Principal, reflejando en sus paredes de cristal y metal las luces doradas del vestíbulo.

Alex permanecía junto a Hannah, con una mano descansando de manera natural sobre la espalda de ella. Para cualquiera que los observara, eran simplemente Joshua y Kimberly MacCarty: dos recién casados disfrutando de su primera noche en Nueva York.

Y la actuación resultaba demasiado sencilla. Porque no tenían que fingir la cercanía.

Hannah llevaba el vestido rojo de tirantes que había elegido para aquella primera noche. Alex, impecable con su smoking, sostenía una copa mientras escuchaba a Daniel.

—Os lo digo en serio —insistía este—. Si vais a estar aquí todo el fin de semana, tenéis que salir del hotel al menos una noche.

Claire sonrió.

—No le hagáis demasiado caso. Lleva dos días intentando convencerme de que Nueva York se puede recorrer andando.

—Se puede hacer.

—Daniel.

—Bueno... casi entera.

Hannah soltó una carcajada.

—Creo que voy a hacerle caso a Claire.

Alex la miró.

—¿Ya estás tomando partido?

—Siempre.

—Eso explica muchas cosas.

Daniel se rio.

—¿Lleváis mucho casados?

Alex miró a Hannah. Hubo una fracción de segundo en la que ambos recordaron que aquella pregunta formaba parte de su cobertura.

—Muy poco —respondió ella.

—Se nota —dijo Claire, divertida—. Todavía os miráis como si estuvierais de luna de miel.

Alex sonrió.

—Estamos de luna de miel.

Hannah le lanzó una mirada cómplice.

—Cierto.

Alex carraspeó, divertido.

—Por supuesto.

Daniel levantó las manos.

—Vale, vale. No pregunto más.

El ascensor siguió descendiendo.

Hannah aprovechó un instante en el que Daniel y Claire estaban hablando entre ellos para recorrer discretamente el espacio con la mirada. Dos cámaras, una puerta de servicio, un lector de tarjeta junto al acceso lateral y un empleado de seguridad en el vestíbulo inferior. No dijo nada.

Alex tampoco. No hacía falta.

Se conocían lo suficiente para intercambiar información con una mirada.

El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron. Daniel hizo un gesto hacia el vestíbulo.

—Nosotros nos quedamos aquí.

—¿Quedamos mañana a las nueve para desayunar? —preguntó Claire.

—A las nueve —confirmó Hannah.

—Perfecto. Y después os enseñamos un par de sitios.

Alex asintió.

—Nos parece bien.

Daniel le estrechó la mano.

—Buenas noches, Joshua.

—Buenas noches.

Claire abrazó brevemente a Hannah, con la naturalidad de alguien que acababa de conocerla pero ya se sentía cómoda con ella.

—Hasta mañana, Kimberly.

—Hasta mañana, Claire.

Daniel y Claire salieron.

Antes de que las puertas comenzaran a cerrarse, Daniel se giró.

—¡Y no lleguéis tarde!

Alex sonrió.

—Lo intentaremos.

Las puertas se cerraron.

Silencio.

El ascensor volvió a ponerse en movimiento. Alex y Hannah quedaron solos. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Hannah miró los números que descendían sobre la pantalla. Después giró lentamente la cabeza hacia él. Alex la estaba mirando.

Ya no había espectadores. Ya estaban los Miller. Y, por unos instantes, tampoco había ni rastro de Joshua ni Kimberly. Solo Alex y Hannah.

Ella sonrió.

—Hola.

Alex dejó escapar una pequeña risa.

—Hola.

El ascensor continuó bajando. Y ambos supieron que, en cuanto se cerraran las puertas del ascensor, podrían volver a ser simplemente ellos.

Las puertas del ascensor se cerraron con un suave sonido metálico.

Durante un segundo, Alex y Hannah permanecieron exactamente como habían estado delante de Daniel y Claire: juntos, relajados, con aquella sonrisa de matrimonio recién casado que empezaba a resultarles demasiado fácil de interpretar.

El ascensor comenzó a subir.

Silencio.

Hannah miró el indicador luminoso sobre las puertas. Después giró lentamente la cabeza. Alex ya la estaba mirando. Y ambos sonrieron.

—¿Qué? —preguntó Hannah, intentando contener la risa.

—Nada.

—Me estás mirando.

—Es posible.

—Joshua MacCarty no debería mirar así a su esposa como si quisiera comérsela.

Alex arqueó una ceja.

—Joshua MacCarty está casado con Kimberly MacCarty. Tiene derecho.

Hannah soltó una pequeña carcajada.

—Qué profesional eres.

—Intento mantener la cobertura.

El ascensor continuó ascendiendo. Otro piso. Las últimas personas fueron saliendo. Hasta que finalmente se quedaron completamente solos.

La sonrisa de Hannah cambió. No desapareció. Simplemente dejó de ser la de Kimberly. Alex lo reconoció inmediatamente.

—Ahora sí —murmuró ella.

—¿Ahora sí qué?

Hannah dio un paso hacia él.

—Ahora podemos ser nosotros.

Alex apenas tuvo tiempo de responder. Hannah lo rodeó con los brazos y lo besó.

Fue un beso desesperado, con hambre de toda la noche. Le saltó al cuello y lo besó con la boca abierta, metiéndole la lengua, lamiéndole los labios, mordiéndole. Alex la agarró de la cintura y la pegó contra la pared del ascensor, devolviéndole el beso igual de apasionado, con lengua, profundo y húmedo, con un gemido contenido entre los dos.

No hubo sorpresa esta vez.

Alex la recibió inmediatamente, sujetándola con cuidado mientras el beso se volvía más intenso. Más desesperado. Se besaron sin parar, con la respiración acelerada, mordiéndose el labio, chupándose la boca, con las manos agarrándose fuerte como si no quisieran soltarse. Toda la tensión contenida durante la cena, durante las conversaciones y durante aquellas horas interpretando a Joshua y Kimberly parecía concentrarse en aquel instante.

No necesitaban actuar.

No necesitaban pensar en quién podía estar observándolos.

Eran simplemente Alex y Hannah.




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