Fuego y Hielo

Capítulo 16: Parte 3

SÁBADO POR LA MAÑANA: PRIMER RECONOCIMIENTO DEL HOTEL La luz de Nueva York entraba despacio por los grandes ventanales de la suite. No era una luz intensa todavía. Se filtraba entre las cortinas y avanzaba por el suelo del dormitorio, iluminando poco a poco la habitación hasta alcanzar el borde de la cama. Alex abrió los ojos. Durante unos segundos no supo exactamente dónde estaba. Después sintió el peso cálido de Hannah entre sus brazos. Y sonrió. No se movió. Simplemente permaneció allí, tumbado, observando a su chica dormir. Hannah tenía el rostro medio escondido contra la almohada y el cabello ligeramente revuelto después de la apasionada noche anterior. Una de sus manos descansaba sobre el pecho de Alex, como si incluso dormida necesitara asegurarse de que él seguía allí. Aquella imagen le produjo una sensación extraña. Tranquilidad. Después de tantos años acostumbrándose a despertar sin ella, tenerla allí parecía todavía algo que su cabeza necesitaba aprender. Alex bajó la mirada hacia ella. Habían pasado demasiadas cosas para llegar hasta aquella mañana. Y ahora, el amor de su vida estaba entre sus brazos. No necesitaba nada más en aquel instante. Ella se movió ligeramente y Alex contuvo una sonrisa. -Buenos días, princesa de Hielo -susurró. Hannah frunció la nariz antes incluso de abrir los ojos. -No... Alex arqueó una ceja. -¿No qué? -No empieces. -¿A qué? Ella abrió finalmente los ojos y lo miró. Durante un instante permaneció completamente seria. Después sonrió. -A llamarme princesa de Hielo a estas horas. -Pensaba que te gustaba. -Me gusta cuando estoy despierta. -Entonces esperaré cinco segundos. Hannah soltó una pequeña risa. -Qué considerado. Se acercó a él y le dio besitos suaves en los labios. Sin urgencia. Sin la intensidad de la noche anterior. Solo un gesto de buenos días. Mientras le susurraba un "te quiero". Pero cuando Hannah intentó cambiar ligeramente de posición, hizo una pequeña mueca. Alex la observó inmediatamente. -¿Qué pasa? Ella negó con la cabeza. -Nada. -Hannah. -De verdad. No es nada grave. Alex no apartó la mirada. -¿Te duele algo? Ella soltó aire lentamente. -Un poco. La preocupación apareció de inmediato en los ojos verdes de Alex. -¿Dónde? Hannah lo miró durante un segundo y luego dejó escapar una risa avergonzada. -Tengo agujetas. Alex parpadeó. -¿Agujetas? -Sí. Ya sabes... -¿Estás segura de que estás bien? -Alex... -Solo pregunto. -Estoy bien. Solo que no estaba acostumbrada a tanta actividad. Él siguió mirándola unos segundos, comprobando que realmente estuviera tranquila. Hannah le acarició la mandíbula. -Estoy bien. Solo necesito moverme con un poco más de cuidado esta mañana. La tensión desapareció del rostro de Alex. -Vale. -Gracias, doctor Mallory. -De nada, paciente Jones. -No soy tu paciente. Soy tu chica -Entonces deja de quejarte. Hannah le dio un pequeño empujón en el hombro. -No me estoy quejando. -Claro que no. -Solo estoy informando de una incidencia. Alex sonrió. -Muy profesional. -He tenido más sexo contigo esta noche, que en los últimos dos años. -¿Te molesta mucho? -preguntó Alex, acariciándole la mejilla con preocupación. -Un poco al moverme -admitió Hannah-. Como si hubiera corrido una maratón sin entrenar. -Lo siento, cielo. Anoche no pensé... -No te disculpes -le cortó ella con una sonrisa tierna, besándole la nariz-. Me encantó. Solo necesito un poco de tiempo y un baño caliente. -Te preparo lo que necesites. Hoy vamos con calma, lo prometo. -No tienes que tratarme como si fuera de cristal -bromeó ella-. Solo estoy un poco dolorida, nada más. Hannah volvió a acomodarse contra él. Durante unos segundos permanecieron en silencio. La ciudad seguía avanzando al otro lado de los cristales. El ruido de los coches, las sirenas lejanas, el murmullo constante de Manhattan. Pero allí dentro parecía existir otro ritmo. Uno mucho más lento. Hannah levantó ligeramente la cabeza. -¿Sabes qué es lo raro? -¿Qué? -Que esto me parece normal. Alex sonrió. -¿Despertarte conmigo? -Sí. Ella apoyó de nuevo la mejilla sobre su pecho. -Después de todo lo que hemos pasado... debería parecerme extraño. -¿Y no lo es? -No. Alex la rodeó un poco más con los brazos. -A mí tampoco. Hannah cerró los ojos otra vez. -Quizá porque llevamos demasiado tiempo esperando ésto. Alex besó suavemente su cabello. -Quizá. Lo que había ocurrido entre ellos no había creado aquella mañana. Simplemente había añadido otra pieza a algo que llevaba mucho tiempo construyéndose. Hannah levantó la mirada. -Buenos días, mi vida. Él sonrió. -Buenos días, cielo. Ella le dio otro beso y ese segundo beso se volvió más apasionado. Se buscaron con más ganas, se dieron un beso largo y profundo, con la respiración acelerada. Sus manos se acariciaron con ternura bajo las sábanas, por la espalda, por los hombros, y ambos suspiraron contra la boca del otro, sin ir más allá, solo disfrutando del beso. Y durante unos minutos ninguno tuvo ninguna intención de levantarse. Hasta que la alarma del móvil de Alex, abandonado sobre la mesilla, marcó las diez en punto. Hannah giró lentamente la cabeza hacia él. -¿Qué hora es? Alex miró la pantalla. Su expresión cambió. -Las diez. Hannah abrió mucho los ojos. -¿Las diez? -Sí. -Alex... -Sí. -Daniel y Claire. Nos estarán esperando. Los dos se miraron. Y, de repente, la tranquilidad de la mañana desapareció. -Mierda -murmuró Hannah. Alex soltó una carcajada. -Buenos días, princesa de Hielo. -Mierda -repitió Hannah. Alex soltó una carcajada. -¿Qué? -¡Que hemos quedado a las nueve! -Eso ya lo habíamos establecido. -¡Y son las diez! -También lo habíamos establecido. Hannah lo miró con los ojos entrecerrados. -No me ayudas. -Estoy intentando mantener la calma. -Te estás riendo. -Porque tu cara es increíble. Hannah agarró una almohada y se la estampó contra el pecho. -Cállate. Alex la atrapó antes de que pudiera volver a golpearlo. -Vale, vale. Ella intentó recuperar la almohada, pero al moverse volvió a hacer una pequeña mueca. Alex dejó inmediatamente de bromear. -Eh. -Estoy bien. -Lo sé. Pero despacio. Hannah se quedó quieta un instante. La expresión de Alex había cambiado otra vez. No había rastro de burla en ella. -De verdad que estoy bien -dijo ella con suavidad-. Solo tengo agujetas. -Entonces no tienes que correr por la habitación como si nos persiguiera medio departamento de policía. -Eso será difícil teniendo en cuenta que nos hemos quedado dormidos. -Podemos sobrevivir a un desayuno tardío. Hannah levantó una ceja. -¿Tú crees? -Si no, siempre podemos decir que tuvimos problemas técnicos. Ella soltó una carcajada. -¿Problemas técnicos? -Somos inversores privados de Washington. Podemos permitirnos problemas técnicos. -Joshua MacCarty, eres un idiota. -Y tú estás casada con él. Hannah sonrió. -Por desgracia. Alex se inclinó hacia ella. -¿Por desgracia? -Temporalmente. -Ah. -No te pongas dramático. -Estoy herido. -Sobrevivirás. Hannah volvió a acomodarse un momento contra él. El humor había conseguido borrar la tensión de los primeros minutos, pero todavía quedaba aquella sensación cálida y nueva entre los dos. No había incomodidad ni arrepentimiento. Solo la conciencia de que habían cruzado una frontera y de que, al despertar, seguían sintiéndose exactamente donde querían estar. Hannah miró hacia la mesilla. Entonces reparó en los envoltorios de los condones vacíos. Se quedó callada. Alex siguió su mirada. -Ah. -Alex... -¿Sí? -¿Son todos de anoche? Él contó mentalmente. Había seis. -Creo que sí. Hannah se llevó una mano a la cara. -No puedo creerlo. -Yo sí. -No, espera. ¿Tú llevabas la cuenta? -No exactamente. -Menos mal. Alex sonrió. -Digamos que después de cierto momento dejamos de preocuparnos por contar. Hannah lo miró durante un segundo. Después empezó a reírse. -Esto es ridículo. -Un poco. -Y mañana tenemos que volver a trabajar como si fuéramos personas normales. -Somos personas normales. -Claro. Hemos tenido mucho sexo esta noche. Es de ser personas muy normales. -Bastante normales. -Alex. -Vale. Quizá no demasiado. Hannah negó con la cabeza, todavía riéndose. -Ahora entiendo las agujetas. Alex soltó otra carcajada. -No voy a decir nada. -Más te vale. Ella se inclinó hacia él y apoyó la frente contra la suya. -Pero una cosa sí te digo. -¿Qué? -Ha sido una noche maravillosa. Y la repetiría mil veces. La sonrisa de Alex se suavizó. -Sí. Durante unos segundos se quedaron mirándose. Esta vez sin bromas. Sin necesidad de cubrirse. -Y no cambiaría nada -añadió Hannah. Alex le acarició suavemente el cabello. -Yo tampoco. -Aunque -dijo Hannah, mirando de reojo la mesilla-, creo que batimos nuestro propio récord. Ni a los veintiuno éramos tan... activos. Alex se rió. -Nueve años de espera dan para mucho, ¿no crees? -Nueve años y seis... ya sabes. Con razón me duele hasta respirar. -¿Te arrepientes? -Ni un poco -dijo ella, besándole la mejilla-. Pero creo que esta mañana voy a necesitar café intravenoso. -Y un baño caliente. Eso lo arreglo yo. Hannah respiró hondo y miró otra vez el reloj. -Ahora sí tenemos que levantarnos. Alex hizo una mueca. -Qué poco romántica eres. -Son las diez y cinco. -Eso cambia las cosas. -Muchísimo. Hannah apartó las sábanas y se incorporó con cuidado. Alex se levantó detrás de ella. -Despacio -le recordó. Ella giró la cabeza. -¿Vas a estar así toda la mañana? -Probablemente. -Entonces voy a empezar a llamarte enfermero Mallory. -Acepto el puesto. -No te emociones. Alex sonrió. Y mientras ambos comenzaban a recoger sus cosas para prepararse, quedó claro que aquella mañana no iba a ser simplemente el día después de una noche especial. Y entonces, con la naturalidad de quien ya no necesita esconderse, ambos empezaron a caminar desnudos por la habitación, recogiendo ropa, buscando el móvil, riéndose, sin prisa ni vergüenza. Era la primera mañana en nueve años en la que podían hacerlo, y se sentía sorprendentemente normal, como estar en casa. Hannah iba hacia el baño con cuidado por las agujetas cuando Alex la alcanzó por detrás, la agarró por la cintura y, entre sus risas y protestas, la levantó como un saco de patatas sobre su hombro. -¡Alex! ¡Bájame! ¡Que me vas a dejar caer! -De eso nada, inspectora. Has dicho que te duelen las piernas, así que servicio de transporte privado a la ducha. Hannah se reía a carcajadas, colgada de su hombro, dándole palmadas en la espalda. -¡Eres imposible! -Y tú te ríes demasiado para alguien con agujetas. Y así, con ella todavía riendo sobre su hombro, la llevó hasta el baño para ducharse juntos, mientras la mañana de Nueva York seguía brillando al otro lado de los cristales. Era el primer día en que tendrían que descubrir cómo funcionaban juntos cuando el mundo volvía a ponerse en marcha. Hannah volvió a mirar la pantalla del teléfono como si, por alguna razón, los números fueran a cambiar. 10:05. No cambiaron. -Estamos oficialmente llegando una hora y cinco minutos tarde -dijo. Alex, que estaba buscando su reloj entre las cosas que habían dejado desperdigadas por la habitación, levantó la cabeza. -Técnicamente, estamos llegando una hora y cinco minutos tarde si salimos ahora. -Alex. -¿Sí? -No hagas matemáticas. -Era una observación. Hannah negó con la cabeza mientras recogía su ropa. -Daniel y Claire deben de pensar que somos unos impresentables. -O que somos recién casados. Y hemos pasado la noche haciendo el amor. Cosa que hemos hecho. Ella se quedó quieta. Después lo miró. -Eso último es precisamente lo que se supone que deben pensar. -Entonces nuestra cobertura está funcionando. Hannah intentó mantener una expresión seria, pero terminó sonriendo. -No puedo creer que estés utilizando nuestra mala organización como parte de la operación. -La improvisación también es una herramienta policial. -Eso no te lo enseñaron en la Academia. -Todavía no he entrado. -Exacto. Alex se acercó y le dio un beso rápido en la frente. -Vamos. Hannah asintió. La urgencia de salir consiguió que ambos se movieran con una coordinación sorprendentemente eficiente. Mientras Hannah recogía sus cosas, Alex comprobó el teléfono y revisó los mensajes recibidos durante la noche. Había uno de Michael, enviado unas horas antes, recordándoles que la comunicación con North Harbour continuaba activa. Alex lo leyó rápidamente. Nada urgente. Nada que cambiara el plan. Guardó el teléfono. -Michael dice que todo tranquilo. Hannah se giró hacia él. -¿Y Joe? -También está trabajando. -Bien. La respuesta fue automática. Aunque estuvieran en Nueva York, North Harbour seguía formando parte de sus vidas. Alex pensó fugazmente en la casa, en Connor probablemente preparando el desayuno y en las historias que tendría que contarle a Tobías cuando regresaran. Sonrió sin darse cuenta. Hannah lo observó. -¿Qué? -Nada. -Te conozco. Alex se acercó mientras terminaba de ponerse la camisa. -Estaba pensando en Connor. -¿En qué exactamente? -En que probablemente Tobías le haya preguntado ya cuándo vuelve el Capitán. Hannah sonrió. -Y Connor le habrá dicho que el lunes. -Exactamente. -Entonces no podemos retrasarnos demasiado. -¿Por qué? -Porque tenemos un niño esperando que su capitán vuelva a casa. Alex la miró con ternura. -Sí. Durante un instante, ninguno habló. Después Hannah señaló el reloj. -Y una pareja esperando que dos recién casados aparezcan en el desayuno. -Eso también. Alex terminó de arreglarse y se volvió hacia ella. -¿Lista? Hannah tomó su bolso. -Ahora sí. Llegaron a la puerta. Alex puso la mano sobre el pomo. Antes de abrir, ambos intercambiaron una mirada. El cambio era pequeño, pero significativo. Hasta ese momento estaban dentro de su espacio privado.Alex y Hannah. Pero en cuanto cruzaran aquella puerta, volverían a ser Joshua y Kimberly MacCarty. Hannah le ofreció la mano. -¿Preparado, señor MacCarty? Alex entrelazó sus dedos con los de ella. -Siempre, señora MacCarty. Abrieron. El pasillo del hotel los recibió con el murmullo distante de huéspedes y empleados. Y, casi de inmediato, ambos cambiaron de registro. No dejaron de sonreírse. No dejaron de caminar juntos. Pero sus ojos comenzaron a trabajar. Alex observó discretamente el movimiento del pasillo. Hannah hizo lo mismo. Una pareja cualquiera podría estar simplemente buscando el ascensor. Ellos estaban empezando a conocer el hotel. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, entraron juntos. Hannah pulsó el botón del vestíbulo. Alex miró el reflejo de ambos en las puertas metálicas. Joshua y Kimberly. Una pareja joven, bien vestidos. Cómplices. Perfectamente creíbles. Y, detrás de aquella apariencia, dos investigadores que acababan de pasar su primera noche juntos en Nueva York. Hannah apoyó suavemente la cabeza contra su hombro. -¿Sabes qué? -¿Qué? -Creo que podríamos acostumbrarnos a esto. Alex la miró. -¿A llegar tarde? Ella soltó una carcajada. -A estar juntos. Las puertas comenzaron a cerrarse. Alex sonrió. -Eso espero. El ascensor descendió hacia el vestíbulo. Y con él comenzó oficialmente la primera mañana de su nueva vida juntos en Nueva York. Al llegar al ascensor, Alex pulsó el botón. Hannah se colocó a su lado. -¿Te acuerdas de las reglas? -preguntó ella en voz baja. -No hablar del caso delante de terceros. -Exacto. -Nada de nombres reales. -Correcto. -Y si vemos algo extraño... Alex la miró. -No significa automáticamente que sea importante. Hannah asintió. Las puertas se abrieron. Entraron. El ascensor comenzó a descender. Por primera vez desde que habían llegado a Nueva York, los dos sintieron con claridad que el juego había cambiado. La noche anterior había pertenecido principalmente a ellos. Ahora comenzaba el trabajo. Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, el ruido del hotel los envolvió. Conversaciones, el ruido de las ruedas de las maletas, música suave y el movimiento constante de empleados y huéspedes. Hannah apretó ligeramente la mano de Alex. Un gesto pequeño. Él respondió con una presión suave de los dedos y juntos caminaron hacia el comedor. Joshua y Kimberly estaban oficialmente de vuelta. Y el Hotel Casino Principal acababa de convertirse en su escenario de trabajo. Cuando Joshua y Kimberly entraron en el comedor, el bullicio del desayuno ya estaba en pleno apogeo. El restaurante ocupaba una de las plantas inferiores del hotel y tenía grandes ventanales desde los que se podía contemplar una parte de Manhattan. Las mesas estaban ocupadas por parejas, familias y grupos de huéspedes que hablaban mientras esperaban sus pedidos. Hannah localizó a Daniel y Claire casi inmediatamente. Claire levantó una mano para llamar su atención. -¡Aquí! Alex y Hannah se acercaron. -Lo sentimos muchísimo -dijo Hannah antes incluso de sentarse-. De verdad. Daniel sonrió. -Empezábamos a pensar que la luna de miel iba demasiado bien. Y no ibais a venir. Alex tomó asiento con absoluta naturalidad. -Nos quedamos dormidos. Claire intercambió una mirada divertida con Daniel. -Eso explica muchas cosas. Hannah se llevó una mano a la frente. -No quiero saber qué estás pensando. -Nada malo. Lo lógico -dijo guiñándole un ojo. -Tu cara dice otra cosa. Claire se rio. -Tranquila. Es vuestro primer fin de semana aquí. Tenéis derecho a dormir hasta tarde. Alex miró a Hannah. -¿Ves? Tenemos permiso oficial. -No abuses. Daniel levantó su taza. -Además, nosotros tampoco somos precisamente madrugadores cuando estamos de vacaciones. La tensión desapareció enseguida. Aquello era exactamente lo que necesitaban: una conversación normal, sin sospechas, sin preguntas incómodas. Durante los siguientes minutos hablaron sobre el hotel. Daniel comentó que la zona del restaurante tenía una de las mejores vistas del edificio y que por la tarde merecía la pena subir a la terraza. Claire añadió algunos lugares que habían visitado durante su estancia. -Si queréis conocer Nueva York de verdad, no os quedéis solamente con los sitios turísticos. -¿Qué propones? -preguntó Hannah. Claire sonrió. -Podríamos enseñaros un par de lugares después. Alex miró a Hannah. Ella parecía encantada con la idea. -Nos encantaría. -Entonces está decidido -dijo Daniel-. Primero terminamos de desayunar y luego os hacemos de guías turísticos. -Trato hecho. Un camarero se acercó a tomarles nota. Mientras hablaban, Alex dejó que su mirada recorriera discretamente el comedor. No buscaba nada concreto. Observar las otras mesas, a los empleados, los accesos, las entradas y salidas. Nada más. Hannah hizo algo parecido. Pero su atención se concentró en las personas. Había huéspedes que parecían recibir un trato especialmente cercano por parte del personal. Otros esperaban exactamente igual que cualquier cliente. Un camarero se acercó a una mesa situada en un extremo del comedor y habló brevemente con un hombre mayor antes de marcharse. Hannah lo registró mentalmente. No era mada extraño. Podía ser simplemente un huésped habitual. No había motivo para pensar otra cosa. Alex la miró durante un instante. Ella hizo un pequeño movimiento de cabeza. Nada. La conversación con Daniel y Claire continuó. -¿Es vuestra primera vez en Nueva York? -preguntó Daniel. Hannah tuvo que hacer una pausa antes de responder. La pregunta era inocente.Pero contenía una pequeña dificultad. -La primera juntos -contestó finalmente. Alex la miró de reojo. Era una respuesta perfecta. Cierta sin revelar nada. Daniel sonrió. -Entonces tenéis mucho que descubrir. -Eso esperamos. Hannah sostuvo la mirada de Alex durante un segundo. Mucho que descubrir. La frase tenía un significado diferente para ellos. Nueva York era una ciudad que Hannah conocía demasiado bien. Había vivido allí durante años. Pero nunca la había vivido de aquella manera. No con Alex. No con su chico. No compartiendo cada pequeño descubrimiento. No construyendo recuerdos nuevos sobre una ciudad llena de recuerdos antiguos. Daniel volvió a intervenir. -¿Cuánto tiempo os quedáis? -Todo el fin de semana -respondió Alex. -Perfecto. Claire apoyó los codos sobre la mesa. -Entonces podemos enseñaros algunos sitios que no aparecen en las guías. Hannah sonrió. -Me apunto. Alex levantó una ceja. -¿Ya estás aceptando planes sin consultarme? -Somos recién casados. Tengo que empezar a acostumbrarme a tomar decisiones importantes. -Eso me preocupa. Daniel soltó una carcajada. -Vosotros dos sois exactamente como esperaba que fuera una pareja de luna de miel. Hannah miró a Alex. -¿Ves? -Estoy interpretando muy bien mi papel. -Demasiado bien. Ambos sonrieron. Y aquella frase, aparentemente inocente, resumía perfectamente la extraña situación en la que se encontraban. La cobertura funcionaba porque no tenían que inventar la complicidad. Solo tenían que disfrazarla con otros nombres. Cuando terminaron de desayunar, Claire miró el reloj. -¿Nos vamos? Daniel asintió. -Podemos empezar por la terraza y después salir. Alex se levantó. -Perfecto. Hannah también. Antes de abandonar la mesa, miró una última vez alrededor. El comedor seguía pareciendo exactamente lo que debía ser: un restaurante elegante dentro de un hotel de lujo. Nada más. Todavía. Alex se acercó ligeramente a ella. -¿Has notado algo? Hannah negó con la cabeza. -Todavía no. No era una decepción. Era simplemente un hecho. Todavía no habían encontrado nada. Y eso estaba bien. Porque habían aprendido hacía mucho tiempo que una investigación no consistía en encontrar respuestas rápidamente. Consistía en saber esperar hasta que los hechos permitieran formular las preguntas correctas. Los cuatro abandonaron el comedor juntos. Daniel y Claire iban delante, hablando sobre uno de los lugares que querían enseñarles. Alex y Hannah caminaron detrás. Y mientras avanzaban por el hotel, la mañana dejó de ser únicamente una mañana después de su primera noche juntos. Acababa de comenzar oficialmente el reconocimiento del Hotel Casino Principal. El cambio no fue inmediato. No hubo un momento exacto en el que Alex y Hannah dejaran de ser una pareja que acababa de desayunar con dos nuevos amigos y se convirtieran en investigadores. Fue algo más sutil. Primero terminó el café. Después desaparecieron las bromas sobre el retraso. Y, mientras Daniel y Claire seguían hablando de los lugares que podían visitar aquella tarde, Alex empezó a observar el comedor con una atención diferente. Su pulso se aceleró apenas un segundo. Esa punzada familiar en el estómago que solo aparecía cuando algo no encajaba. La miró de reojo y Hannah lo supo al instante: él también lo había sentido. No parecía estar buscando nada. Ese era precisamente el objetivo. Un huésped curioso podía mirar alrededor. Un policía buscando una respuesta podía mirar demasiado. Alex no quería hacer ninguna de las dos cosas. Solo quería ver. -¿Todo bien? -preguntó Hannah en voz baja. Alex giró ligeramente la cabeza hacia ella. -Perfectamente. Ella siguió su mirada durante un instante. Había aprendido a reconocer aquella expresión hacía mucho tiempo. No era preocupación. Tampoco alarma. Era concentración. -Ya estás trabajando. -Todavía no. Hannah arqueó una ceja. -Claro. Alex sonrió, pero su sonrisa no llegó a los ojos. Estaba contando salidas, midiendo tiempos. -Estoy desayunando. -Con cara de estar redactando un informe mental. -Es una habilidad muy útil. -Es una enfermedad. Alex contuvo una carcajada. Frente a ellos, Claire hablaba con entusiasmo de Central Park. Daniel había sacado el teléfono para enseñarles algunas fotografías de lugares que, según él, merecían la pena visitar. -Si vais a quedaros todo el fin de semana -decía-, tenéis que ir al menos una vez. -Lo tendremos en cuenta -respondió Hannah. Y lo decía sinceramente. Aquello también formaba parte de la operación. Parecer una pareja recién casada de viaje.,No podían pasar cada minuto mirando cámaras y puertas.,Tenían que vivir el personaje. Pero mientras Daniel ampliaba una fotografía, Hannah reparó en algo al otro lado del comedor. Dos empleados acababan de entrar por una puerta lateral. Uno llevaba una bandeja. El otro no. El segundo hombre se detuvo unos segundos junto a la entrada, habló con una camarera y continuó hacia el pasillo. Hannah sintió un escalofrío. El hombre no miró la bandeja, ni a los clientes. Miró directamente a la cámara de la esquina, un segundo demasiado largo, como comprobando su ángulo muerto. Y luego desapareció. Hannah lo registró mentalmente. Cuando volvió la mirada hacia Daniel, Alex ya la estaba observando. No necesitó preguntarle qué había visto. Ella señaló con la cabeza, apenas un gesto. -Lo he visto -susurró Alex, sin mover los labios-. No era personal de sala. -No -confirmó ella-. Y conoce las cámaras. Unos minutos después se despidieron de Daniel y Claire. -Entonces, ¿a las cuatro? -preguntó Claire. -Si no os parece mal -respondió Hannah. -Perfecto. Daniel sonrió. -Os enseñaremos Nueva York como debe ser. Alex estrechó su mano. -Trato hecho. Cuando se separaron, Alex y Hannah caminaron hacia el vestíbulo. Durante varios metros no hablaron. El lujo del hotel volvía a envolverlos: la música suave, el mármol pulido, grandes lámparas, el personal moviéndose con precisión. Clientes entrando y saliendo del casino. Todo parecía diseñado para que nada pareciera fuera de lugar. -Bien -murmuró Hannah finalmente. Alex la miró. -Bien. -Ahora sí. Se detuvieron frente a uno de los paneles informativos del hotel. Hannah fingió leer la programación de los restaurantes. Alex se colocó a su lado y miró de reojo hacia el casino. -Tres cámaras visibles desde aquí -dijo en voz muy baja. Hannah siguió mirando el panel. -Cuatro. Alex volvió los ojos hacia ella. -La de la columna. -Está ligeramente orientada hacia la entrada lateral. Alex sonrió. -Te concedo cuatro. -Gracias. -No te acostumbres. Hannah sonrió. Aquella era la clase de comunicación que habían perfeccionado durante años. No necesitaban detenerse ni intercambiar largas explicaciones. Continuaron caminando. Alex observó las puertas de acceso al casino. Había dos entradas principales para los huéspedes y una tercera más discreta, utilizada por personal autorizado con lector de tarjeta, controly cámara. Después reparó en el cambio de dos empleados de seguridad. Uno abandonaba su posición. Otro ocupaba su lugar. El relevo parecía rutinario. Lo registró. Porque un patrón solo podía existir después de observarlo más de una vez. -Cambio de turno -murmuró. -Hora -respondió Hannah. Alex consultó discretamente su reloj. -Once diecisiete. Hannah asintió. No añadió nada más. Desde el extremo del vestíbulo, Hannah observó a los clientes. Había diferencias. Algunos entraban directamente en las zonas comunes. Otros eran recibidos por empleados concretos. Un hombre de mediana edad apareció acompañado por un miembro del personal y fue conducido hacia una zona situada junto al restaurante privado. Hannah lo siguió con la mirada. -Cliente acompañado -dijo. Alex no miró inmediatamente. Esperó dos segundos. Después giró la cabeza. -¿Empleado? -Recepción. -¿Acceso? -Puerta lateral del restaurante. Alex asintió. -Registrado. -Alex -susurró Hannah, agarrándole disimuladamente la manga-. Es la misma puerta por la que ha desaparecido el hombre del comedor. No es coincidencia. Alex sintió cómo se le erizaba la nuca. Se miraron un segundo, y en ese segundo lo entendieron todo: acababan de encontrar su primer hilo de verdad. Siguieron caminando. El trabajo policial consistía en distinguir una anomalía real de cien cosas perfectamente normales. Habían aprendido aquello con Bradford. Y no pensaban olvidarlo ahora. El teléfono de Alex vibró en el bolsillo. Una sola vez. Lo sacó sin detenerse. Un mensaje de Michael. «¿Podéis hablar?» Alex levantó ligeramente la mirada hacia Hannah. Ella asintió. Se dirigieron hacia una zona más tranquila del vestíbulo. -Michael -respondió Alex. La voz llegó inmediatamente. -¿Cómo va? -Reconocimiento inicial en marcha. -¿Habéis descubierto algo? Alex miró a Hannah. -Varias observaciones. Nada concluyente. Pero tenemos algo visual. Puerta lateral del restaurante. Movimiento no registrado. -Bien. Porque tengo algo desde aquí. El tono de Michael había cambiado. Hannah se acercó un poco más. -¿Qué tienes? -Joe ha encontrado una discrepancia financiera. Alex frunció el ceño. -¿Del hotel? -Del grupo empresarial que figura detrás de la actividad del casino. Hannah intercambió una mirada con él. -¿Qué clase de discrepancia? -Movimientos económicos que no encajan limpiamente con la actividad oficial declarada. Alex permaneció en silencio. Michael continuó: -Todavía no sabemos de dónde procede el dinero ni a dónde termina. Joe está cruzando sociedades, cuentas y registros. -Entonces no tenemos una conexión -dijo Hannah. -No. -Solo una anomalía. -Exactamente. Alex asintió. -Hecho. -Sí. -Indicio. -Potencial. -Hipótesis. Michael soltó una pequeña risa. -Y comprobación pendiente. -Perfecto. La comunicación terminó. Hannah guardó silencio unos segundos. Después miró hacia el casino. -Encaja demasiado bien. La puerta, el hombre, el dinero... Alex, es aquí. Alex negó con la cabeza. -Precisamente por eso hay que tener cuidado. Ella lo miró. -Lo sé. Pero lo sentimos los dos, ¿verdad? Esto es real. -No hemos venido a demostrar que Bradford tenía razón. -Hemos venido a comprobarlo. Alex sonrió ligeramente. -Exacto. Hannah respiró hondo. Nueva York acababa de poner la primera pieza sobre la mesa. Y todavía no sabían siquiera si pertenecía al mismo puzzle. Pero por primera vez en la operación, la piel se les había puesto de gallina. No era intuición. Era instinto policial. Y ambos, como los investigadores brillantes que eran, supieron que acababan de mirar justo donde debían. Siguieron avanzando por el vestíbulo. Ahora ambos miraban el hotel de otra manera, como un sistema. Y, en algún punto dentro de aquella maquinaria perfectamente organizada, podía existir algo que no encajara. Solo tenían que encontrarlo. Hannah rozó discretamente la mano de Alex. Él entrelazó sus dedos con los de ella. Desde fuera, eran Joshua y Kimberly. Una pareja joven recorriendo tranquilamente el hotel después del desayuno. Por dentro, seguían siendo los mismos dos investigadores que habían aprendido desde niños a competir, observar y confiar el uno en el otro. Y mientras caminaban juntos hacia el siguiente sector del casino, Nueva York comenzaba a revelarles su primera pregunta. Todavía no tenían la respuesta. Pero ya tenían algo mucho más importante. Un motivo para seguir buscando. Mientras Alex y Hannah continuaban recorriendo el Hotel Casino Principal, la investigación avanzaba también a varios kilómetros de distancia. En North Harbour, Joe permanecía frente a varias pantallas encendidas. Sobre una de ellas aparecían registros mercantiles. En otra, movimientos financieros. En una tercera, información recopilada durante las últimas semanas sobre sociedades vinculadas indirectamente al Caso Bradford. Michael trabajaba desde el puesto contiguo, revisando las comunicaciones y manteniendo abierto el canal con Nueva York. -¿Has encontrado algo? -preguntó Michael sin apartar la mirada de su pantalla. Joe no respondió inmediatamente. Había encontrado una cifra que no terminaba de convencerle. Retrocedió varias líneas. Volvió a consultar el registro. Después abrió otro documento y comparó las cantidades. -Tengo algo raro. Michael se giró. -¿Raro de verdad o raro de Joe? -De momento, raro de Joe. Michael sonrió. Amplió la información. Se trataba de varios movimientos económicos relacionados con sociedades que aparecían vinculadas a la actividad empresarial declarada del Hotel Casino Principal. Sobre el papel, nada parecía ilegal. Los ingresos generales del establecimiento podían justificar grandes cantidades de dinero entrando y saliendo. Pero había una serie de transferencias que no encajaban limpiamente con esa actividad. No era una cantidad aislada. Ese era precisamente el problema. -Mira ésto -dijo Joe. Michael se acercó. -¿Qué estoy mirando? -Movimientos entre varias sociedades durante los últimos meses. Algunas aparecen relacionadas con servicios, otras con inversiones y otras con operaciones inmobiliarias. -¿Y? -Que determinadas cantidades no parecen corresponderse con lo que declaran hacer. Michael observó los datos durante unos segundos. -¿Cuánto? Joe señaló la pantalla. -Lo suficiente para que quiera saber de dónde sale y adónde va. Michael frunció el ceño. -¿Tiene conexión con los Marconi? Joe negó inmediatamente. -No parece. La respuesta fue tajante. -¿Ni siquiera indirecta? -No tengo ese dato. Joe se recostó en la silla. -Tengo un movimiento financiero que no encaja perfectamente con la actividad oficial. Nada más. Michael asintió. -Entonces nada de sacar conclusiones. Joe sonrió ligeramente. -¿Quién eres y qué has hecho con Michael? -Estoy intentando que no nos echen de la investigación por convertir cada anomalía en una conspiración. -Buena estrategia. Joe volvió a la pantalla. -Voy a seguir el origen de las transferencias. Si consigo identificar las cuentas de procedencia, quizá sepamos si se trata de operaciones internas, proveedores o algo completamente distinto. Michael abrió el canal de comunicaciones. -Mientras tanto, se lo paso a Nueva York como dato preliminar. Joe levantó un dedo. -Con la clasificación completa. Michael sabía exactamente a qué se refería. Escribió: HECHO: existen movimientos económicos que no encajan claramente con la actividad oficial declarada. INDICIO: podrían corresponder a operaciones que no aparecen en la actividad contable habitual. HIPÓTESIS: podrían guardar relación con la estructura investigada. PENDIENTE: comprobar origen, destino y significado. -Enviado -dijo Michael. En Nueva York, el teléfono de Alex vibró discretamente en el bolsillo interior de su chaqueta. Él y Hannah estaban sentados en una zona del vestíbulo desde la que podían observar buena parte del movimiento del casino sin llamar demasiado la atención. Alex leyó el mensaje. Después se lo mostró a Hannah. Ella lo estudió con detenimiento. -¿Una anomalía financiera? -Eso dice Joe. Hannah levantó la mirada. -¿Relacionada con Bradford? -No confirmada. -Entonces no está relacionada con Bradford. Alex sonrió. -Me gusta cómo piensas. -Me has enseñado tú. -No. Tú ya eras así. Hannah le dio un pequeño golpe con el hombro. -Joshua. Alex entendió inmediatamente la advertencia. Había clientes alrededor. Bajó el teléfono y adoptó de nuevo la expresión despreocupada de un turista adinerado. Hannah hizo lo mismo. -Kimberly. Durante unos segundos observaron el vestíbulo como una pareja más. Pero ahora ambos tenían una pregunta nueva. No una respuesta. Una pregunta. Y eso era mucho más útil. -Tenemos que comprobar si aquí ocurre algo que pueda explicar esos movimientos -murmuró Hannah. -Sin buscarlo a la fuerza. -Exacto. Pero Alex... es la misma sensación que en el comedor. No es coincidencia. Alex miró hacia la zona de recepción. Después hacia los ascensores. Más allá, dos empleados cruzaban el vestíbulo y desaparecían tras una puerta de acceso restringido. Alex sintió un escalofrío. Era la misma puerta lateral del restaurante. El mismo recorrido que el hombre de antes. Alex memorizó el recorrido. No dijo nada. Hannah tampoco. Simplemente siguió observando. Una cámara giró lentamente sobre ellos. Alex la localizó. Después identificó otra situada junto a los ascensores. Y otra sobre la entrada lateral. -Cobertura bastante completa -murmuró. -Pero no total -respondió Hannah. Alex la miró. -¿Has encontrado un punto ciego? -Todavía no. Sonrió. -Solo he dicho que no es total. Él soltó una pequeña risa. -Princesa de Hielo. -¿Qué? -Nada. Ella lo miró de reojo. -Estás trabajando, Joshua. -Completamente. Los dos volvieron a guardar silencio. La anomalía financiera seguía sin explicar nada. El hotel seguía pareciendo exactamente lo que pretendía ser. Pero ahora el aire parecía más denso. Cada empleado que pasaba, cada puerta que se abría, les ponía los nervios de punta. Estaban dentro de algo, lo sentían en la piel. Pero ahora tenían un dato que obligaba a mirar con un poco más de atención. No sabían qué significaba. Todavía. Alex guardó el teléfono. -Seguimos. Hannah asintió. Se levantaron juntos. Como Joshua y Kimberly, volvieron a mezclarse entre los huéspedes. Pero debajo de las identidades de cobertura, ambos sabían que acababan de dar un pequeño paso más. El hotel acababa de proporcionarles su primer indicio financiero. Y ahora tocaba averiguar si era simplemente una cifra extraña... o el principio de algo mucho más grande. Alex y Hannah abandonaron la zona del vestíbulo sin apresurarse. Para cualquiera que los observara, Joshua y Kimberly MacCarty simplemente estaban dando un paseo por el hotel después del desayuno. Él llevaba una mano en el bolsillo del pantalón y la otra descansaba de forma natural en la espalda de Hannah. Ella caminaba a su lado, comentando en voz baja algún detalle de la decoración. Parecían relajados y lo estaban. Pero cada uno estaba haciendo su propio inventario mental del lugar. Alex levantó discretamente la vista hacia el techo. -Tres cámaras desde aquí hasta los ascensores -murmuró. Hannah no miró hacia arriba. -Cuatro. Alex giró apenas los ojos hacia ella. -¿La de la esquina? -Reflejada en el cristal. Él sonrió. -Bien visto. -No te acostumbres. Continuaron caminando. Aquella era una de las cosas que más había echado de menos durante los años en que estuvieron separados: trabajar con ella. No porque Hannah necesitara que él la guiara. Todo lo contrario. Era precisamente porque no necesitaba hacerlo. Alex podía fijarse en una puerta mientras Hannah observaba a la persona que acababa de atravesarla. Él podía memorizar una ruta y ella detectar una reacción. Después comparaban ambos datos y, muchas veces, descubrían que habían visto dos partes diferentes de la misma escena. No necesitaban terminar las frases del otro.Pero tampoco confundían esa sincronía con tener razón. Una anomalía seguía siendo una anomalía. -A la derecha -dijo Hannah. Alex siguió su mirada. Un hombre vestido con uniforme del hotel acababa de detenerse frente a una puerta lateral. No parecía un empleado de seguridad. Llevaba una pequeña bandeja en una mano y una tarjeta de acceso en la otra. Pasó la tarjeta. La puerta se abrió. Entró. Y desapareció. Pero justo antes de que la puerta se cerrara, Alex vio algo que le heló la sangre: el hombre miró directamente hacia ellos, un segundo, y desvió la vista demasiado rápido. Los había visto. Alex memorizó la ubicación. -Acceso restringido. -Sí. -¿Algo más? Hannah negó. -No. -Entonces solo es una puerta restringida. -Exactamente. Alex la miró divertido. -Cada vez eres más aburrida. -Y por eso sigo siendo mejor investigadora que tú. -Eso todavía está por demostrar. Ella sonrió. -Tenemos todo el fin de semana. Siguieron avanzando. Unos metros más adelante encontraron otra zona de acceso controlado. Allí había dos empleados conversando mientras una pareja de huéspedes esperaba junto a ellos. Hannah redujo ligeramente el paso. Uno de los empleados sonrió a los huéspedes y les indicó una dirección. El otro abrió una puerta. La pareja desapareció por ella. Hannah esperó unos segundos antes de continuar. -¿Lo has visto? Demasiado fluido. Demasiado ensayado. -Sí -Alex pensó un instante-. El trato. -Yo también. -Pero no sabemos por qué. Hannah asintió. -Podrían ser clientes habituales. Miembros de un programa privado. Invitados de algún evento. -O simplemente personas importantes para el hotel. -Eso sigue siendo una posibilidad. Alex miró de nuevo hacia la puerta. -Entonces lo apuntamos. Hannah sacó discretamente el teléfono y escribió una nota. Clientes reciben acceso acompañado a zona restringida. Motivo desconocido. Cuando guardó el teléfono, Hannah observó a Alex. -¿Sabes qué me gusta de esto? -¿Que estoy aquí, -Eso también. Alex sonrió. -¿Entonces? -Que todavía no tenemos nada. Él arqueó una ceja. -¿Eso te gusta? -Sí. -Eres peculiar. -Si hubiéramos llegado y encontráramos inmediatamente una prueba que relacionara el casino con Bradford, sería demasiado fácil. Alex asintió lentamente. -Y probablemente significaría que alguien quería que la encontráramos. La expresión de Hannah cambió durante un instante. -Exacto. Y eso me da más miedo que no encontrar nada. Los dos guardaron silencio. Aquella posibilidad no era una conclusión. Solo una consideración metodológica. No dejarse llevar por lo que esperaban encontrar. Alex miró hacia la zona central del casino. El movimiento había aumentado. Clientes entrando y saliendo. Personal cruzando de un lado a otro. Puertas que se abrían mediante tarjetas. Ascensores que subían y bajaban continuamente. Un entorno perfecto para ocultar movimientos que, aislados, podían parecer completamente normales. -Tenemos que dividirnos -dijo Hannah. Alex la miró. -¿Seguro? -Cinco minutos. -¿Y si alguien intenta robarte el bolso? Hannah sonrió. -Tendría que ser muy valiente. -O muy tonto. -Probablemente las dos cosas. Alex se apartó ligeramente. Cada uno tomó una dirección distinta. No estaban realmente separados. Podían verse. Pero así podían observar sin que pareciera que estaban investigando juntos cada rincón del edificio. Hannah se dirigió hacia una zona de restaurantes. Alex permaneció cerca de los ascensores. Desde allí pudo observar los cambios de personal. Un guardia abandonó su posición. Otro ocupó su lugar. Alex comprobó la hora. Memorizó el cambio.Después observó hacia dónde se dirigía el primer guardia. No entró en ninguna zona restringida. Simplemente desapareció por un pasillo. De repente, el guardia se detuvo, se llevó la mano al pinganillo y miró directamente hacia la zona donde estaba Hannah. Alex contuvo la respiración y dio un paso hacia ella, listo para intervenir. Al otro lado, Hannah conversaba con una empleada sobre uno de los restaurantes del hotel. La pregunta parecía completamente casual. -¿El restaurante privado también está abierto para huéspedes? -Depende de la reserva -respondió la mujer con una sonrisa profesional. -¿Hay que solicitarla con mucha antelación? -Normalmente sí. Hannah sonrió. -Perfecto. Gracias. Se marchó sin insistir, notando cómo el guardia apartaba la mirada en el último segundo. El corazón le latía desbocado. Cuando volvieron a encontrarse, intercambiaron una mirada, cargada de alivio y electricidad. -Nada -dijo Hannah, , pero sus ojos decían lo contrario. -Nada aquí tampoco. Casi. -Entonces tenemos... -Un montón de nada. Hannah soltó una risa. -Nuestro tipo de nada favorito. Alex se acercó un poco, y le rozó la mano con urgencia. -Porque todavía puede convertirse en algo. Ella negó con la cabeza. -No. Porque puede seguir siendo nada. Alex la observó durante un segundo. Después sonrió. -Eso es exactamente lo que habría dicho Joe. -Por eso me preocupa que empieces a sonar como él. -No pienso convertirme en Joe. -Menos mal. Volvieron hacia el vestíbulo. Mientras caminaban, el teléfono de Hannah vibró. Un mensaje de Michael. Joe continúa siguiendo la anomalía financiera. Sin conexión confirmada. Hannah se lo enseñó a Alex. Él asintió, con la mandíbula apretada. -Seguimos observando. -Y esperando. -Y comprobando. Hannah entrelazó discretamente sus dedos con los de él, buscando su calor. Necesitaba sentir que seguían siendo un equipo. Al llegar nuevamente al centro del vestíbulo, Hannah miró hacia las puertas del casino, con una determinación nueva en los ojos. -Vamos. Alex siguió su mirada. -¿Adónde? -A seguir mirando. Esa puerta nos está esperando, Alex. Lo sé. Él sonrió, pero su mirada ya era la del cazador. -Después de ti, Kimberly. Ella tiró suavemente de su mano. -Intenta no perderte, Joshua. Y juntos volvieron a adentrarse en el Hotel Casino Principal y con cada vez más piezas. Y, por ahora, eso era exactamente lo que necesitaban. El vestíbulo había cambiado ligeramente desde que habían bajado a desayunar. No porque el hotel fuera diferente, sino porque ahora Alex y Hannah empezaban a reconocer sus ritmos. A ciertas horas, determinadas puertas se abrían con más frecuencia. Algunos empleados aparecían y desaparecían siguiendo recorridos concretos. Los huéspedes se concentraban en unas zonas mientras otras permanecían prácticamente vacías. Era todavía demasiado pronto para hablar de patrones. Pero sí podían empezar a registrarlos. Y cada ritmo que reconocían les ponía la piel de gallina, porque sabían que estaban empezando a ver lo que el hotel no quería mostrar. Alex caminaba junto a Hannah con una mano apoyada de forma natural en su cintura. -¿Has visto al hombre de recepción? -preguntó ella en voz baja. -¿El de la corbata gris? -Sí. -Lleva veinte minutos en el mismo puesto. Hannah asintió. -Pero ha cambiado dos veces de conversación con empleados distintos. Alex la miró. -¿Te parece extraño? -No. -Entonces... -Entonces lo observo. Porque la segunda vez ha mirado hacia nuestra puerta lateral antes de hablar. Alex sonrió, pero su mano se tensó ligeramente sobre su cintura. -Correcto. Siguieron avanzando. Pasaron junto a una zona de máquinas recreativas y después giraron hacia uno de los corredores que conducían a los restaurantes. Alex redujo el paso. En una pared lateral había un plano del hotel. No era el mapa completo. Solo mostraba las zonas destinadas a los huéspedes. Las áreas restringidas aparecían señaladas con pequeños símbolos que, para un cliente normal, probablemente no significarían gran cosa. Alex se detuvo delante. -Mira. Hannah se acercó. -¿El qué? Él señaló discretamente una de las zonas. -Tres accesos diferentes. Hannah estudió el plano. -Y solo uno aparece comunicado directamente con el vestíbulo. -Los otros dos pasan por corredores secundarios. Ella levantó la mirada, con el pulso acelerado. -Eso puede ser importante. -Puede. Hannah sonrió. -Te estás volviendo insoportable. -Estoy siguiendo el método. -No, estás disfrutando demasiado de decir «puede». Alex soltó una pequeña risa. -Quizá. Memorizaron la distribución. La fotografiaron. Continuaron. Pero mientras se alejaban, Hannah juraría que vio por el rabillo del ojo cómo el hombre de la corbata gris los seguía con la mirada hasta que doblaron la esquina. Al llegar a una de las entradas laterales, Alex se fijó en un lector de tarjetas instalado junto a una puerta. Un empleado pasó su tarjeta. La luz cambió. La puerta se abrió. Entró. Se cerró inmediatamente. Alex esperó unos segundos. -Acceso controlado. Hannah asintió. -Es el segundo que vemos en menos de media hora. Ella sacó discretamente el teléfono. -Lo anoto como infraestructura de seguridad. Alex asintió. Era importante mantener aquella distinción. El hotel era enorme. Tenía casino, restaurantes, salones privados, oficinas y zonas de servicio. Que hubiera puertas restringidas era completamente normal. Lo que buscaban no era una puerta. Buscaban comportamientos que se repitieran sin explicación. Personas que aparecieran donde no deberían. Rutas que no coincidieran con la actividad oficial. Movimientos que, al compararlos entre sí, empezaran a formar algo. Y esos comportamientos estaban empezando a repetirse justo delante de ellos, como piezas que encajaban demasiado bien para ser casualidad. Todavía no lo tenían. Pero el terreno estaba empezando a dibujarse. El teléfono de Alex vibró. Esta vez era Michael. Alex leyó el mensaje. Joe ha encontrado otra transferencia relacionada con una de las sociedades. Está comprobando el origen. Alex se lo enseñó a Hannah. Ella permaneció unos segundos en silencio, conteniendo la respiración. -¿Otra? -Sí. -Eso hace que sea más interesante. -Pero no es más concluyente. Hannah asintió. -Exactamente. Pero ya son tres, Alex. Tres. Respondió a Michael: Recibido. Nosotros seguimos con reconocimiento físico. Ninguna conexión confirmada. Guardó el teléfono. -¿Sabes qué sería fácil ahora? -¿Qué? -Empezar a buscar cualquier cosa que encaje con esa transferencia. Alex sonrió. -Y acabar buscando hasta en las cortinas. Hannah soltó una carcajada. -No descartes las cortinas. -Cielo. -Bromeaba. Él la miró con falsa severidad. -Joshua. -Kimberly. Los dos volvieron a caminar. Unos minutos después, se sentaron en una pequeña zona de descanso desde la que tenían una visión amplia del corredor principal. Alex pidió café. Hannah agua. Mientras esperaban, ambos observaron en silencio. Un empleado pasó tres veces. Un grupo de huéspedes entró en uno de los salones. Una mujer salió del ascensor acompañada por un miembro del personal. Un hombre permaneció junto a una puerta durante unos minutos antes de marcharse. -El empleado que acompaña a los huéspedes -murmuró Hannah. -Lo he visto. -Siempre usa el mismo corredor. Alex asintió. -Y nunca pasa por recepción. Hannah anotó mentalmente el detalle. -Lo comprobamos otra vez después. -Sí. No siguieron al empleado. No querían alterar el comportamiento natural del lugar. Querían observarlo tal como era. Aunque a Alex le quemaban las manos por seguirlo. Tuvo que obligarse a quedarse sentado, con cada músculo en tensión. El camarero dejó las bebidas sobre la mesa. Alex tomó su taza. Hannah bebió un poco de agua. Durante unos segundos se quedaron simplemente allí, hombro con hombro. Ella apoyó discretamente la cabeza sobre él. -¿Estás bien? -preguntó él suavemente. Hannah levantó la mirada. -Sí. -¿Cansada? -Un poco. Alex sonrió. -Culpa tuya. -¿Mía? -Tú eres la que decidió que podíamos dormir hasta las diez. Hannah abrió mucho los ojos. -Perdona, señor MacCarty, pero yo no fui la culpable de no haber estado despierta antes. -Eso no mejora tu defensa. Ella le dio un pequeño golpe en el brazo. -Concéntrate. -Estoy concentradísimo. -Mentiroso. Alex sonrió. Después ambos volvieron a mirar hacia el corredor. La ligereza desapareció poco a poco. Porque al fondo del corredor, el hombre de la bandeja volvió a aparecer. Se detuvo, miró directamente hacia ellos un segundo demasiado largo, y desapareció de nuevo tras la puerta restringida. Hannah sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Cuando terminaron el café, se levantaron. Antes de regresar al casino, Hannah miró una vez más hacia la zona de acceso restringido. -Tenemos suficientes observaciones para esta primera pasada. Alex asintió. -Y ninguna prueba. -Como debe ser. Pero tenemos algo mejor: tenemos una corazonada. Y las nuestras nunca fallan. Caminaron hacia el vestíbulo. El teléfono de Hannah vibró de nuevo. Otro mensaje de Michael. Joe sigue sin poder vincular las transferencias con Bradford. La comprobación continúa. Hannah se lo enseñó a Alex. Él respondió únicamente: Recibido. Guardó el teléfono. Las puertas del casino se abrieron delante de ellos. Alex tomó la mano de Hannah. Ella entrelazó los dedos con los suyos. Como Joshua y Kimberly, entraron juntos. Pero debajo de la cobertura seguían siendo Alex y Hannah. Una pareja que acababa de empezar a descubrir cómo era compartir una vida. Y dos investigadores que acababan de descubrir que el Hotel Casino Principal podía ser mucho más complejo de lo que aparentaba. Todavía no sabían qué escondía. Todavía no sabían si aquellas pequeñas anomalías conducían a alguna parte. Pero ya tenían una regla clara. No creerían nada hasta poder demostrarlo. Y sin embargo, mientras cruzaban las puertas, ambos sintieron lo mismo: que alguien, en algún lugar de ese hotel, acababa de darse cuenta de que los estaban observando. La partida había empezado. Y aquella mañana apenas acababa de empezar.




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