Cuando Daniel y Claire desaparecieron finalmente por el corredor que conducía a los ascensores, Hannah permaneció unos segundos mirando en aquella dirección.
—Parecen buena gente —comentó.
Alex se metió las manos en los bolsillos.
—Lo son.
—Y han decidido enseñarnos Nueva York.
—Eso parece.
Hannah giró la cabeza hacia él.
—Aunque yo tengo una idea mejor.
Alex arqueó una ceja.
—Eso suele preocuparme.
Ella sonrió.
—Quiero enseñarte mi Nueva York.
Alex la observó durante un instante.
La expresión de Hannah había cambiado ligeramente. Seguía siendo la misma mujer que hacía unos minutos se había reído durante el desayuno con Daniel y Claire, pero ahora había algo distinto en sus ojos.
Algo más personal.
—¿Tu Nueva York? —repitió él.
—Sí.
Hannah se acercó y entrelazó sus dedos con los de él.
—No quiero llevarte a los sitios típicos. Ya tendremos tiempo de hacer de turistas. Quiero enseñarte los lugares que fueron importantes para mí.
Alex apretó suavemente su mano.
—Entonces tú mandas.
—¿Yo?
—Tú eres la guía.
—Esto puede salirte caro.
—¿Cuánto?
—No lo sé. Estoy improvisando. ¿Unos cuantos besos, quizás?
Alex soltó una carcajada.
—Perfecto. Ya empezamos mal.
Hannah le dio un pequeño tirón de la mano para obligarlo a caminar.
—Vamos.
Salieron del hotel.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.
La ciudad los recibió con su ruido habitual: tráfico, voces, pasos apresurados, taxis, música procedente de algún local y el movimiento constante de personas que parecían tener siempre un lugar al que llegar.
Alex había estado en Nueva York anteriormente. Había visto sus edificios, sus avenidas, sus luces. Pero aquella vez era diferente.
Ahora caminaba junto a Hannah. Y la ciudad que tenía delante no era simplemente Nueva York. Era la ciudad en la que ella había vivido durante nueve años.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó.
—Por mi vida normal.
—Eso suena peligroso.
—Muchísimo.
Hannah sonrió y apoyó la cabeza brevemente contra su hombro mientras caminaban. Por unas horas, podían permitirse algo que durante mucho tiempo había parecido imposible. Ser simplemente ellos.
Alex la rodeó con su brazo.
—¿Sabes qué me resulta raro? Que estoy conociendo una parte de ti que existió durante nueve años y que no conocía.
Hannah bajó la mirada.
—A mí también me resulta raro enseñártela.
—¿Por qué?
Ella tardó un momento en responder.
—Porque durante mucho tiempo pensé que esas dos partes de mi vida no llegarían a encontrarse nunca.
Alex dejó de caminar. Hannah se detuvo también. Él la miró directamente.
—Ahora están juntas.
Una sonrisa pequeña apareció en los labios de Hannah.
—Sí.
Alex se inclinó y le dio un beso. Fue un beso lento y tierno, sin prisa. Le rozó los labios con suavidad, se quedó un segundo respirando contra su boca y volvió a besarla, más profundo pero sin urgencia, con cariño. Le sostuvo la cara con una mano y le acarició la mejilla con el pulgar mientras la besaba, como si quisiera decirle sin palabras: estoy aquí, te entiendo, ya no estás sola en esto.
Una forma sencilla de decirle que entendía lo que acababa de confesar.
Después continuaron caminando.
—Primera parada —anunció Hannah.
—¿Cuál?
—La cafetería.
—¿La famosa cafetería?
—No es famosa.
—Para mí empieza a serlo.
—Ni siquiera has probado el café.
—Ya me estás creando expectativas.
—Entonces prepárate para decepcionarte.
Alex sonrió.
—Nunca consigues decepcionarme.
Hannah lo miró de reojo.
—Eso ha sido peligrosamente romántico.
—Estoy practicando para mi papel de marido.
—No necesitas practicarlo.
Alex entendió perfectamente lo que quería decir. No necesitaba practicar ser cariñoso con ella, aprender a cogerla de la mano o fabricar las miradas. Aquella parte de Joshua y Kimberly era fácil porque pertenecía también a Alex y Hannah.
Siguieron avanzando entre la gente. Hannah iba señalando edificios de vez en cuando.
—Por allí iba cuando tenía que ir a clase.
—¿Siempre ibas caminando?
—Casi siempre.
—¿Sola?
—Muchas veces.
Alex no respondió. Simplemente escuchó. No quería convertir aquellos años en una historia que él pudiera corregir desde el presente.,Habían sucedido. Hannah había vivido aquella vida. Y él quería conocerla tal como había sido.
—También había una tienda por aquí —continuó ella— donde compraba cosas para Connor cuando era pequeño.
—¿Cosas importantes?
—No.
Alex sonrió.
—Entonces seguramente eran importantes.
Hannah soltó una carcajada.
—Probablemente juguetes.
—Definitivamente importantes.
Ella apoyó la cabeza un instante contra su brazo.
—Me gusta que estés haciendo preguntas.
—Quiero saber.
—Ya lo sé.
—Pero no tienes que contármelo todo.
Hannah lo miró.
—También lo sé.
Continuaron caminando.
Después de unas calles, Hannah señaló hacia delante.
—Ahí.
Una pequeña cafetería apareció en la esquina. Alex la observó.
—¿Aquí desayunabas?
—Muchísimas veces.
—Entonces hoy desayunamos otra vez.
—Ya hemos desayunado.
—No importa.
—Alex...
—Soy un hombre de prioridades.
Hannah negó con la cabeza, divertida.
—Eres imposible.
—Y tú me quieres.
Ella sonrió.
—Muchísimo.
Alex volvió a cogerle la mano y juntos cruzaron la calle.
Hannah estaba mostrándole un pedazo de su pasado. Y Alex estaba entrando en él sin intentar cambiarlo.
Pero, mientras cruzaban aquella calle de Nueva York, ambos empezaban a descubrir algo mucho más sencillo.
Los lugares que habían pertenecido solamente a Hannah podían convertirse, poco a poco, en recuerdos de los dos.