Fuego y Hielo

Capítulo 16: Parte 6

SÁBADO POR LA NOCHE: LA SALA VIP

La ciudad empezaba a encenderse al otro lado de los ventanales de la suite.

Nueva York se extendía bajo ellos como un océano de luces: edificios iluminados, taxis que avanzaban por las avenidas y pequeños puntos de luz que parecían moverse sin descanso. Desde aquella altura, el ruido de la ciudad llegaba amortiguado, convertido en un murmullo lejano.

Dentro de la suite, en cambio, reinaba una tranquilidad casi doméstica.

El baño todavía conservaba el vapor de la ducha y también el recuerdo de lo que acababa de pasar allí dentro.

Hannah salió primero, envuelta en un albornoz blanco, y caminó descalza hasta el gran espejo situado sobre el lavabo. Su cabello, húmedo todavía, caía sobre sus hombros en mechones oscuros. Tenía las mejillas sonrojadas y una sonrisa que no podía disimular.

Abrió un cajón y sacó un cepillo.

-No pienso llegar tarde -murmuró mientras comenzaba a desenredarse el pelo.

-Eso dices ahora.

La voz de Alex llegó desde el interior de la ducha. Todavía con la respiración un poco agitada.

Hannah levantó la mirada hacia el espejo.

Alex apareció detrás de ella unos segundos después, con una toalla anudada alrededor de la cintura y otra más pequeña sobre los hombros. Tenía el cabello todavía húmedo y la barba de tres días que había decidido conservar durante el día empezaba a necesitar un pequeño retoque. Y en el hombro izquierdo, una marquita rosada de dientes, perfectamente visible.

Hannah lo observó por el espejo.

-¿Vas a salir así?

Alex miró hacia abajo.

-Tenía pensado impresionar a los invitados.

-Estoy segura de que lo conseguirías. Sobre todo si enseñas tu nueva condecoración.

Alex frunció el ceño y se miró el hombro en el espejo.

-Ah. Esto. Me preguntaba cuándo ibas a sacar el tema.

-Yo no he hecho nada.

-Claro que no. Ha sido un fantasma en la ducha.

Hannah soltó una carcajada.

-Ha sido bastante intenso.

-Ha sido bastante apasionado, querrás decir.

-Ha sido bastante las dos cosas.

Alex se acercó un poco más al espejo, inspeccionando la marca.

-Me has mordido, Jones.

-Me has vuelto loca en la ducha, Mallory. Era mi única forma de no gritar y que nos oyera todo el hotel.

-Vaya excusa.

-Muy buena excusa. Y te ha gustado.

-¿Ves?

-Pero no precisamente por los motivos que crees.

Alex sonrió.

-Qué cruel.

Hannah soltó una pequeña carcajada y volvió a concentrarse en su cabello.

-Te va a quedar la marca toda la noche -dijo ella, divertida-. Tendrás que explicar en la sala VIP que tu mujer es un poco salvaje.

-Diré que tengo una novia muy apasionada que no sabe controlarse.

-Yo diría que es al revés. Eres tú el que no me deja controlarme.

Aquellas conversaciones absurdas, aquellas pequeñas provocaciones, eran precisamente lo que más le gustaba de estar con él. No tenían que llenar cada silencio con algo importante. Podían simplemente estar juntos.

Alex se colocó frente al espejo y encendió la máquina de afeitar.

-¿Qué hora es?

Hannah miró el reloj.

-Todavía tenemos tiempo.

-Perfecto.

-Tenemos que recordar que entramos como Joshua y Kimberly.

Alex detuvo la máquina. Su expresión cambió ligeramente. No perdió la naturalidad, pero apareció en sus ojos esa concentración que Hannah conocía demasiado bien.

-Lo sé.

Ella dejó el cepillo sobre el lavabo.

-No me preocupa que se nos olvide quiénes somos.

-A mí tampoco.

-Me preocupa que nos confiemos.

Alex asintió.

-Eso sí.

Durante unos segundos, ambos se miraron a través del espejo. La noche iba a ser distinta. La mañana había consistido en reconocer el hotel, memorizar espacios y observar movimientos. Después habían pasado horas que pertenecían casi exclusivamente a Hannah: Nueva York, sus recuerdos, sus lugares, Nora, Nick, las historias de Connor.

Pero ahora regresaban al trabajo, a la investigación y al caso. Y a una zona del hotel donde probablemente habría menos margen para cometer errores.

-La sala VIP puede darnos algo -dijo Hannah.

-Puede.

-O puede no darnos absolutamente nada.

-También.

Ella giró la cabeza.

-Qué optimista eres.

-Soy realista.

-Eres insoportable.

-Y sigues aquí.

Hannah sonrió.

-Ese es el problema.

Alex volvió a encender la máquina. El zumbido llenó el baño durante unos segundos. Hannah continuó con su cabello mientras lo observaba de reojo, con la mirada todavía desviándose hacia la marca de su hombro.

Había algo extraño en verlo prepararse para una operación después de haber pasado el día entero recorriendo con ella una ciudad que había sido suya durante nueve años.

Por la mañana habían caminado abrazados. Habían desayunado juntos, comprado un cuento para Connor y hablado de volver algún día a Nueva York sin identidades falsas, sin vigilancia y sin el peso de un caso policial sobre los hombros. Y ahora estaban a punto de convertirse otra vez en Joshua y Kimberly.

Pero Hannah no sentía aquella separación como antes. Quizá porque ahora sabía que la identidad falsa podía ser una herramienta. No una barrera entre ellos.

Alex apagó la máquina y se examinó el rostro.

-¿Demasiado?

Hannah se acercó.

-No. Estás perfecto -le pasó un dedo por la mejilla, comprobando el resultado-. Está bien.

Alex la miró.

-¿Solo bien? Aunque esa marca me queda... interesante.

-Muy bien.

-Eso ha sonado poco convincente.

-Porque estoy intentando que no se te suba a la cabeza.

-Demasiado tarde. Ya estoy pensando en cómo vengarme en la próxima ducha.

Hannah negó con la cabeza, divertida. Después se volvió hacia el espejo.

-Voy a maquillarme.

-Adelante.

Alex se apartó para dejarle espacio. No hubo incomodidad ni aquella antigua sensación de estar invadiendo un territorio demasiado íntimo. Simplemente se movieron alrededor del otro como dos personas acostumbradas a compartir una habitación.




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