SÁBADO DE MADRUGADA: CASI DESCUBIERTOS
La puerta del ascensor se cerró delante de ellos con un suave golpe metálico.
Durante unos segundos, Alex y Hannah permanecieron en silencio. La música de la sala VIP había quedado atrás y el murmullo del casino se había convertido en un eco lejano. Ambos seguían vestidos como Joshua y Kimberly MacCarty, pero la tensión que llevaban encima ya no pertenecía a ninguna luna de miel.
Hannah soltó lentamente el aire, con el corazón desbocado.
—Quizá estamos viendo patrones donde no los hay.
Alex la miró, con la mandíbula tensa.
—Es posible.
No intentó tranquilizarla. Tampoco alimentó la sospecha. Era exactamente lo que habían aprendido a hacer juntos. Observar. Pensar. Comprobar. Decidir.
El ascensor continuó subiendo. Entonces se detuvo. De golpe. Con un tirón.
Alex frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué planta es ésta?
Las puertas se abrieron. El pasillo estaba vacío. No había huéspedes, ni empleados, ni ruido. Demasiado vacío.
Hannah miró el indicador, conteniendo la respiración. No era la planta de su suite. Alex pulsó de nuevo el botón. Las puertas comenzaron a cerrarse, lentamente, como si alguien las retuviera desde fuera. Ninguno dijo nada. Era una pequeña anomalía. Nada más. Pero después de lo ocurrido en la sala VIP, ambos estaban demasiado atentos para ignorarla.
El ascensor volvió a ponerse en marcha. Cuando finalmente llegaron a su planta, salieron juntos. El pasillo estaba demasiado tranquilo.
Alex caminó hasta la puerta de la suite y sacó la tarjeta. Antes de introducirla, Hannah miró hacia atrás. Al fondo del corredor había alguien. Una figura.Un hombre, quizá. Estaba demasiado lejos para distinguir sus facciones con claridad. La persona se detuvo. Y los miró. Fijamente. Hannah no apartó la mirada inmediatamente.
—Alex.
Él se giró lo justo para seguir la dirección de sus ojos. La figura permaneció inmóvil un instante. Después desapareció por una esquina. Pero no caminando. Retrocediendo, como si no quisiera darles la espalda.
Alex abrió la puerta.
—Vamos dentro. ¡Ya!
Entraron. La puerta se cerró de golpe. Solo entonces Hannah habló, con la voz temblorosa.
—¿Lo has visto?
—Sí.
—¿Quién era?
Alex negó con la cabeza, con la respiración acelerada.
—No lo sé.
Y esa era la única respuesta que podían dar.
No habían pasado ni cinco minutos cuando el teléfono de Alex vibró. Era Joe. Alex activó el canal seguro.
—Dime.
La voz de Joe llegó baja y concentrada.
—He estado revisando los registros internos que tenemos disponibles.
Hannah se acercó, pegándose a él.
—¿Qué has encontrado?
—No quiero que interpretéis ésto como una confirmación de vigilancia —advirtió Joe—. Porque no lo es.
Alex intercambió una mirada con Hannah, llena de adrenalina.
—Entonces danos los hechos.
Hubo un pequeño silencio.
—Hay varios cambios de cámara y movimientos de personal que coinciden temporalmente con algunos de vuestros desplazamientos. Casi al segundo.
Hannah cruzó los brazos, intentando controlar el temblor de sus manos.
—¿Coinciden exactamente?
—En algunos casos, sí. En otros, con unos minutos de diferencia.
Alex permaneció pensativo, con el corazón latiéndole contra las costillas.
—¿Eso puede tener una explicación normal?
—Por supuesto. Seguridad de un casino, control de accesos, supervisión de clientes VIP... Hay muchas posibilidades.
Hannah asintió.
—Entonces tenemos un hecho y ninguna explicación.
—Exactamente —respondió Joe.
Alex miró hacia la puerta, como si esperara que alguien llamara.
—Y acabamos de ver a alguien en nuestro pasillo.
—¿Conocéis su identidad?
—No sabemos quién era.
Joe respiró despacio.
—No hagáis nada con eso todavía.
—No pensábamos hacerlo.
—Bien. Quiero que comprobéis una cosa.
—¿Dinos?
—Cambiad el recorrido.
Hannah entendió inmediatamente.
Salieron de la suite unos minutos después. Esta vez no caminaron directamente hacia los ascensores. Tomaron las escaleras. Bajaron dos plantas y atravesaron un corredor secundario que habían localizado durante el reconocimiento de la mañana.
Alex iba delante, pero no demasiado rápido. Iba con cada músculo en tensión, escuchando cada crujido. Hannah caminaba a su lado, mirando constantemente hacia atrás.
—¿Qué estamos buscando? —preguntó ella en voz baja.
—Una respuesta.
—Muy concreta.
—Estoy trabajando en ello.
Ella sonrió apenas, pero era una sonrisa nerviosa, tensa.
Llegaron a una zona más concurrida. Había huéspedes saliendo de un bar, camareros recogiendo copas y dos parejas esperando el ascensor. Todo parecía normal.
Alex se detuvo junto a una columna y fingió consultar algo en el teléfono. En el reflejo de una superficie metálica observó el pasillo que acababan de dejar. Nada.
Hannah miró directamente hacia atrás. Tampoco vio al hombre.
Durante unos segundos, ambos pensaron que quizá aquello había terminado. Entonces escucharon pasos. No eran apresurados. Pero tampoco casuales. Eran pasos medidos, siguiendo exactamente su ritmo.
Alex levantó ligeramente la mirada. Hannah lo vio. No necesitó preguntar. Continuaron caminando. Un paso. Otro.
Los pasos detrás de ellos mantuvieron la misma distancia. Ni un metro más, ni un metro menos.
Alex cambió ligeramente de dirección. Hannah lo siguió. Entraron en otro corredor. Los pasos también cambiaron. Ahí estaba la confirmación que necesitaban. No absoluta. Pero suficiente para actuar.
La adrenalina les explotó en el pecho. Alex apretó suavemente la mano de Hannah.
—Ahora.
Doblaron la esquina. Y echaron a correr.
El cambio fue instantáneo. Los recién casados desaparecieron. Quedaron dos policías entrenados.
Alex agarró la mano de Hannah y ambos atravesaron el corredor de servicio. Corriendo con todo lo que tenían, sin mirar atrás. No corrían separados. No se adelantaban el uno al otro. Se movían como una unidad. Como siempre lo habían hecho cuando el peligro era real.