🗽MANHATTAN, NOSOTROS DOS
El domingo amaneció sobre Manhattan con una luz limpia, dorada, que se colaba entre los rascacielos y hacía brillar el cristal de los edificios, que poco tenía que ver con la noche anterior.
Alex y Hannah no habían olvidado lo ocurrido. Ni la figura al final del pasillo; ni los pasos que habían mantenido la misma distancia incluso después de cambiar de ruta; ni aquella voz por el pinganillo; ni la carrera por los corredores de servicio.
Por eso, antes de salir, revisaron una última vez las comunicaciones con Joe y Michael.
—Seguimos con las mismas precauciones —dijo Hannah, aunque con la voz más suave, más necesitada de aire.
Alex asintió.
—Y si ocurre algo extraño, informamos antes de improvisar.
—Eso último va por ti.
—Qué poca confianza.
—Te conozco, mi vida.
Alex sonrió. Le acarició la mejilla con ternura antes de cerrar el portátil.
No había ninguna infiltración inmediata prevista. Ninguna acción que exigiera que se metieran en una zona restringida. Durante unas horas podían permitirse algo que, en realidad, ambos necesitaban. Salir, caminar, respirar. Ser Joshua y Kimberly cuando hubiera gente alrededor. Y Alex y Hannah cuando no la hubiera.
Al cruzar las puertas del hotel, Manhattan los recibió con su ruido habitual. Un golpe de vida.
El olor a café recién hecho de un puesto callejero, el claxon impaciente de un taxi amarillo, el murmullo de cientos de conversaciones en idiomas distintos, el vapor saliendo de las alcantarillas, los carteles luminosos aunque fuera de día. El sol pegando de frente entre la Quinta Avenida y las calles laterales, haciendo que tuvieran que entornar los ojos.
Hannah tomó la mano de Alex, entrelazando los dedos con fuerza, como anclándose a él.
—Hoy no quiero una ruta.
—Perfecto.
—Ni horarios.
—Mejor todavía.
—Ni que me digas que tenemos que llegar a un sitio concreto.
Alex la miró, con una sonrisa enamorada que no podía disimular.
—¿Entonces qué hacemos?
Hannah sonrió, con los ojos brillantes.
—Lo que nos apetezca.
Y echaron a andar, dejándose llevar por la corriente humana de Manhattan.
Durante las siguientes horas Manhattan dejó de ser un escenario de investigación. Se convirtió en su ciudad.
Hannah señalaba una esquina, con la voz llena de nostalgia.
—Por ahí iba muchas veces después del trabajo, corriendo porque llegaba tarde a recoger a Connor a la guardería.
Un escaparate lleno de libros usados.
—Ese sitio cambió. Antes vendían vinilos. Me pasaba horas aquí.
Una cafetería con mesas pequeñas en la acera y olor a canela.
—Aquí venía a veces. Me sentaba sola con un libro y me pedía el café más grande que tenían.
Un parque amplio, con árboles que ya empezaban a amarillear, niños en bicicleta y el sonido de una guitarra lejana.
—Aquí corría cuando necesitaba despejarme. Cuando sentía que no podía más.
Alex escuchaba. No solo con los oídos. La miraba, la sentía, le apretaba la mano cada vez que su voz temblaba un poco. Pero había una diferencia importante respecto al día anterior. Ya no intentaba reconstruir mentalmente aquellos nueve años. Ya no pensaba en cómo habría sido caminar por aquellas calles con Hannah cuando ella vivía allí.
Porque ahora estaba caminando con ella. Y cada paso que daban juntos reescribía esos nueve años con una nueva capa de amor. Y eso era suficiente.
En una esquina, bajo un enorme cartel de un musical de Broadway y con el bullicio de Times Square de fondo, Hannah se detuvo para hacer una fotografía.
—Ven.
Alex se colocó junto a ella.
—¿Así?
—Más cerca.
—¿Más?
—Mucho más.
Alex rodeó su cintura, pegándola contra él. Hannah sonrió, con las mejillas sonrojadas por la felicidad.
La fotografía quedó algo torcida. Se veía detrás un autobús rojo de dos pisos, un perro con jersey y el reflejo del sol en un rascacielos. Ninguno salió perfectamente colocado. Y precisamente por eso les gustó. Porque era real, fomo ellos.
Continuaron caminando, por calles empedradas, cruzando pasos de cebra abarrotados, esquivando a corredores y a turistas con mapas.
—¿Sabes qué es lo extraño? —dijo Alex, mirando a su alrededor con una emoción contenida.
—Dime.
—Ayer Nueva York me parecía una ciudad llena de cosas que no viví contigo. Una ciudad que me dolía.
Hannah lo miró, con el corazón encogido.
—¿Y hoy?
Alex señaló la calle que tenían delante, llena de gente, de puestos de pretzels, de un saxofonista tocando en la esquina.
—Hoy me parece una ciudad en la que estamos viviendo algo. En la que por fin estoy entrando en tu vida.
Hannah sonrió, con los ojos húmedos.
—Eso me gusta más. Mucho más.
—A mí también.
Siguieron andando.
Y, poco a poco, la ciudad dejó de pertenecer solamente al pasado de Hannah. Ahora olía a su perfume mezclado con el aire frío de Manhattan. Sonaba a sus risas. Sabía a futuro. Empezó a pertenecer también a ellos.
Más tarde, mientras tomaban un café sentados en una terraza, viendo pasar a la gente, Hannah volvió a sacar el tema.
—¿Te has decidido?
Alex levantó la vista.
—¿Sobre qué?
—El examen.
Él soltó una pequeña risa, sacando vaho por el frío.
—Sabía que volverías a ello.
—No has contestado.
Alex dejó la taza sobre la mesa. Le temblaban un poco las manos, no por el frío, sino por la emoción de que ella creyera tanto en él.
—Sí. Quiero presentarme.
Hannah sonrió, orgullosa, con una luz nueva en los ojos.
—Bien.
—Pero sigo teniendo dudas.
—¿Sobre querer hacerlo?
—No.
Alex pensó unos segundos, mirando el vapor de su café.
—Sobre estar preparado.
Hannah negó con la cabeza, tomándole las manos entre las suyas, calientes.
—No estoy de acuerdo.
—¿No?