Fuego y Hielo

Capítulo 16: Parte 11

🕵️AL OTRO LADO DE LAS CÁMARAS

Cuando regresaron al Hotel Casino Principal, Manhattan ya había vuelto a encenderse detrás de ellos. Una marea de neón, de faros, de ventanas iluminadas que palpitaban como si la ciudad respirara.

Desde las ventanas de la suite, la ciudad parecía tranquila.

Alex sabía que era una ilusión. Y lo sabía porque todavía sentía el eco de los pasos corriendo detrás de ellos la noche anterior en la nuca. La noche anterior había demostrado que un lugar podía parecer perfectamente normal mientras, en algún punto de sus entrañas, alguien observaba cada movimiento.

Hannah dejó el bolso sobre una silla y se volvió hacia él, con el pecho aún subiendo y bajando deprisa por la tensión acumulada.

—¿Listo?

Alex terminó de colocarse la americana blanca del smoking, frente al espejo, con la mandíbula tensa.

—Nunca.

—Eso no te ha impedido hacerlo otras veces.

—Es mi encanto.

Hannah sonrió, pero era una sonrisa cargada de adrenalina. Llevaba el vestido negro de un solo tirante, con pequeños brillantes verde mar que captaban la luz cada vez que se movía. El cabello recogido en un elegante moño bajo dejaba despejado su rostro. Parecía una estrella de cine. Peligrosamente hermosa.

Alex la miró unos segundos, sin poder disimular el deseo y el miedo mezclados.

—Vas a hacer que sea complicado concentrarme.

—Pues concéntrate, mi vida —susurró ella, acercándose y ajustándole la pajarita con dedos temblorosos.

—Estoy intentándolo.

Ella se acercó y le acomodó ligeramente la solapa. Sus dedos se rozaron y una descarga eléctrica les recorrió a ambos.

Durante un instante fueron simplemente ellos. Después, el cambio fue casi imperceptible, como un interruptor. Hombros rectos y mirada fría.

Joshua y Kimberly aparecieron.

Joe entró en comunicación.

—¿Me recibís?

Alex tocó discretamente el auricular.

—Alto y claro.

—Michael está conmigo.

—¿Alguna novedad?

—Sí.

La voz de Joe perdió el tono relajado.

—He seguido las consultas de cámaras de anoche.

Hannah se acercó al portátil, con el corazón latiéndole contra las costillas.

—¿Y?

—Las coincidencias temporales se mantienen.

Alex intercambió una mirada con ella. Una mirada que decía: nos tienen.

—¿Pero?

—Pero no quiero llamarlo vigilancia todavía.

Hannah sonrió ligeramente, tensa.

—Sigues siendo tú.

—Alguien tiene que serlo.

Joe continuó:

—Lo que necesito averiguar es desde dónde se hicieron las consultas.

Alex asintió, con los ojos brillando de determinación.

—Entonces vamos a buscar eso.

—Exacto.

Y bajaron. Directos a la boca del lobo.

El casino estaba lleno. Era un infierno de luz y sonido, música atronadora, luces que parpadeaban como disparos, mesas ocupadas, fichas chocando, risas forzadas, copas cayendo.

Joshua y Kimberly se movían entre los clientes con la naturalidad de una pareja que llevaba dos noches disfrutando de su luna de miel. Pero por dentro eran dos cables de alta tensión.

Pero aquella noche no iban hacia la zona VIP. No todavía.

Hannah caminaba junto a Alex, agarrada a su brazo como si fuera su ancla.

—¿Recuerdas el acceso detrás de administración?

—Sí.

—Hay un corredor de servicio que no exploramos completamente.

Joe habló por el auricular.

—Confirmo.

La imagen de los planos apareció en el teléfono de Hannah.

—Desde vuestra posición, avanzad hacia el pasillo lateral.

Alex observó discretamente el movimiento del personal. Guardias, cámaras girando. Demasiados ojos.

—Hay demasiada gente.

—Esperad —indicó Joe.

Lo hicieron. Conteniendo la respiración.

Un empleado entró en una zona administrativa. La puerta quedó abierta. Dos segundos. Tres. El tiempo se estiró como un chicle.

Alex miró a Hannah y parpadeó. Era la señal. Ella asintió. Entraron rápidos y silenciosos, como sombras.

La puerta se cerró detrás de ellos con un clic sordo. El ruido del casino desapareció casi por completo. Como si hubieran caído bajo el agua.

El cambio fue inmediato. Un pasillo estrecho, iluminado con una luz blanca, parpadeante. Paredes sin decoración. El zumbido constante del sistema de ventilación. Y el latido de sus propios corazones, desbocado.

Hannah miró hacia atrás. No había nadie. Solo su sombra alargada.

—Seguimos —susurró, con la adrenalina quemándole la garganta.

—Adelante.

Joe los guiaba desde North Harbour.

—A veinte metros tenéis un cruce.

—Lo vemos.

—Derecha.

Caminaron, pegados a la pared. Al fondo apareció una puerta gris. Una pequeña placa metálica indicaba:

SECURITY / SURVEILLANCE

Alex se detuvo. Su mano se cerró instintivamente sobre la de Hannah.

—La tenemos.

Joe tardó un segundo en responder.

—Confirmado.

Hannah miró a Alex. Respiraba entrecortado. Él comprobó el pasillo. Vacío.

—Adelante.

Hannah abrió. La puerta chirrió, un sonido que pareció un disparo en el silencio.

La sala estaba vacía. No había operadores. No había guardias. No había nadie sentado frente a los monitores. Solo una enorme pared de pantallas. Un coloso de ojos electrónicos. Cientos de imágenes del casino, los ascensores, las entradas, del restaurante, de los pasillos del hotel, de los accesos de servicio. Zonas interiores que ni siquiera habían visto.

Alex se quedó quieto. Sintió un escalofrío recorréndole la espalda.

—Joder.

Hannah recorrió la pared con la mirada, con la boca abierta.

—Desde aquí pueden verlo prácticamente todo. Nos han visto comer, dormir, besarnos, correr...

Joe habló por el auricular, urgente.

—No toquéis nada todavía.

Hannah se acercó a una de las consolas, con los dedos temblando.

—No vamos a tocar nada.

Alex observó el sistema.

—Joe, ¿qué buscamos exactamente?




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