Fuego y Hielo

Capítulo 16: Parte 12

🕵️ EL CORAZÓN DEL CASINO

Seguían sentados en la misma mesa del casino. En el ojo del huracán.

Joshua y Kimberly parecían dos recién casados disfrutando tranquilamente de la noche. Dos actores bajo un foco cegador.

Nadie que los observara desde fuera habría imaginado que acababan de descubrir que alguien utilizaba las cámaras del hotel para seguir sus movimientos. Que cada uno de sus parpadeos estaba siendo contado.

Alex mantenía una mano sobre la mesa. Los nudillos blancos por la tensión. La otra estaba entrelazada con la de Hannah, oculta bajo el mantel, sudando y temblando ligeramente.

—Tenemos una oportunidad —dijo Joe por el auricular, con voz cortante.

Alex levantó ligeramente la mirada, escaneando las cúpulas negras del techo donde se escondían las cámaras.

—Te escuchamos.

—Si alguien está utilizando las cámaras para seguiros, podemos aprovecharlo. Vamos a darle de comer al monstruo.

Hannah comprendió antes que Alex. Sus ojos chispearon.

—Un señuelo.

—Exacto.

Joe explicó el plan, rápido, quirúrgico. Hannah permanecería unos minutos en una zona pública, perfectamente visible para las cámaras. Se movería con naturalidad, hablaría con otros clientes, se detendría en lugares estratégicos. Alex, mientras tanto, desaparecería por una ruta secundaria. Como un fantasma.

—Quiero comprobar si quien está mirando las cámaras reacciona ante la discrepancia —explicó Joe.

Alex miró a Hannah con miedo real en sus ojos.

—Es un riesgo.

—Sí —respondió ella, apretándole la mano con fuerza, con amor y adrenalina mezclados—. Pero estará controlado.

—Hasta donde podemos controlarlo.

Joe intervino:

—Y recordad algo. Si alguien reacciona, sigue siendo un indicio. No sabremos quién es.

Alex sonrió, sin humor.

—Hecho, indicio, hipótesis, comprobación.

—Exactamente.

Hannah apretó ligeramente su mano, y le dio un beso rápido en la mejilla, interpretando a Kimberly a la perfección.

—Vamos. Bailemos con el que nos vigila.

Hannah se levantó primero. Los tacones resonando y el vestido negro cortando la luz. Como Kimberly, caminó tranquilamente hacia una de las zonas más concurridas del casino. Se metió en la jaula de los leones sonriendo.

Alex esperó unos segundos. Contó tres latidos. Después tomó otra dirección. Se fundió con las sombras.

Joe permanecía conectado. Su respiración se oía por el auricular.

—La Cámara tres tiene a Hannah.

Ella se detuvo junto a una mesa y comenzó a conversar con una pareja que acababa de conocer. Rió. Una risa cristalina, perfecta, ensayada. Parecía completamente natural.

—La cámara cinco también. Te sigue. Te tiene.

Alex había desaparecido del campo visual. Era invisible.

—¿Y yo? —preguntó, pegado a una pared fría.

—Nada. Has desaparecido del sistema.

Hannah se movió hacia una zona cercana a las máquinas. Las luces de las máquinas tragaperras parpadeando en su cara.

—Ahora la cámara siete. Hizo zoom sobre ti.

Alex continuó avanzando por el corredor secundario. Los pasos sigilosos de lobo.

Joe permaneció en silencio. Demasiado tiempo. Un silencio que quemaba.

—Joe.

—Estoy comprobando algo. Mierda...

Hannah mantuvo la sonrisa, aunque su pulso se disparó.

—¿Qué?

—Alguien está intentando localizarte. A ti, Alex. Está haciendo barridos.

Su expresión cambió apenas, un micro-gesto de alarma.

—¿A mí?

—Sí.

Alex escuchó desde el auricular, con la espalda contra la pared.

—¿Está buscando a Hannah?

—Eso parece. No. Espera. Te busca a ti. Ha perdido tu señal y está rastreando.

—¿Y mi posición?

—No aparece.

Hannah comprendió, con un escalofrío.

—Está comprobando dónde debería estar Alex. Ha detectado el truco.

—Eso parece —repitió Joe—. Pero todavía no puedo saber quién está haciendo la consulta. Es rápido. Muy rápido.

Hannah abandonó lentamente la mesa, con una elegancia felina.

—Entonces la primera comprobación funciona.

—Sí. Y nos ha delatado que sabemos que nos miran.

Joe hizo una pausa, tenso.

—Pero ya tenemos suficiente. Retírate. Ahora.

Hannah obedeció.

Alex, mientras tanto, había llegado al corredor de servicio. La puerta metálica se cerró tras él con un golpe sordo.

El ruido desapareció en cuanto Alex cruzó la puerta. Se produjo un corte seco. Como si le hubieran arrancado los oídos. No había música, ni conversaciones, ni luces de colores. Solo una iluminación blanca y funcional, cruel, de hospital, tuberías vistas y el zumbido constante de la ventilación. Y olor a grasa y a cloro.

—Veinte metros —indicó Joe, como un controlador aéreo.

Alex avanzó, con el cuerpo en tensión, listo para pelear.

—Diez.

Giró. Encontró la puerta gris. Probó el lector. Nada. Luz roja. Denegado.

—Está cerrada.

Joe comenzó a revisar los planos, tecleando frenético a miles de kilómetros.

—No debería estarlo.

Alex volvió a mirar el lector.

—Pues alguien olvidó avisarle a la puerta. Nos han cerrado el paso.

—Espera —pasaron unos segundos eternos—. El acceso figura operativo.

—Pero físicamente está bloqueado. Alguien lo ha bloqueado manualmente.

—Sí.

Hannah entró en comunicación, jadeando por caminar rápido.

—¿Alguna explicación?

—Todavía no.

Alex apoyó los dedos sobre el marco, sintiendo el metal frío.

—Entonces tenemos otro hecho. Nos quieren encerrar fuera.

—Puerta cerrada cuando debería estar operativa —dijo Hannah.

—Indicio —añadió Joe.

Alex sonrió, con rabia.

—Ya lo sé.

Joe compartió una ruta alternativa.

—Hay otro acceso diez metros más adelante. Corre.

Alex continuó, casi corriendo ahora. Esta vez la puerta estaba abierta. Entreabierta. Como una trampa. Entró. Conteniendo la respiración.

Hannah avanzaba de regreso hacia la zona pública cuando volvió a verlo.




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