Fuego y Hielo

Capítulo 16: Parte 13

LA FIRMA DE MARCONI

La música del casino seguía sonando cuando Alex y Hannah regresaron a su mesa. Un vals electrónico, hipnótico, que retumbaba bajo sus pies.

Desde fuera no había cambiado nada. Joshua y Kimberly MacCarty continuaban siendo una pareja de recién casados disfrutando de la noche. Ella tenía una mano apoyada junto a la copa; él parecía escucharla con una sonrisa relajada.

Por debajo de la mesa, sin embargo, sus dedos permanecían entrelazados. Apretados con fuerza, húmedos por el sudor frío, como dos náufragos agarrados a la misma tabla.

—Tengo algo —dijo Joe por el auricular.

Alex levantó apenas la mirada, sin mover los labios.

—Te escuchamos.

—He cruzado el código de seis dígitos que encontrasteis con los registros empresariales.

Hannah se inclinó ligeramente hacia Alex, fingiendo acercarse para decirle algo, rozándole la mejilla con los labios, interpretando el papel mientras el corazón le iba a mil.

—¿Y?

Joe guardó silencio durante unos segundos. Tecleo rápido con la respiración contenida.

—Aparece asociado a una sociedad que, en principio, no debería tener ninguna relación con el circuito del casino. Es una pantalla, una puta pantalla perfecta.

Alex intercambió una mirada con Hannah, una chispa de electricidad. Lo tenían. No necesitaron discutirlo.

—Volvemos —dijo él, con voz baja y letal.

—Pero no por el mismo camino —respondió Joe—. He encontrado una ruta administrativa alternativa. Más estrecha, más peligrosa, más invisible.

Hannah tomó su copa, y la vació de un trago.

—Entonces tenemos una segunda entrada.

—Y una regla —añadió Joe—. Si una cámara cambia de forma anómala cuando entréis, salís. Sin discutir. Corriendo.

—Entendido.

—Y si encontráis algo importante, no os quedéis allí para estudiarlo. Fotografiadlo y salid. No seáis héroes.

Alex sonrió, con una sonrisa tensa, de depredador.

—Cada vez haces que las infiltraciones parezcan menos divertidas.

—Por eso suelen salir bien.

Hannah soltó una pequeña risa, nerviosa. Después se levantó. El vestido negro brillando como un cuchillo en la oscuridad.

Joshua y Kimberly abandonaron la mesa. Y comenzó la segunda entrada. La verdadera.

Joe los condujo por una zona diferente del complejo. Una puerta utilizada por el personal administrativo sin cartel y sin número. Un pasillo estrecho. Tan estrecho que sus hombros rozaban las paredes. Una pequeña escalera metálica que crujía bajo sus pies.

Después, otro corredor que descendía hacia el nivel donde habían encontrado los documentos. El aire cada vez más frío, más viciado, oliendo a humedad y a cable quemado.

Alex avanzaba junto a Hannah sin separarse. Pegados. Respirando al mismo ritmo. No necesitaban hablar continuamente. Una mirada bastaba para indicar una puerta. Un movimiento de cabeza señalaba un giro. La experiencia de la noche anterior había convertido su coordinación en algo casi automático. Instintivo. Animal.

—Diez metros —indicó Joe, como un piloto de caza.

Llegaron a una puerta. No hubo ninguna anomalía en las cámaras. Luz verde. Seguían invisibles.

—Seguid.

La abrieron. El archivo estaba exactamente donde lo habían dejado. Pero algo había cambiado, el aire. Olía a ozono y a electricidad reciente.

Hannah fue la primera en verlo. Se le heló la sangre.

—Alex.

Una terminal estaba encendida. Parpadeando. Esperándolos. La pantalla iluminaba débilmente la habitación con una luz azul fantasmal.

—Eso no estaba así antes —murmuró él, con la mano ya en el marco de la puerta, listo para sacarla de allí.

Joe intervino inmediatamente, gritando en susurro.

—No toquéis nada. ¡No respiréis cerca!

Alex levantó las manos.

—Ni pensaba hacerlo.

En la pantalla aparecía una lista de sociedades, nombres diferentes, direcciones, actividades declaradas. Pero debajo de los nombres aparecían referencias repetidas. Intermediarios, cuentas, rutas, movimientos.

Hannah se acercó sin tocar el teclado, conteniendo el aliento.

—Las empresas cambian.

Alex observó las líneas inferiores, con los ojos entornados.

—Pero algunas rutas no. Siempre las mismas rutas. Como venas.

Joe ya estaba trabajando desde North Harbour. Se oía su teclado como una ametralladora.

—Estoy cruzando los propietarios efectivos.

Una sociedad. Después otra. Una tercera.

Los nombres parecían no tener relación entre sí. Hasta que Joe abrió un nivel superior. Un organigrama que se desplegaba como una telaraña.

—Esperad.

Apareció otra entidad. Después otra. Y finalmente una estructura corporativa vinculada a una familia que ambos conocían demasiado bien. Un nombre que quemaba.

—Marconi —dijo Hannah, en un susurro que sonó a un disparo.

Alex no apartó los ojos de la pantalla, con la mandíbula tan apretada que le dolía.

—Confírmalo.

—Eso estoy haciendo.

Joe volvió a cruzar los datos. Casino Principal, Hotel Casino, sociedades intermediarias, entidades superiores, Marconi. La secuencia se repitió. No una vez. Varias. Una y otra vez, como un latido.

Joe habló finalmente, con voz grave.

—Confirmado.

Alex respiró lentamente, como si acabara de recibir un golpe en el estómago.

—¿Qué está confirmado?

—El Casino Principal y el Hotel Casino forman parte de una misma estructura empresarial indirecta —hizo una pausa dramática—. Y varias de las sociedades que forman esa estructura están vinculadas a entidades de la familia Marconi.

Hannah cerró los ojos durante un segundo. Un segundo eterno. Sintió vértigo. Era la primera vez que el apellido aparecía respaldado por algo más que una coincidencia. No era una intuición, ni era un símbolo o una ruta aislada. Era documentación, una prueba.

Alex señaló la pantalla, con el dedo temblando de adrenalina.

—Guarda todo lo que puedas.




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