🕵️ LA SALIDA
Alex y Hannah seguían sentados en la mesa del casino. Dos islas en un océano de caos controlado.
A su alrededor, Nueva York continuaba girando con absoluta normalidad. Pero para ellos, el tiempo iba a otra velocidad.
Ruido de fichas chocando como metralla. Música suave que ahora sonaba siniestra, distorsionada por la adrenalina. Conversaciones en mil idiomas. Copas tintineando. Camareros cruzando entre las mesas como sombras veloces. Luces reflejándose sobre las superficies pulidas, neones verdes, rojos, dorados, parpadeando sin descanso sobre sus caras pálidas.
Nadie que los mirara habría imaginado que, apenas unos minutos antes, habían estado encerrados en una zona administrativa del edificio, fotografiando documentos que podían cambiar por completo la investigación. Con el corazón a punto de estallar y una alarma ululando a sus espaldas.
Alex dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa. La pantalla aún caliente. Miró a Hannah. Sus ojos decían: estamos atrapados.
-¿Lo tenemos?
Ella sostuvo su mirada, con la respiración contenida, con los dedos clavados en su muslo bajo la mesa.
-Sí.
No hubo sonrisa. Ni celebración. Solo aquella certeza silenciosa que ambos habían aprendido a compartir cuando estaban trabajando. Y un miedo sordo, eléctrico, que les recorría la espalda.
Joe entró por el comunicador, con la voz cortante y urgente.
-Tenemos la conexión empresarial. Y las fotografías. Salid de ahí. Ya.
Michael habló desde North Harbour.
-Estoy recibiendo parte del material. En cuanto tengáis el resto, enviádmelo.
Alex recorrió discretamente el casino con la mirada. Las cúpulas negras, los ojos de pez. Cada cámara un francotirador potencial.
-Entonces nos vamos.
-Sí -respondió Joe. Una pausa tensa y eléctrica-. Ahora. ¡Ahora mismo!
Alex asintió casi imperceptiblemente. Un parpadeo. Señal de guerra. Hannah dejó unos billetes sobre la mesa y se levantó con naturalidad. Pero sus piernas temblaban.
-Vamos, cariño.
La palabra salió con tanta espontaneidad que Alex tardó una fracción de segundo en recordar que, para todo aquel que pudiera estar observándolos, era simplemente Joshua. Joshua con el corazón desbocado. Él sonrió.
-Cuando quieras.
Caminaron hacia el vestíbulo. Sin prisa aparente. Cada paso una eternidad. Sin mirar atrás. Sin hablar de nada importante.
Hasta que Joe intervino, con un chispazo de estática.
-Esperad. ¡Parad!
Hannah no modificó el paso. Siguió sonriendo, aunque se le heló la sangre.
-¿Qué ocurre?
-La cámara del vestíbulo acaba de cambiar. Giro brusco. 90 grados. No es barrido automático. Es manual.
Alex continuó caminando, con la nuca erizada.
-¿A dónde?
-A vuestra zona. Os está siguiendo. Os tiene.
Hannah comprendió inmediatamente. Un escalofrío le recorrió la columna.
-Nos están buscando.
-No puedo demostrar eso -corrigió Joe-. Solo puedo decir que la cámara ha cambiado y ahora está enfocando vuestra posición. Pero alguien ha puesto vuestras caras en el centro de la diana.
Alex dejó escapar una sonrisa mínima, peligrosa.
-Ya empezamos.
Hannah casi sonrió. Era precisamente aquello que habían aprendido a hacer: no convertir una anomalía en una certeza solo porque encajara con lo que temían. Pero su instinto gritaba: ¡corred!
Llegaron al vestíbulo. Rodeado de ármol brillante, lámparas de araña gigantescas, olor a perfume caro y a dinero.
Un ascensor se abrió con un ding metálico. Salió un empleado, empujando un carrito dorado. Al mismo tiempo, otro hombre apareció junto a una puerta lateral con traje oscuro, las manos vacías y la mirada fija en ninguna parte. Demasiado quieto. Ninguno hizo nada extraño.
Pero Joe habló de nuevo, más rápido.
-Han cerrado el acceso lateral. ¡Bloqueo! ¡Lo acaban de bloquear delante vuestro!
Hannah siguió mirando al frente.
-¿Por qué?
-No lo sé.
Alex preguntó, con voz de acero bajo:
-¿El principal?
-Abierto. Por ahora.
Una mirada bastó entre ellos. No iban a comprobar quién estaba junto a aquella puerta. Era una trampa.
-Subid un nivel -indicó Joe-. Hay una conexión con la galería comercial. ¡Moveos!
-Vamos -dijo Hannah.
Cambiaron de dirección con un giro brusco, casi corriendo, pero convertido en paseo de enamorados.
Al pasar frente a una tienda, Hannah se detuvo, mirando el escaparate de relojes suizos que valían más que un coche.
-Espera.
Alex la miró. Ella señaló un escaparate.
-No pienso comprar eso.
Él tardó medio segundo en comprender. Teatro. Puro teatro de supervivencia.
-Kimberly...
-Joshua, he dicho que no.
La dependienta levantó la vista y sonrió, divertida.
-Los recién casados -murmuró para sí.
Hannah puso los ojos en blanco, interpretando magistralmente a la novia caprichosa mientras por dentro se moría de pánico.
-Exactamente.
Alex suspiró teatralmente.
-Llevamos tres días casados y ya me está arruinando la luna de miel.
La mujer soltó una pequeña carcajada. La escena era perfecta.
Mientras hablaba, Alex utilizó el reflejo del cristal para observar el vestíbulo. El cristal oscuro era su espejo retrovisor. Y lo que vio le heló la sangre.
Un hombre permanecía cerca de una columna. El mismo de antes. Ahora con un pinganillo brillando en su oreja. No parecía mirar hacia ellos. Pero tampoco parecía estar haciendo nada concreto. Estaba esperando. Cazando.
Hannah lo vio en el mismo reflejo. Se le cortó la respiración. No reaccionó.
-Vamos -dijo, tirando de Alex con dulzura fingida y fuerza real. Continuaron.
Joe habló entonces con un tono más serio y grave.
-He perdido la cámara del corredor. Se ha ido a negro.
Alex no giró la cabeza.
-¿Un fallo?
-Puede ser -hizo una pausa. El zumbido de la conexión-. Pero es la tercera que desaparece en menos de cinco minutos. ¡Nos están apagando los ojos! ¡Nos están encerrando!