Fuego y Hielo

Capítulo 16: Parte 15

LA PIEZA QUE FALTABA

La puerta de la suite se cerró detrás de ellos con un golpe seco. ¡CLAC!

Durante unos segundos, Alex y Hannah permanecieron inmóviles. Pegados a la puerta, como si el pasillo pudiera seguirlos dentro.

El silencio del interior resultaba casi extraño después del ruido del casino, las alarmas, las carreras y las voces por los corredores. Un silencio demasiado limpio, demasiado repentino, que retumbaba en los oídos.

Alex todavía llevaba la americana blanca abierta y tenía la respiración algo acelerada. El sudor le resbalaba por la sien, la camisa pegada a la espalda. Hannah se apoyó un instante contra la puerta. El moño se le había deshecho parcialmente y varios mechones oscuros le caían alrededor del rostro. Tenía los ojos muy abiertos, brillantes de adrenalina, y los labios entreabiertos.

Habían salido. Y llevaban consigo las pruebas. Pero ninguno de los dos sentía todavía que estuvieran realmente fuera de lo ocurrido. Sentían que el hotel aún los tenía agarrados por los tobillos.

Hannah miró a Alex, con la voz temblorosa.

-¿Estás bien?

-Sí. Sí... ahora sí.

Él la observó un segundo, recorriéndola con la mirada, asegurándose de que estaba entera.

-¿Y tú?

-Sí. Creo que sí. -Se llevó una mano al pecho, intentando frenar su corazón.

No hacía falta decir mucho más.

Entonces el pinganillo de Alex emitió un pequeño sonido. Un pitido agudo que los hizo saltar a los dos.

-Necesito que encendáis el ordenador -dijo Joe, con una voz que no admitía réplica.

Alex cerró los ojos un instante, exhausto.

-Sabía que no nos ibas a dejar dormir.

-No después de lo que acabáis de traer. Habéis traído una bomba.

Hannah soltó una pequeña risa, nerviosa, al borde de las lágrimas de tensión.

-Vamos. Antes de que nos arrepintamos.

Unos minutos después, la mesa de la suite había dejado de parecer la mesa de una habitación de hotel. Parecía el centro de mando de una guerra.

El ordenador ocupaba en el centro. A su alrededor estaban las fotografías tomadas en el archivo, las capturas de los códigos, las referencias de sociedades, las rutas, las notas sobre la Terminal 7 y las imágenes de la estructura empresarial que habían conseguido fotografiar antes de escapar. Papeles arrugados, fotos movidas por la carrera, pruebas conseguidas a contrarreloj mientras los perseguían.

En North Harbour, Joe y Michael estaban conectados. Dos rostros pálidos iluminados por pantallas a miles de kilómetros. Michael había preparado una cronología. Joe tenía abiertos los registros de accesos y cámaras.

-No vamos a empezar por la Terminal 7 -dijo Joe-. Primero necesitamos reconstruir qué habéis encontrado. Con la cabeza fría, aunque sé que estáis ardiendo.

Alex se sentó junto a Hannah, tan cerca que sus rodillas se tocaban, buscando su contacto.

-Bradford.

-Exacto.

Hannah abrió las fotografías de los archivos de Nueva York, con los dedos que todavía le temblaban.

La primera referencia apareció en pantalla.

Harbour Storage & Transit.

Después otra sociedad, una ruta.

Michael empezó a introducir los datos.

Durante unos segundos, las dos pantallas parecieron mostrar informaciones completamente independientes. Dos rompecabezas que no encajaban.

Entonces Michael superpuso las fechas. ¡CLIC!

-Mirad esto.

Una línea temporal apareció en el monitor. Una línea roja, sangrante. Una sociedad figuraba activa en 2014. Después desaparecía. Se evaporaba. Otra ocupaba su lugar. Más tarde aparecía una tercera. Los nombres cambiaban. Las direcciones también. Pero determinadas rutas seguían apareciendo. Las mismas malditas rutas, una y otra vez, como una cicatriz que no se borra.

Hannah se inclinó hacia delante, con el corazón golpeándole la garganta.

-Las empresas desaparecen.

Alex terminó la frase, con la voz ronca de emoción contenida.

-Pero las rutas permanecen.

Joe amplió uno de los recorridos. Un mapa con líneas rojas cruzando el océano.

-Eso es exactamente lo que habéis encontrado en Nueva York.

Nadie habló durante unos segundos. Solo se oía la respiración agitada de los cuatro. No era todavía una explicación. Pero tampoco era una coincidencia aislada. Era un patrón que aparecía en dos conjuntos de documentación diferentes. Dos ciudades, dos años, el mismo monstruo.

-Quizá Bradford no estaba siguiendo a las empresas -dijo Hannah lentamente, con los ojos iluminados por la comprensión-. Quizá estaba siguiendo el camino que recorrían las operaciones. El rastro de sangre del dinero.

Alex la miró, con orgullo y con un nudo en el estómago.

-Es una hipótesis.

-Sí.

-Y bastante buena. Joder, Hannah, es brillante.

Joe intervino.

-Pero tenemos que comprobarla.

Alex asintió.

-Como siempre. Aunque nos mate la espera.

Joe abrió entonces la fotografía de la carpeta codificada. El código de seis dígitos ocupó la pantalla. Enorme. Amenazante. Después abrió uno de los documentos relacionados con Bradford. El mismo código apareció allí. Exactamente el mismo. Clavado. Letra por letra. Número por número.

Hannah dejó escapar el aire lentamente. Un suspiro que era casi un sollozo.

-Otra vez. Otra vez él.

Michael acercó la imagen, con el pulso acelerado.

-Y no aparece solo.

Alex señaló la pantalla, inclinándose tanto que casi la tocaba.

-¿Qué quieres decir?

-Está asociado a un movimiento del mismo tipo que los registrados en Nueva York.

Joe revisó los datos, con dedos frenéticos.

-Eso aumenta bastante la relevancia de la coincidencia. Mucho. Nos pone en la diana de Bradford.

Alex permaneció serio, con la mandíbula apretada.

-Pero no sabemos qué significa el código.

-No -confirmó Joe-. Solo sabemos que aparece en ambos conjuntos documentales y está asociado a operaciones comparables.




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