Tú y yo. Nosotros.
La tapa del ordenador se cerró con un clic suave. Por primera vez en varias horas, quedaron en silencio.
No había cámaras que comprobar. No había puertas bloqueadas. No había voces por radio.
Solo silencio. Y ellos dos, solos por fin.
Alex dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó quieto durante unos segundos. Seguía vestido con la ropa de gala de la noche. La camisa blanca estaba ligeramente arrugada, la americana abierta y el pelo ya no tenía nada que ver con el hombre impecable que había entrado horas antes en el VIP.
Hannah se quitó los zapatos y los dejó junto al sofá.
-Creo que mañana no voy a poder caminar -murmuró, con voz agotada.
Alex sonrió apenas.
-Yo creo que mañana no voy a poder pensar.
Ella lo miró.
-Eso sería preocupante en ti.
La sonrisa de Alex desapareció poco a poco. Su mirada se volvió intensa, cargada de culpa y de miedo.
-Hannah...
Ella supo inmediatamente que no iba a hablar del caso.
-¿Qué?
Alex respiró hondo.
-Lo de antes.
Hannah asintió.
-Sí.
Se sentaron frente a frente.
Al principio hablaron como investigadores. La ruta, la puerta, la escalera, el momento en que habían quedado prácticamente encerrados. Quién había tomado qué decisión. Qué podrían haber hecho de otra manera. Pero la conversación duró poco en ese terreno. Porque ambos sabían que aquello no era realmente lo que necesitaban discutir.
-Cuando te vi delante de mí -dijo Hannah-, volviste a hacer lo mismo.
Alex frunció el ceño.
-¿Qué hice?
-Ponerte delante.
-Había gente acercándose.
-Lo sé.
-Y no sabía qué iban a hacer.
-También lo sé.
Hannah bajó la mirada un instante.
-Pero no tienes que salvarme tú solo.
Alex guardó silencio. Aquella frase no le molestó. Precisamente por eso dolía.
-Lo sé -respondió finalmente, con voz ronca.
-No quiero que dejes de protegerme cuando sea necesario.
-Nunca haría eso.
-Pero quiero que confíes en mí. En que puedo estar ahí contigo. En que puedo tomar decisiones contigo.
Alex asintió lentamente.
-Confío en ti.
-Entonces no vuelvas a tratarme como si tuvieras que sacarme de cualquier peligro aunque yo esté intentando hacer exactamente lo mismo contigo.
Él soltó una pequeña risa sin humor.
-Eso es bastante justo.
Hannah lo observó.
-¿Sabes por qué lo haces?
Alex tardó unos segundos.
-Sí.
Ella esperó.
-Porque tuve miedo.
-¿De qué?
Alex la miró directamente, con los ojos húmedos, vulnerables.
-De perderte otra vez.
La habitación quedó en silencio. Aquella respuesta cambió todo. Hannah tragó saliva, con un nudo en la garganta.
-Yo también tuve miedo.
Alex se inclinó ligeramente hacia delante.
-Cuando corríamos por aquel corredor, durante un segundo pensé que podía pasar otra vez.
-¿El qué?
-Que te perdiera.
Hannah sintió que los ojos se le humedecían.
-No quiero volver a pasar por eso.
-Yo tampoco.
Y entonces apareció, inevitablemente, aquello que llevaba años esperando debajo de cada conversación. Los nueve años.
-En 2016 -dijo Hannah- ninguno preguntó.
Alex bajó la mirada.
-Interpretamos.
-Tú interpretaste lo que yo sentía.
-Y tú interpretaste lo que yo quería.
-Y después decidimos.
Alex levantó los ojos.
-Y nos perdimos.
Hannah asintió.
-Eso no puede volver a pasar.
Alex se acercó un poco más.
-No.
-No quiero que me prometas que nunca habrá miedo.
-No puedo prometerte eso.
-Lo sé.
-Pero sí puedo prometerte otra cosa.
Hannah esperó.
-Esta vez voy a preguntar.
Ella respiró hondo.
-Y yo voy a escuchar.
-Voy a hablar contigo.
-Y yo contigo.
-Y no voy a decidir lo que sientes sin preguntártelo.
Hannah sonrió entre lágrimas.
-Eso sí puedes prometerlo.
Alex se levantó. Se acercó a ella. Durante unos segundos simplemente se miraron. Con todo el amor, todo el miedo y los nueve años perdidos brillando en sus ojos.
Y toda la tensión de la noche, toda la adrenalina, todo el miedo que habían mantenido bajo control encontró finalmente una salida.
Alex la besó. No fue un roce suave ni una prueba tímida. Fue un asalto. Sus labios se estrellaron contra los de ella con una urgencia casi violenta, como si el aire se le hubiera acabado y solo pudiera encontrarlo en su boca. La agarró por la nuca con una mano firme, los dedos enterrados en su cabello, y la atrajo hacia él con fuerza, sin espacio, sin escape. Sus labios se abrieron sobre los de Hannah, hambrientos, desesperados, y la lengua irrumpió de inmediato, profunda, insistente, explorándola como si necesitara memorizar cada rincón de ella para asegurarse de que seguía ahí, de que no se había evaporado.
Hannah respondió al instante. No hubo duda, ni un segundo de reticencia. Se derritió contra él y le devolvió el beso con la misma ferocidad, con la misma necesidad desbordada. Sus manos se aferraron a la camisa de Alex, arrugándola entre los dedos, tirando de él aún más cerca. Cuando mordió suavemente su labio inferior, un gemido ahogado se le escapó de la garganta y se perdió dentro de la boca de él. Ese sonido solo avivó el fuego.
El beso se volvió más profundo, más salvaje. Lenguas que se buscaban, los labios que se succionaban y se liberaban solo para volver a unirse con más fuerza. Era húmedo, caliente, casi desesperado. Cada movimiento hablaba de todo lo que acababan de confesarse y de todo lo que todavía no sabían poner en palabras: el miedo, el alivio, el deseo reprimido durante demasiado tiempo. Era un beso que decía "estoy aquí", "no te suelto", "te necesito ahora".
Cuando por fin se separaron, apenas unos centímetros, ambos respiraban agitados. Los labios de Hannah estaban hinchados y brillantes; los de Alex, entreabiertos y oscuros de deseo. Pero ninguno se alejó del todo. Sus frentes se rozaron, y el aire entre ellos seguía cargado de esa misma urgencia que el beso no había logrado apagar del todo.