Aubrey sabe que en los pasillos de una oficina, de la universidad o de la vida misma, la vulnerabilidad es una debilidad que no se puede costear. Ha pasado el último año construyendo una vida basada en la lógica y el control, convencida de que los sentimientos son obstáculos para lograr sus objetivos. Pero Matthew Preston es la excepción que no vio venir. Un hombre que calcula cada movimiento con la misma precisión que ella y que ha convertido la tensión entre ambos en algo imposible de ignorar.
En su mundo, todo tiene un lugar y una etiqueta, excepto lo que sucede cuando las luces se apagan y el profesionalismo se queda en la oficina. El plan es perfecto, siempre y cuando nadie rompa el silencio.
Porque en un juego donde los sentimientos no están invitados, el primero en sentirlos es el primero en perder.
Algunas cosas no necesitan firma. Otras, simplemente, se escapan de todo control.