Fuera de Contrato

Capítulo 1

Aubrey

Si hay algo que Nueva York te enseña rápido, es que aquí nadie espera por nadie. Ni siquiera por ti misma. Te vuelves experta en esquivar turistas que miran al cielo, en caminar más rápido que el resto, y en entender que el soundtrack de tu vida ahora es el constante sonido de bocinas, trenes y algunos sueños a medio hacer.

La ciudad se resume en un torbellino de sonidos. El claxon constante de los taxis, las risas de los turistas en Times Square, y el murmullo de mil conversaciones—y algunas discusiones— mezcladas en el aire. Todo el mundo viene aquí a buscar algo: fama, dinero, o un nuevo comienzo.

Hasta las ratas, que salen por la noche como si fueran las dueñas de la acera, parecen tener un plan mejor que el mío. Antes, eso de "la ciudad que nunca duerme" me sonaba romántico. Ahora sé que es literal.

Aquí hasta los edificios parecen estar despiertos, con sus ventanas iluminadas a las tres de la mañana.

Y yo, en medio de todo este lío, intentando no perder el norte.

Soy de las que llega diez minutos antes a todo, pero compaginar el último año de carrera con las pasantías en Preston Corporation me tiene al límite. A veces siento que el semestre y yo estamos en una batalla a muerte, y de momento, él va ganando.

Hoy es un claro ejemplo. Salgo del metro como una bala, con el bolso pegado al cuerpo como si mi vida dependiera de ello. Empujo sin querer a un señor con un perrito, le digo "lo siento" sobre el hombro y sigo corriendo. Cruzo la calle justo cuando el semáforo cambia a rojo, y un motociclista me grita algo que seguramente no es un cumplido.

No importa.

Tengo tres minutos para llegar a la oficina y presentar la primera parte de mi proyecto. Si llego tarde, Alice, mi jefa —que normalmente es más dulce que el café de Hawk's— me va a hacer trizas.

Justo cuando me empiezo a desesperar, veo el edificio de Preston Corporation al fondo de la calle. Es alto, de cristal, y refleja las nubes como un espejo gigante. Tan imponente como siempre.

Al frente, la cafetería Hawk's parece estar haciendo su magia habitual. Huele a pan recién horneado y a chocolate caliente. Normalmente paro ahí todos los días, pero hoy ni siquiera puedo permitirme mirarlo de reojo. Es como una pequeña tortura.

Entro en el edificio a toda prisa, saludo con los ojos a los de seguridad —que ya me conocen— y me cuelo en el ascensor justo cuando las puertas se están cerrando. Dentro, con un grupo de personas, dejo escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. En el espejo, me veo. El pelo revuelto, cara de pocos amigos, y la chaqueta medio torcida. Una chica de veintidós años, intentando parecer que tiene todo bajo control en una ciudad que, claramente, no lo tiene.

Pero bueno. Aquí vamos.

Preston Corporation no es solo un imponente edificio; es un ecosistema de alrededor de ocho mil empleados en esta sede, un imperio que mueve los hilos del país y del mundo. Estar aquí es, estadísticamente, un milagro.

Cada año, la empresa abre su programa de pasantías y recibe miles de solicitudes de todo el planeta, pero solo aceptan a cien. Cien personas para abastecer a un monstruo de este tamaño. La competencia es brutal. El filtro es tan estrecho que casi solo aceptan estudiantes de la Ivy League. Raras veces hacen excepciones con universidades que no tengan ese sello de oro, y yo, aún siendo estudiante de Columbia, todavía me pregunto a veces cómo logré colarme por esa rendija.

En mi área, Estrategia Corporativa, somos veinte pasantes. El resto están esparcidos por las demás áreas, sobre todo en Banca de Inversión, pero aquí, en el piso 24, el aire se siente más pesado, más competitivo. Todos sabemos la regla. De esos cien pasantes, solo los mejores —los verdaderamente excepcionales— conseguirán un contrato real al final del programa. Los demás volverán a sus vidas con una línea prestigiosa en su CV, pero sin el pase de entrada al Olimpo corporativo.

Reviso nuevamente que todo esté en mi bolso, copia de los documentos en físico, mi USB y mis fichas para estudiar. He estado trabajando para esto desde que comencé a trabajar aquí, y esto podría determinar mi estadía en este lugar.

Salgo corriendo en cuanto llego a mi piso. Zev, mi mejor amigo desde que llegué a la empresa, ya está en su escritorio y me hace una seña para que pase rápidamente a la oficina de Alice.

―Dos minutos tarde, Lee―es lo primero que Alice me dice en cuanto entro.

―¡Lo sé, lo lamento!―Me siento y coloco mi folder junto con el USB sobre la gran mesa.

Saludo a todos los presentes, que ya están completos y por fin respiro.

Llegué.

Ava, una de las pasantes con la que hice amistad, me sonríe intentando ocultar su evidente nerviosismo y sus manos que tiemblan.

La voz de Alice Smith, nuestra jefa de prácticas, corta el murmullo de la sala como un cuchillo. Todo el aire parece salir de la habitación al mismo tiempo. Ella se levanta desde su asiento en la punta de la larga mesa de conferencias. La sala, la "Sala Acuario" en la planta 24 de la empresa, es impresionante y aterradora. Una pared es completamente de vidrio, y ofrece una vista vertiginosa de los rascacielos vecinos que se apretujan contra el cielo grisáceo de la mañana. No hay un solo rincón donde esconder los nervios.

—Buen día a todos —dice, y su mirada recorre nuestras hileras de pasantes sentados, tiesos como soldados en las sillas. Sabe que hoy es un día importante para nosotros. —Es la primera etapa de un camino… extenso y riguroso.

Mientras habla, sus palabras —"predictor", "estadía", "criterio"— caen sobre la mesa con gran peso. Yo sigo el movimiento de sus manos, impecables, con un anillo de plata minimalista, y luego me fijo en la mesa a su costado. Ahí está el sobre de manila. Dentro, el papel que decidirá el orden de nuestra ejecución pública. Mi proyecto, impreso y ensayado hasta el cansancio en mi minúsculo apartamento, de repente me parece ridículamente insuficiente.




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