Aubrey
Hoy no tengo clases en la universidad.
Debería sentirse como un día de descanso.
No lo es.
La alarma suena a las seis en punto.
Tardo unos segundos en entender qué día es hoy mientras mi habitación sigue en penumbras y las cortinas dejan pasar un poco de luz que no termina de decidir si es mañana o todavía noche.
Me quedo inmóvil mirando al techo negociando conmigo misma.
Podría dormir cinco minutos más.
Si quisiera incluso diez minutos.
Mejor, podría ignorar todo.
Pero no lo hago.
Debo ir a trabajar.
Me incorporo con pesadez, arrastrando mi cuerpo más que activándolo. Y aunque me gustaría decir que soy de esas persona que se levantan con energía, hacen yoga y tienen su vida resuelta antes de las 8 a.m. Mi cabello enredado y las ojeras que no se disimulan ni con esfuerzo dicen lo contrario.
Me quedé hasta las tres de la mañana avanzando un trabajo de la universidad, de los últimos, por suerte, pero igual de exigente.
Ahora lo estoy pagando.
Siento la cabeza pesada, como si no hubiera dormido lo suficiente (porque no lo hice) y con el cuerpo más lento que mis pensamientos.
Aún así, me obligo a levantarme y tender mi cama. Si no lo hago ahora, entonces no lo haré por una semana entera, incluso siendo hoy viernes, ni mañana, ni el domingo con toda la buena intención del mundo.
Me tomo mi tiempo para bañarme mientras escucho a ABBA, escojo rápidamente mi outfit del día y procedo a aplicarme un poco de maquillaje. Mi rutina es corta pero suficiente para el estilo de vida que llevo.
Veo todo el ambiente, el sofá, la pequeña mesa con 3 sillas y la cocina. Mi tía Danielle me regañaría por tener su hogar así de desordenado. Me prometo limpiarlo mañana.
Es prácticamente una bendición que me haya “prestado” su pequeño departamento en el centro de la ciudad mientras ella está fuera del país viajando por los lugares más recónditos del planeta con el amor de su vida. Bueno, el quinto amor de su vida.
Pero amor que la lleva lejos.
Y bueno, aunque yo pago todos los servicios del departamento, el ahorrarme un alquiler en Nueva York me vuelve casi millonaria. Mi único deber es mantenerlo limpio y “sin incendios”. Lo último lo puedo cumplir, pero lo primero…estoy en ello.
Salgo de casa y gracias al metro en menos de 30 minutos ya estoy cerca de Preston. Me da mi tiempo perfecto para comprarme mi chocolate en Hawk’s junto con mi capresse.
Una vez que ya estoy dentro de la empresa me dirijo a mi piso, encuentro a Zev esperando el ascensor y este me saluda efusivamente, como siempre.
—¿Ya vas a dejar esa cara de pánico?—me dice al ver que volteo para todos lados buscando no encontrarme con alguien que me pueda despedir—Ya han pasado días, Breybrey.
—Si hubieras estado en mi lugar estarías igual o peor que yo.— Me adentro en el ascensor junto a él y presiono el piso correspondiente.
—Si yo hubiera sido tú, cuidadosamente hubiera dejado mi número de celular en sus manos—Zev responde y no puedo evitar reír. Quizás sí hubiera hecho algo así y hubiera tenido éxito. Tenía una personalidad bastante… confianzuda, y eso atrae tanto a hombres como a mujeres.
Cuando llegamos, es momento de separarnos por sub áreas, una pena que no podamos trabajar en el mismo espacio.
Aunque admito que si trabajara a su costado no me podría concentrar ni un minuto.
Mi día se basa en preparar resúmenes de informes, ordenar información que llega desde otras áreas y ayudar en la comparación de datos para que los equipos senior no pierdan tiempo en lo operativo. Asisto a algunas reuniones, siempre como oyente. Y es de las partes que más me gustan porque es en donde puedo tomar notas e identificar puntos clave para mi proyecto. Casi nunca, o nunca, piden mi opinión, pero eso me basta, por ahora.
Mi problema viene cuando Alice nos invita a 3 pasantes a una reunión sobre las novedades del área.
El problema no es la reunión como tal.
Es bastante interesante. A algunos les podría parecer aburrido estar 3 horas revisando información, pero estando en Preston es diferente; te apertura la mente y escuchas ideas que jamás se te hubieran cruzado por la cabeza.
Ni que los otros dos pasantes sean Julian Crowe y Andrew Wilson, porque me agradan.
Entonces mi problemita es que, en cuanto llego a la reunión, Matthew Preston está sentado a la cabeza de la gran mesa.
Perfectamente vestido, perfectamente peinado. Perfectamente todo.
Conversa con el sub gerente de nuestra área, mientras miran fijamente el ipad que sujeta él en su mano.
Pretendo pasar desapercibida, pero Alice saluda a todos en voz alta, haciendo que Matthew levante la cabeza y nos vea.
Me vea.
Es muy bueno disimulando, pero no creo que observe a todos con la misma mirada, y tampoco creo que todos sientan lo mismo que yo cuando me ve. Seguramente nervios o ansiedad. Porque ya sabe quién soy, y no solo porque mi proyecto fue decente.
Los pensamientos de que me podría pasar algo malo vuelven a mi cabeza. No creo que sea legal que me eche por no saber quién era, o por manchar su saco con chocolate, pero no se que esperar a este punto.
Mamá me diría que soy una dramática.
Puede que tenga razón.
Ezra me diría que soy una loquita que imagina cosas.
Puede que también tenga razón.
Tomo asiento entre Alice y Julian, quien ya tiene su Ipad encendido y mueve la pierna con ese tic nervioso que le da cada vez que entra a este tipo de reuniones. Julian es brillante, de eso que pueden exponer indicadores mientras hacen un pedido de comida por el celular, y siempre parece estar procesando información a una velocidad distinta al resto, y no lo oculta.
—Yo solo quería un día tranquilo—me susurra sin mirarme, tecleando algo a toda velocidad—. No he dormido lo suficiente para eso.
Le dedico una sonrisa rápida mientras abro mi agenda. La reunión empieza puntual. William, el sub gerente, da el contexto general y los gráficos comienzan a aparecer en las pantallas. Respiro profundamente e intento concentrarme como siempre. Tomo las notas que considero pertinentes y marco ideas para revisar después, no obstante, apenas logro seguir el ritmo.