Fuera de contrato

Capítulo 1: Gala

Miro la casa donde mi padre vive con su esposa y siento un malestar intenso en la boca del estómago. No es solo por estar frente a este lugar después de tanto tiempo, sino por todo lo que representa. Desde que descubrí que ocultaba una amante, que tenía una hija con ella y que había construido una vida paralela mientras seguía casado con mi madre, algo dentro de mí cambió. Aunque fue mi madre quien finalmente tomó la decisión de terminar el matrimonio, porque llegó un punto en que ya no podía seguir soportándolo, para mí él siempre será quien destruyó nuestra familia.

Si me pidió que viniera hasta aquí, no es porque tenga algo bueno que decirme. Conozco demasiado bien a mi padre para creer que después de meses de silencio decidió buscarme solo para saber cómo estoy.

Me quito las gafas de sol antes de subir los escalones y golpeo la puerta. El ama de llaves me recibe con una sonrisa amable que no devuelvo y me guía hasta la sala donde mi padre está esperando.

Por supuesto que Lorena está sentada junto a él y Angélica ocupa uno de los sillones frente a ellos. Mi media hermana levanta la mirada cuando entro y me dedica una sonrisa demasiado dulce para alguien con quien nunca hemos logrado tener una relación normal.

La presencia de ambas confirma mis sospechas. Lo que mi padre tiene que decirme no va a gustarme.

Él se pone de pie en cuanto me ve y dibuja una sonrisa.

—Gala, me alegra que hayas decidido venir.

Observo su rostro durante unos segundos. Sigue siendo el mismo hombre que recuerdo, aunque ahora tenga más canas y algunas marcas que antes no estaban. Durante mucho tiempo pensé que quizá con los años encontraría una forma de perdonarlo, pero cada encuentro con él parece demostrarme que esa posibilidad está más lejos.

—Si me pidieron que viniera, imagino que es porque tienen algo importante que decirme.

Angélica se pone de pie y señala el sofá frente a ellos.

—Siéntate, Gala.

Lo hago porque no pienso quedarme parada toda la conversación, aunque mi intención sigue siendo la misma, escuchar lo que quieren y marcharme.

—¿Quieres tomar algo? —pregunta Lorena.

Niego con la cabeza.

—No, gracias. Solo quiero saber qué necesitan y terminar con esto. Tengo trabajo pendiente.

Mi padre suspira ligeramente, como si mi actitud fuera exactamente lo que esperaba de mí.

—Imagino que estás bien trabajando en la empresa de tu padrastro.

—Estoy muy bien —respondo—. ¿Esto tiene que ver con él o con mi madre?

Niega.

—No. Tiene que ver con el dinero y las propiedades que te dejó tu abuelo.

No debería sorprenderme, pero aun así siento una punzada de decepción. Mi abuelo murió hace apenas tres meses y su ausencia todavía pesa en mi vida, pero parece que para algunos lo importante no es haberlo perdido, sino saber qué dejó atrás.

Mi abuelo siempre fue diferente conmigo. Mientras mi padre construía una nueva vida lejos de mí, él fue quien estuvo presente, quien me escuchó y quien me acompañó en los momentos importantes. Por eso nunca vi esa herencia como una simple cantidad de dinero, sino como la última decisión de alguien que realmente me conocía.

Mi padre recibió la empresa familiar y la casa principal. Mi madre se quedó con lo que le correspondía antes del divorcio; algunas propiedades, el auto y el departamento en Palermo donde vivo actualmente.

—No he revisado todos los detalles —digo—. He estado ocupada con mi carrera y todavía no he tenido tiempo de ocuparme completamente de la herencia.

Mi padre asiente.

—Según el testamento, tu abuelo te dejó la cabaña en las sierras cordobesas y todos los ahorros que tenía.

La mención de la cabaña despierta recuerdos que no esperaba. Ese lugar no es solo una propiedad; es donde pasé algunos de los mejores momentos de mi infancia, donde aprendí que podía sentirme segura y querida.

—Estuve presente cuando se leyó el testamento —respondo—. Sé lo que me dejó.

Lorena cruza las piernas y me mira con una expresión que intenta parecer tranquila.

—Entonces también sabes cuál era la condición.

La miro.

—Quiero escucharlo de ustedes.

Mi padre intercambia una mirada con ella antes de continuar.

—Tu abuelo estableció que solo podrías recibir la herencia si te casabas antes de que pasaran seis meses desde su muerte.

No puedo evitar pensar en él. En todas las conversaciones que tuvimos sobre mi forma de refugiarme en el trabajo y mi decisión de no buscar una relación. Él sabía que yo prefería mantener el control antes que arriesgarme a sufrir.

Siempre decía que una persona podía construir muchas cosas, pero que no debía olvidarse de vivir.

Yo nunca estuve convencida.

—Si no cumples con esa condición —continúa Lorena—, la cabaña pasa a tu padre y el dinero será destinado a una organización benéfica.

Asiento lentamente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.